Camino de rosas y espinas (capítulo primero)

Nadie en su sano juicio miraría de frente al sol. Excepto Juan, que jamás tuvo miedo a quedarse ciego.

Libro del autor de este sitio
Noches de pasión - banner

Una fina capa de nubes no impedía que la visión fuera completamente nítida aquella mañana de julio. Y cuando el sendero alcanzó la colina, el inmenso castillo alzándose orgulloso sobre la comarca llamó su atención de inmediato. A sus pies, buscando la protección de las murallas, la ciudad se arremolinaba caóticamente alrededor del risco que sostenía la fortaleza. Si uno se fijaba bien — y Juan había aprendido a ser buen observador — podía ver cómo las mejores casas estaban más cerca del castillo, reservando los lugares pegados a la muralla para las distintas cofradías de artesanos y comerciantes. Los más miserables habían de conformarse con sus ruinosas cabañas en la zona de extramuros. “Nada nuevo bajo el sol” — pensó.

Sin embargo, algo insólito le causó enorme extrañeza: en una villa tan grande y próspera, el camino principal — que él había abandonado algunas millas atrás — debería estar atestado de gente entrando y saliendo. En cambio, apenas unos pocos entraban, y no se veía a nadie salir de la ciudad.

Sin dejar de pensar en ello, se tomó su tiempo para buscar el mejor lugar donde poder atar a su caballo. Finalmente, en medio de la espesura del bosque, encontró un riachuelo rodeado de una minúscula pradera. Ató una de las patas traseras del animal a un árbol, asegurándose de que había cuerda bastante para que pastara y bebiera sin problemas. A continuación le quitó la montura y las alforjas, para esconderlas a unos cuantos metros del lugar. Y sin más, cogió lo indispensable para emprender la marcha.

El sonido monótono de las conchas que llevaba colgadas del bastón alertó a los guardias, que franquearon el paso de aquel forastero que pretendía entrar en la ciudad.

— ¡Alto ahí!. ¿Quién va!.

— Buenos días soldados. Que la paz sea con vosotros.

— Déjate de tonterías. ¿Quién eres y qué vienes a hacer aquí?.

Mientras uno de los guardias le arrebataba el zurrón, arrojando al suelo su contenido, Juan libraba una batalla interior para dominar su ímpetu. Al cabo, con gesto sereno contestó:

— Sólo soy un peregrino, señor. Estoy de paso por la comarca. Busco un sitio para pasar la noche, comprar víveres y poder continuar mi camino.

A estas alturas ya habían encontrado la bolsa con las monedas. Entre risotadas, sacaron una y la arrojaron al suelo, junto a sus pertenencias. Mientras se repartían el resto, él metía sus cosas de nuevo en la alforja. Cuando hubo terminado, se levantó pausadamente y se quedó allí plantado como si fuera un monje. Con las manos cruzadas y escondidas entre las amplias mangas de su túnica. De ese modo podía empuñar las dagas que llevaba sujetas en los antebrazos. “Qué fácil me resultaría terminar con estos tres imbéciles ahora mismo” — pensó —. Pero sabía que no eran ni el momento ni el lugar oportunos.

— ¿Puedo pasar ya?

— Por supuesto caballero — respondió uno de ellos con expresión burlona —. Siéntase como en su casa.

— Además hoy es día de ejecuciones. Vaya al patio del castillo, que tendrá el honor de conocer al mismísimo Duque en persona.

Sin mediar más palabras, recogió su bastón, pasó por delante del tercer guardia y se internó en la ciudad. Cuando dobló la primera esquina se detuvo. Quitándose la capucha, esperó a oír la algarabía que debiera indicarle el lugar de las ejecuciones. En todos los sitios se celebraba la muerte de ladrones, asesinos o violadores. Le extrañó sobremanera no oír nada. Como también reparó en que las calles estaban completamente desiertas. Frente a sí tenía la herrería, con la fragua en marcha, pero sin nadie atendiendo, como nadie cuidaba del horno del panadero ni de los puestos callejeros que los mercaderes habían extendido a lo largo de la calle adyacente a la muralla.

Siguió pues callejeando y observando. Y tras unos minutos, alcanzó la majestuosa entrada al castillo. Cruzó el puente, subió un sinfín de escaleras y al final se dio de bruces con la multitud silenciosa que abarrotaba la plaza de armas. Una mirada rápida alrededor advirtió un gran número de arqueros apostados en las almenas y ventanas interiores, más los soldados fuertemente armados con espadas y picas, que rodeaban a la multitud y custodiaban el patíbulo que se veía al fondo. Justo al lado de una puerta, por la que enseguida salieron cinco harapientos encapuchados. A golpes fueron obligados a subir, entre llantos, lamentos y súplicas de perdón.

Espoleado por la curiosidad preguntó a varios espectadores. Y de todos obtuvo la misma respuesta: nada. Apenas terminaba la pregunta, rehuían su mirada y bajaban de nuevo la cabeza. No le quedaría más remedio que esperar la llegada del Duque.

Vestido con finas telas y rodeado de una cohorte de servidores y soldados, dirigió una mirada arrogante al público, antes de hablar solemnemente a la multitud. No fue muy largo el discurso, dictado en un tono cansado y aburrido. Pero sí que fue completamente claro. Aquellos cinco morirían por tratar de soliviantar al pueblo para que les fueran rebajados los impuestos. Y la misma suerte habrían de correr quienes en el futuro osaran rebelarse contra del Duque de Cimadevilla. Bien pagado de sí mismo, también recordó a la atemorizada multitud que él había salvado las espaldas del mismísimo Rey en la batalla de Santolín, cubriéndole la retirada en aquella infame derrota seis meses atrás. Las costas de la gloria habían de ser pues satisfechas. Y el pueblo debería pagar la valentía de su Señor.

Las manos de Juan debían tener grabadas las formas de las empuñaduras de sus dagas, de tanto como las apretó para contener su rabia. Mientras el verdugo cumplía con su trabajo, se preguntaba qué demonios ocurriría en aquel Ducado en manos de ese carnicero, que además — como él mismo de sobra sabía — era un maldito felón.

Dispuesto a averiguarlo, se mezcló entre la multitud. Pasó largo rato hasta que los soldados ordenaran el desalojo de la plaza. Para entonces, las cabezas de los infelices pendían de maderos colocados a lo largo del puente de acceso al castillo. Sus grotescas muecas servirían de recordatorio a un pueblo intimidado, hasta que los buitres o los cuervos terminaran de comer hasta la última brizna de carne.

Sabía de sobra que nada podría averiguar de aquella compungida población, y no quería exponerse demasiado. Un forastero haciendo preguntas levantaría demasiadas sospechas. Por eso tan solo compró algo de comer, y buscó un rincón tranquilo donde poder pasar la tarde descansando. Al abrigo de la noche pasaría más desapercibido. Y el vino — que tiene la virtud de soltar las lenguas — lo ayudaría con sus pesquisas.

Y eso fue lo que hizo. Mezclado entre los vapores del popular brebaje, sólo tuvo que estar atento a las conversaciones de cuantos — armados por el valor que tiene el borracho — juraban venganza para el herrero, el panadero y los tres campesinos ejecutados. Promesas que se esfumaban si algún soldado aparecía por la taberna.

Bien entrada la noche y con mucha información recabada, creyó conveniente volver al lugar donde había dejado su caballo. Con una luna clara como aquella, no le sería difícil encontrarlo. Y desde luego, sería un sitio mucho más seguro para dormir.

Mientras caminaba por las calles embarradas en busca de las puertas de la muralla, se topó de repente con los tres soldados que aquel mediodía estaban de guardia. Venían borrachos como cubas, y con ganas de jaleo. Como aún no se habían apagado las antorchas de las calles, pronto reconocieron al peregrino, a pesar de que se había puesto a un lado con la cabeza gacha y en la posición de un monje.

No tardaron en sonar las risotadas, mientras se le iban echando encima acorralándolo contra la pared. Juan, con frialdad esperó a tenerlos bien cerca. Y en menos de un instante sus manos salieron como rayos empuñando las dagas, que con un golpe seco y sordo se clavaron en los pechos de los dos guardias de los costados. El que tenía enfrente no supo ni cómo le vino el testarazo en medio de la nariz. Y menos aún, cuando las dagas que habían matado a sus compañeros se llevaron súbitamente su vida. Con la misma rapidez que les quitó de en medio, retiró los cadáveres a un callejón cercano, revolvió entre sus pertenencias y los arrojó a un estercolero. El botín obtenido superaba con creces lo que esperaba. Y eso hizo que cambiara súbitamente de planes.

Se dirigió entonces a una posada y alquiló una habitación. Siguiendo los consejos del posadero, encontró la mejor compañía femenina que podía pagarse. A la salud de aquellos imbéciles sucumbió por tres veces a las buenas mañas de aquella chica. Y como no había puta que no fuera deslenguada, aprovechó para enterarse de cuantos chismes quiso. Incluso de dónde vivía la familia de Marcelino. Uno de los campesinos muertos que, según había oído varias veces, dejaba mujer y dos hijos pequeños condenados seguramente a la mendicidad. Antes de que el sueño lo venciera, ya tenía muy claro lo que debía hacer con ellos.

Pasaba ya de mediodía cuando se despertó. Como era de esperar, la mujer ya se había ido. Y como también tenía previsto, a pesar de haber cobrado lo pactado antes de hacer su trabajo, se llevó la bolsa de monedas que había en la mesilla. Juan esbozó una sonrisa, mientras levantaba el colchón y cogía otra bolsa con la mayoría del dinero. “Estas putas no se conforman con nada” — pensó, divertido.

Calmadas las iras de su estómago, merced al exquisito estofado de la posadera, se puso de nuevo en camino. Tras una corta visita a su caballo y pertenencias, caminó hasta las inmediaciones de la cabaña de Marcelino. Desde lejos, se pasó la tarde vigilando a sus moradores.

Hacía buen rato que había caído la noche cuando estaba llamando a la puerta. Un muchacho de unos trece años abrió al forastero. Detrás de él, iluminadas por la trémula luz de la lumbre, una mujer y una niña de no más de diez, miraban asustadas a aquel enorme hombre encapuchado, con las manos cruzadas y ocultas en las mangas, como si fuera un fraile.

Comienza un nuevo relato

La historia empieza con la llegada de Juan a la ciudad. Pero, ¿quién es el personaje principal del relato?. ¿Y qué pretende hacer con la familia de Marcelino?. En el próximo capítulo se despejarán estas dudas. Pero para ello te emplazo aquí la próxima semana.

Si aún no me sigues en mi perfil de autor de facebook, te invito a hacerlo. Y a que compartas esto en tus redes sociales o comentes más abajo lo que te ha parecido el relato. ¿Qué te parece?

Cuento, relato o poesía... ¡Compártelo amigo! ... la vida es alegría

Un comentario sobre “Camino de rosas y espinas (capítulo primero)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *