Camino de rosas y espinas. La hora de la verdad

Aún pasó un buen rato hasta que la puerta volvió a abrirse. Era el verdugo, que venía con un enorme cuerno de vaca en su mano derecha, y una larga y fina vara de hierro en la izquierda. Sin mediar palabra, cerró la puerta y se dirigió a su mesa de trabajo para depositar los objetos. A continuación desenganchó de la pared la cuerda que sujetaba los grilletes de Juan, y dejó bajar al prisionero hasta que sus pies tocaron el suelo.

Tanto la aflojó, que pudo tumbarse mientras esperaba a que el dolor de sus músculos se fuera mitigando. Entre tanto, miraba al torturador, que se afanaba en sacar punta a uno de los extremos del hierro.

— ¿Qué vas a hacer con eso?. Nunca he visto tal instrumento de tortura.

— Porque no lo es capitán. Esto es una herramienta para matar. Y vos, levantaos.

Mientras se incorporaba, se sorprendió adivinando cómo aquél hombre se deleitaba con su trabajo. En verdad parecía su vocación, tal era la satisfacción que manifestaba al comprobar cómo la barra de hierro se deslizaba perfectamente por el agujero practicado en la punta del cuerno.

— Veo que sois tan hábil y meticuloso como me habían contado. ¿Lo tenéis todo dispuesto para esta noche?

— Os informaron bien, señor. Todo marcha según lo planeado. Y ahora vos, manteneros en pie. Aún no se ha cambiado la guardia, y cualquiera podría entrar.

— ¿No se extrañarán de que estéis aquí conmigo?

— Como le dije al Duque, y él sabe muy bien de mi eficiencia en este trabajo, es mejor dejar reposar unas horas al preso. Siempre lo hago así. Y también acostumbro a venir mientras “madura”. No os imagináis cuántos hablan antes de que les toque un solo dedo. De modo que podéis estar tranquilo, porque la guardia sabe que estoy trabajando, como también sabe lo poco que me gustan las interrupciones innecesarias. Debierais dar algún grito, o insultarme a voces. Eso es lo que suelen hacer todos, antes de ponerse a llorar y suplicar clemencia. Ayudaría mucho a no levantar sospechas.

Mientras tanto, a varias leguas de allí Marcelino ayudaba al extraño que días antes había hablado con Juan en el bosque. Se afanaron toda la mañana en fabricar antorchas suficientes para su tarea nocturna. Apenas se intercambiaron palabras hasta la hora de comer. Sentados sobre piedras, uno frente al otro, dieron cuenta de las gachas y el trozo de pan que el hombre había comprado la víspera en la ciudad.

— Guillermo… ¿Crees que Juan estará bien?.

— No lo dudo muchacho. Mi capitán no es un hombre fácil de doblegar. Esta noche verás que todo saldrá según lo planeado.

— Él me dijo que había infiltrados en el castillo. Y que les sería bastante fácil acceder al Duque. Aunque no sé si creérmelo. Si fuera así, ¿por qué hacerlo tan complicado?. Me contó que debería morir de una forma que pareciera natural.  Pero aún no entiendo porqué tiene que entrar él en persona. ¿No confía en sus aliados?

— No te falta razón. Pero ahí entra la cabezonería del capitán. Desde la batalla de Santolín se la tiene jurada al Duque. Y empeñó su honor en ser él quien lo matara. Ya ves que no había otra opción — dijo sonriendo.

— Algo nos contó de aquello a mi familia y a mí.

Durante un rato Guillermo bajó la cabeza y estuvo jugueteando con la cuchara de madera. Marcelino, que lo veía apretar la mandíbula mientras sus ojos se humedecían, entendió que no era el momento de seguir haciendo preguntas.

— Ese bastardo… ¡nos dejó solos! — dijo cuando se hubo repuesto —. Sus mesnadas deberían habernos ayudado a cubrir la retaguardia, mientras el Rey con nuestras tropas se batían en retirada. En vez de eso, negoció con el enemigo y nos dejó a nuestra suerte. Sólo diez  de ciento cincuenta conseguimos escapar de aquella carnicería. El resto, muertos o apresados. Sólo dios sabe qué habrá sido de ellos.

— Y para colmo, parece que sus tratos con nuestros enemigos aún siguen.

— Exacto muchacho. Pero ese felón lo ha de pagar bien caro esta noche. Y ahora mejor será que descansemos un rato. Debemos estar frescos cuando llegue la hora.

Mientras el cielo se tenía de un hermoso color dorado, ambos  — cargados con las antorchas — seguían el curso de un riachuelo. Poco más tarde, río arriba, la noche los sorprendió entrando por la cueva de la que salía el agua. Una vez dentro, Guillermo sacó la yesca necesaria para hacer el pequeño fuego que encendiera la primera candela.

— Pero… ¿a dónde vamos? — preguntó Marcelino entre extrañado y asustado.

— Toda fortaleza que se precie tiene una vía secreta de escape. Y esta no es una excepción. Por aquí debería salir el capitán.

— No lo sabía. ¿Para huir en caso de asedio, tal vez?

— Y para que salgan emisarios, o entren provisiones y munición. Mientras el enemigo no la descubra es de gran utilidad. Hoy nos ayudará a sacar a Juan del castillo.

— ¿Sólo a él?. ¿No deberían huir también los cómplices?

— Que lo hicieran sólo confirmaría la existencia de una encerrona, y pondría las cosas más difíciles. Además el Rey acampa cerca de aquí con la excusa de unas jornadas de cacería junto a algunos nobles de su confianza. Iremos directamente a avisarlo cuando todo termine. Si todo sale bien, mañana a medio día, Su Majestad estará preparando el funeral del Duque… y tomando posesión del Ducado.

Con el corazón desbocado, Marcelino seguía a Guillermo. Iban utilizando las antorchas que necesitaban, mientras dejaban por el camino otras preparadas para la vuelta. Tras una caminata por el interior de la gruta, llegaron a unas escaleras de piedra que se perdían en la oscuridad de un angosto túnel.

— Hemos llegado, muchacho. Sólo nos queda rezar y esperar.

Sentado sobre uno de los peldaños, el chico contempló apagarse la antorcha. Completamente a oscuras, el sonido del agua que pasaba ante ellos buscando la luz, se mezclaba con un martilleante y excitante pensamiento: “voy a conocer al Rey, voy a conocer al Rey”. Aunque poco tardó la incertidumbre en poseerlo, cuando se dio cuenta de que si se torcían las cosas, quizá a quien conociera sería a la horca.

Casi al final del relato

Aunque la historia no se ha terminado, la próxima semana conoceremos el final del relato. Y se sabrá si el Duque se sale con la suya, o consiguen vengar la traición que hizo al Rey en la batalla de Santolín.

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