Camino de rosas y espinas. El desenlace.

Como en toda espera, el tiempo pasa muy lentamente. Mientras unos lo mataban dormitando y charlando de cuando en cuando sobre banalidades, al abrigo de la eterna noche del inframundo, otros debían pelear contra la tensión previa al instante decisivo, y la incertidumbre de no saber si saldrían vivos de aquel intento.

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Encerrados en la hedionda sala de torturas, el verdugo no dejaba de mimar su instrumental, mientras guardaba cuidadosamente en una bolsa lo que necesitaría para esa noche. Al tiempo Juan, con los grilletes puestos y aún atado a la cadena, aguardaba sentado sobre un taburete en medio de la estancia. De vez en cuando gritaba alguna súplica o insulto, que eran convenientemente respondidos por otros del torturador, mientras azotaba al odre lleno de aceite que usaba para sus menesteres. Tras cada pantomima se miraban, y con una sonrisa cada uno volvía a lo suyo. En un momento dado, Juan — cuya única ocupación era esperar sentado — se dirigió a su compañero.

— En verdad que sois un hombre extraño. No os ofendáis, pero me han hablado muy bien de vos. Lo que ocurre es que veo cómo cuidáis con mimo las herramientas, mientras soportáis estar en este lugar tan sucio y pestilente.

Mientras el hombre daba la enésima patada a una rata — que daba cuenta de alguna víscera que habría encontrado por el suelo — lo miró sonriente, y con los brazos abiertos respondió:

— Capitán, he aquí mi reino. Donde vos oléis la podredumbre y veis las ratas campar a sus anchas, yo admiro el mejor instrumento de tortura jamás creado. Creedme si os digo que no hay peor tormento que el que entra por los ojos, la nariz y el oído. Esto me evita mucho trabajo, os lo aseguro. Aunque sólo puedo aplicarlo a hombres recios como vos. ¡A fe que más de uno se ha muerto de la impresión a las pocas horas, sin haberle tocado ni un pelo!

— Sois un artista, sin duda. Debo reconocer que el Duque ha hecho una magnífica elección.

— ¡A ese miserable quisiera ver yo aquí!. ¡Traidor!. ¡Cobarde!. ¡Ruin!

— Contened vuestra ira. Esta noche, si Dios quiere, tendréis vuestra oportunidad.

Con el cuerno en una mano y la barra de hierro en la otra, se puso delante de Juan y le dijo:

— ¡Pagará cara su traición el miserable!

— Al Rey y a quienes salimos con vida de aquella encerrona nos alegró mucho saber que en este Ducado aún hay hombres de honor. Seréis generosamente recompensados por ello.

— Más de los que creéis hay. Sabed que algunos de nuestros soldados quisieron salir en vuestro auxilio. Y de hecho lo hicieron. Fueron abatidos por los arqueros. ¡A sus propios hombres, por Dios!. Con mis ojos lo vi. Igual que vi al Duque reunirse con el enemigo a pocas leguas de donde os estaban masacrando.

La ira también se apoderó de Juan, que comenzó a gritar con todas sus fuerzas. Mientras su carcelero azotaba sin compasión el odre de aceite, ambos calmaban sus ímpetus y recobraban de nuevo la presencia de ánimo. Así estuvieron un rato, hasta que el silencio volvió a la habitación.

Seguía cada uno en sus cosas, cuando los lejanos murmullos y el crujido del metal al abrirse las rejas los puso de nuevo en alerta. Un fuerte estruendo abrió la pesada puerta. El Duque, con la cara desencajada, se puso frente a Juan, colgado del techo por sus muñecas.

— ¡Verdugo!. ¡Quiero que hable ahora mismo!. Haz tu trabajo, o seré yo quien lo atraviese con mi espada.

Sin apartar la mirada de los ojos de su oponente, Juan trató de disimular el dolor que le taladraba los brazos. Con voz calmada, respondió:

— Venga, hacedlo. Matadme ahora mismo y evitad mi sufrimiento. Será lo único que pueda agradeceros. Pero recordad sólo una cosa: “penitentiam agitem”. Y poneos a bien con Dios, porque no estoy solo en esto.

Con el gesto aún más nublado, desenvainó su espada y la puso en el cuello de Juan. En ese momento, el carnicero supo que debía sosegar los ánimos.

— Con el debido respeto, señor. No sería buena idea matarlo ahora. De momento es lo único que tenemos. Y si no conseguimos nada de él, nada se habrá sacado de tan preciado botín. Confiad en mí y creedme. La espera os merecerá la pena. Y mañana podréis vos mismo atravesarlo si queréis.

Dubitativo, aún permaneció unos segundos sin mover ni un solo músculo. Pero al poco la razón fue entrando en él, y relajó la presión de la espada, que terminó envainando de mala gana. Antes de salir, se dirigió a su esbirro:

— Más te vale que sea como dices. De lo contrario mañana serás tú el que cuelgue de una soga.

— Pierda cuidado señor, pues tengo mucho aprecio a mi cuello. Si quiere puede preguntar a los guardias. Ellos le dirán que llevo toda la mañana trabajando para que nuestro invitado entre en razón. Y le aseguro que mañana a estas horas tendrá usted una valiosa información.

Sin mayores contratiempos la noche cayó. Y el turno de guardia hizo el acostumbrado relevo. Entonces volvió a abrirse la puerta. En esta ocasión, un soldado traía ropa para el capitán, que fue desatado de inmediato. Se disponían a salir, cuando el hombre se interpuso entre ellos.

— Un momento caballeros. ¿No pensaréis salir así?.

Temiéndose lo peor, Juan y el verdugo empuñaron sus dagas, mientras el guardia metía la mano en el saco donde había traído la ropa. Sonriendo, sacó unos extraños trozos de tela bien forrados con lana, que extendió hacia ellos. Tan pasmados miraron aquello, que no pudo evitar una sonrisa.

— Supongo que no querréis ir por ahí llamando la atención, ¿verdad?. Ataos esto a las botas, y nuestras pisadas serán igual de livianas que las de un fantasma. Además, he procurado que las antorchas de ciertos lugares no sean repuestas. Sólo nos queda esperar a que se apaguen.

— Y a que el Duque duerma — dijo Juan.

— Por eso no habréis de preocuparos. Con la cantidad de vino que bebió hoy, no tardará en hacerlo. Uno de los camareros ha puesto especial interés en mantener su copa siempre llena. Por cierto, ¿cuántos hombres son necesarios?. Me gustaría ser uno de ellos.

— Con cinco será suficiente — respondió el verdugo —. Y creo que el capitán no tendrá inconveniente en que vos seáis del grupo.

Juan, que había terminado de ajustarse los trapos a sus botas, asintió dándole una palmada en la espalda. Al momento abandonaron la infecta sala, y se dispusieron a esperar a que la lumbre de las antorchas se apagara.

Llegado el momento, cinco espectros atravesaron el patio de armas pegados a una pared. Sin hacer ruido, entraron en la torre del homenaje y llegaron a la puerta de los aposentos del Duque. Éste debía haber llegado como una cuba, pues ni la había cerrado, ni tan siquiera se había molestado en quitarse la ropa. Simplemente se había dejado caer sobre la cama.

Cumpliendo escrupulosamente el plan previsto, los espíritus rodearon el lecho. A la orden de Juan se abalanzaron sobre él. Uno a cada extremidad — para inmovilizarlo —, y el verdugo sobre la cabeza — para atarle una mordaza que ahogara sus gritos —. De ese modo, sólo los ojos abiertos de par en par podían transmitir el terror que dominó al tirano cuando fue consciente de lo que estaba ocurriendo. Unos ojos que cayeron de pleno sobre los del capitán, que le sonrió guiñándole un ojo.

Terminada con éxito la primera parte, el experto torturador se afanó en quitarle los pantalones. Con cuidado de no romperlos, extrajo la prenda y dejó al gran Señor desnudo de cintura para abajo. El resto se intercambiaban miradas inquisitorias, pues ninguno sabía absolutamente nada de la obra de arte que estaban a punto de presenciar. A una orden suya, arrastraron al Duque — que no cejaba en su empeño de zafarse de sus captores — hasta dejarlo de rodillas, con el cuerpo apoyado sobre el colchón.

— Pudríos en el infierno. Allí os enviamos — le susurró Juan, justo antes de que el verdugo, con un golpe certero y seco, le incrustara el cuerno de vaca en salva sea la parte.

De los ojos del ajusticiado brotaban lágrimas, mientras su cuerpo se agitaba entre gemidos ahogados y vanos intentos de deshacerse de quienes lo apresaban.

El hábil cirujano, entre tanto seguía con su trabajo. Mientras la mano izquierda sujetaba el cuerno, la derecha comenzó a introducir la vara de hierro, que atravesó sin dificultad la abertura que tenía aquel en la punta, adentrándose en el cuerpo del condenado. La sangre comenzó a manar de inmediato. Conducida por el cuerno, caía en el odre que había dispuesto para recogerla. Los cuatro hombres tuvieron que emplearse a fondo para sujetarlo, hasta que poco a poco las convulsiones fueron menguando, terminando por desaparecer a los pocos minutos. Lo mismo ocurrió con el reguero rojo que salía por su trasero. Con cuidado, se ocupó de no dejar ni una sola gota fuera del recipiente. Como punto final, el maestro introdujo en el cuerpo del fallecido tantos trozos de tela como pudo, para que sirvieran de barrera a cualquier sangrado sospechoso. Finalmente, volvieron a vestirlo y lo dejaron tumbado sobre el lecho.

— Aquí lo tenéis. Sin un rasguño. Una muerte natural, dirán mañana los físicos. Quizá las tensiones de los últimos tiempos o la borrachera de esta noche lo habrán llevado con Dios.

Mientras el verdugo contemplaba su obra, el resto lo miraban admirados y divertidos por el comentario. Aunque pronto debieron ponerse de nuevo en guardia, pues su misión no terminaba ahí. Debían volver a los calabozos, ya que allí estaba el acceso secreto para salir del castillo.

Cuando las campanas de la iglesia de San Cosme y San Damián anunciaban el mediodía, el séquito real atravesaba la puerta principal del castillo. Debía el Rey estar presente en el funeral del Duque, y tomar posesión de un Ducado ahora sin gobierno. En la comitiva iba Juan, luciendo su uniforme de jefe de la Guardia Real. Marcelino, luciendo ropas nuevas y montando un hermoso corcel, lo seguía orgulloso. Su madre y su hermana no daban crédito a lo que les estaba pasando. También para ellos comenzaba una nueva vida.

El desenlace del relato

En el capítulo anterior Juan era capturado por la guardia del Duque. Esto fue sólo una estratagema para llevar a cabo su plan, que con la colaboración de Marcelino concluyó con éxito.

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