Camino de rosas y espinas. Asedio al castillo

El manto de estrellas que los cubrió aquella noche, se retiró al ritmo que marcaban las primeras luces del amanecer. Para entonces, Juan y Marcelino ya lo tenían todo dispuesto para su partida.

Refugiados por la bruma matutina, se internaron en la espesura del bosque a lomos del formidable caballo. Durante días recorrieron el Ducado. De norte a sur, y de este a oeste. Siempre a las horas en las que el sol está más bajo, y evitando pasar por lugares poblados o al descubierto. Caminando con el sol siempre de espaldas para dificultar aún más el ser vistos. Como mucho, un mirón sólo podría distinguir unas siluetas. Y eso si era capaz de soportar la luz del sol quemando sus ojos. De aquella manera el soldado enseñaba al campesino tácticas de guerra y camuflaje, que éste recibía con fervor cada vez más entusiasta.

Y como sólo podían moverse al amanecer y durante la puesta de sol, los dos fantasmas disponían de mucho tiempo libre. Pero Marcelino, deseoso de aprender, aprovechaba para solicitar a Juan más y más entrenamiento, sin importarle acabar con el cuerpo lleno de cardenales tras largas sesiones de lucha cuerpo a cuerpo y manejo de espada, daga o ballesta.

Al cabo de una semana el magullado cuerpo del chico se estremeció la mañana que, al abrir los ojos, sorprendió a su maestro hablando con un hombre vestido como si fuera un peregrino. Exactamente igual que Juan cuando apareció ante él por primera vez. Aunque estaba profundamente intrigado, no se atrevió a moverse. Sólo entreabrió los ojos, tratando de ver la cara al extraño. Fue inútil. Finalmente ambos hombres se despidieron con un abrazo, y el desconocido desapareció en el bosque.

— Vamos, haragán. Ya es hora de que te pongas en pie, pues sé que llevas buen rato despierto — dijo Juan, mientras le tendía una escudilla de carne fría que había sobrado del día anterior.

Levantando la cabeza, y con los ojos abiertos de par en par, sentía su cara arder al sentirse descubierto. Muerto de risa, el buen capitán del Rey le dio un cariñoso capón para animarlo a espabilarse.

— Te he dicho cientos de veces que un soldado debe estar siempre en guardia. Veo que lo has aprendido bien. Y celebro haberte visto coger con sigilo tu daga. Pero puedes estar tranquilo, porque es uno de los nuestros.

— Mal nos ocultamos entonces, para que nos descubriera.

Nuevas risas, y más gestos de asombro.

— Nos ocultamos perfectamente. Pero mientras tú dormías a pierna suelta, yo hice una hoguera de leña verde. Eso produce mucho humo. Con mi capa corté su paso, y lo fui dejando escapar según la señal que teníamos convenida. Y como cada mañana mis hombres patrullan los caminos, uno de ellos la vio y supo de nuestra posición. Es hora de reanudar la marcha, pues debo entrar en la ciudad de inmediato. Ya está todo dispuesto para que nuestro buen Duque fallezca de muerte “natural” — dijo mientras le guiñaba un ojo.

En la gran sala donde estaba reunido el consejo, tan sólo se oía el crepitar del fuego en la chimenea que calentaba la estancia. Aquél día de verano el ambiente estaba tan frío a esas horas como los ánimos del Duque, que no paraba de pasearse de un lado a otro a grandes zancadas, con la cabeza gacha y cara de preocupación. Emitía sonoros resoplidos, y los tapices que colgaban de las paredes se mecían a su paso. Nadie se atrevía a alzar la voz. Esperaron a que el Duque de Cimadevilla lo hiciera primero.

— ¿Para qué demonios quiero unos consejeros, si parecen mujercillas asustadas?. ¿A qué esperáis para darme las novedades?. Hay un grave asunto que tratar, y no consiento que perdamos más el tiempo.

El Obispo se apresuró a decir que por su parte nada había relevante al respecto. Y le faltó tiempo para dar paso al Condestable, a quien todos esperaban y estaban mirando. Éste relató que la última noche había sido más o menos como las anteriores. A pesar de haber doblado la guardia, e impuesto patrullas alrededor del castillo, siguieron encontrándose animales traspasados por flechas. Y a medianoche una lluvia de ellas había atravesado la oscuridad, entrando en la fortaleza. Todas llevaban notas de amenaza dirigidas al Duque. Pero aún no sabían de parte de quién, y menos aún habían dado con los arqueros.

— ¿Y qué me dice usted de ésta?

De detrás de su capa sacó una flecha como las demás, y la puso sobre la mesa. Sorprendidos, leyeron el mensaje, que no era una amenaza sino un consejo: “Penitentiam Agite”

— Ésta, señor Condestable, apareció esta mañana sobre mi cama. Lo que significa que alguien entró en mi cámara mientras dormía. Y sois vos quien tenéis la responsabilidad de asegurar la vigilancia. ¿Acaso sois un incompetente que merece más la horca que el puesto, o es que tengo el enemigo en mi propia casa?.

Blanco como  la leche, el jefe del ejército del Ducado trataba de esbozar una respuesta que asegurara la permanencia de su cabeza sobre los hombros, cuando la puerta se abrió repentinamente. Exhausto, el Chambelán se puso frente al consejo. Mientras hacía la obligada reverencia al Señor de Cimadevilla, trató de recuperar el aliento para dar la noticia.

— La guardia acaba de capturar a un hombre con una ballesta y varias flechas como las que hemos estado recibiendo. En su pecho lleva tatuado el escudo de la Guardia personal del Rey.

Sin preocuparse siquiera en contestar, el Duque salió de la sala a toda velocidad. Los demás se levantaron como resortes, apresurándose en alcanzarlo. Y el Condestable recuperaba el color ante tan buena nueva.

Un olor hediondo inundaba la sala de torturas, situada en los sótanos del castillo. Con sólo un pequeño ventanuco y pobremente iluminada por un par de antorchas — que hacían aún más irrespirable el ambiente —, cumplía a la perfección con su cometido. Los útiles de tormento se disponían ordenadamente sobre una mesa de madera, que al quitarle la tabla se transformaba en un eficiente potro. En una esquina, la dama de hierro abierta de par en par, enseñaba sus entrañas plagadas de puntiagudas dagas. En el centro, colgado de unas cadenas que sujetaban los grilletes, un hombre desnudo imitaba al péndulo de un reloj.

El estruendo de pasos y voces interrumpió el monótono sonido metálico de las cadenas del reo y los utensilios de tortura, que estaban siendo cuidadosamente limpiados y ajustados por el verdugo.

Cuando el Duque cruzó la angosta puerta se quedó parado de inmediato al ver quién era el hombre capturado. Durante un rato el silencio envolvió de nuevo la sala. Aunque rayos y truenos rugían incontrolables en aquel cruce de miradas.

— El Duque de Cimadevilla en persona viene a visitarme a mis aposentos. ¡Cuánto honor!. Disculpe que no pueda recibirle con un exquisito vino dulce, como hacen nuestros enemigos con usted desde la batalla de Cimadevilla.

Dando un paso al frente, y tras propinarle un buen mandoble en la cara, la garganta del ofendido Señor del castillo emitió una voz rabiosa.

— Pero si es el mismísimo Juan de la Venta. El capitán de la Guardia Real. Estoy seguro, viejo amigo, que tienes mucho que contarnos sobre los sucesos de estos últimos días.

Y volviéndose hacia el artesano del dolor, gritó con fuerza:

— ¡Adelante!. ¡Hagámosle hablar!

Éste, un hombre no muy alto pero al que su torso desnudo — todo pura fibra y músculo — mostraba como fuerte y sano, hizo una reverencia al Duque solicitando permiso para hablar. No obstante, sin esperar su aprobación, dijo a los allí presentes:

— Mi Señor. Señores. Como ustedes pueden ver, tenemos ante nosotros a un hombre alto, robusto y con las fuerzas intactas. Mi experiencia me dice que no es buen momento para hacerlo hablar. Sólo conseguiríamos matarlo, sin poder sacarle nada de provecho. Mi humilde consejo es dejarlo así colgado hasta mañana. Entonces, su agotamiento y mis habilidades harán que caiga la información como fruta madura.

— ¡Sea! — respondió el Duque.

Con la mirada fija en la portezuela que se cerraba, Juan sentía amortiguarse el sonido de voces y pasos, mientras escupía la sangre que brotaba de su labio partido. Colgado del techo, los brazos empezaban a doler, y de las muñecas manaban los hilos de sangre que salían de las rozaduras con los grilletes.

Castillo del Duque asediado, y captura de Juan

Que los esbirros del Duque hubieran incendiado la casa de Marcelino y su familia, hizo que Juan tuviera que cambiar de nuevo sus planes. El asedio al castillo con notas amenazantes en flechas, y la que apareció en los aposentos del temido Duque de Cimadevilla, parece que lo están haciendo perder la cabeza. Pero el capitán del Rey ha sido capturado y será torturado al día siguiente. La próxima semana veremos si es capaz a resistir o no los horrores que le esperan.

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