Camino de rosas y espinas. La revelación

De entre las manos sin vida de su siervo, arrancó el libro y empezó a ojear el resto de las hojas. Nada. Sólo los apuntes ordinarios de los impuestos recaudados. El olor ferruginoso de tanta sangre inundaba el ambiente de tal manera, que todo el mundo se tapaba la nariz. Excepto el Señor de Cimadevilla, que se volvió a hacia sus consejeros con los ojos que bien parecía iban a salir de sus órbitas.

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— ¡Vámonos de aquí, ahora!. Yo personalmente tomaré cartas en este asunto.

Con grandes zancadas y farfullando toda clase de improperios, el Duque desapareció por la misma puerta por la que había salido. Como fieles corderos, el chambelán y los asesores siguieron al amo sin atreverse a pronunciar una sola palabra.

A toda prisa, los causantes de la afrenta se esforzaban en colgar los sacos de maíz en el techo de la cueva. Allí estarían a salvo de roedores y pájaros. Aunque no era el mejor lugar para su almacenamiento — la humedad acabaría echando a perder el grano —, en estos momentos era lo más sensato. Aguantaría los días necesarios para trasladarlo a un sitio más acorde.

— Ya está todo — dijo Agustina con voz entrecortada —. A ver qué hacemos ahora, porque seguro que el Duque vendrá a por nosotros. ¡Tenemos que irnos de aquí!.

Juan posó su enorme mano sobre el hombro de la mujer. Con voz pausada y tranquila, trató de calmarla.

— Al contrario. Tenéis que quedaros. Si os vais estaréis colaborando en levantar sospechas, por mucho que la razón no apunte hacia vosotros. Pero ahora no sabe dónde buscar, y es un animal herido. Como tal, no piensa con la cabeza y tiene el juicio turbado. Por eso debemos tratarlo con las mayores precauciones.

— ¡No seré yo quien arriesgue las vidas de mis hijos y la mía propia!. ¡No puedes pedirnos eso!.

— Lo que yo os pido es que ofrezcáis a ese villano las pruebas de vuestra inocencia. El granero vacío, y la promesa de que sus hombres se fueron por donde vinieron cuando terminaron su trabajo. Os repito que ni por lo más remoto creerá que vosotros pudisteis matar de aquella manera a sus recaudadores.

— Madre, él tiene razón. Además, ¿qué ganamos huyendo?. Perderíamos lo poco que tenemos para convertirnos en pordioseros. Yo digo que nos quedemos.

— ¡Tú te callas Marcelino!. Eres igual que tu padre… Y mira lo que le ocurrió por protestarle al Duque.

— Pero el chico tiene razón, Agustina. Yo no conocí a vuestro esposo, pero os aseguro que fue más valiente y con más honor que muchísimos hidalgos y nobles… Incluido el Duque de Cimadevilla.

— ¿Y de qué le sirvió tanta gallardía?. Ahora él está muerto, y nosotros arruinados.

— La muerte en ocasiones se lleva a las personas equivocadas, es cierto. Pero vosotros podéis continuar con su lucha. Con la ventaja de que no estáis solos. Y creedme si os digo que yo tampoco lo estoy, pues solamente soy una pieza de algo más grande. Empeño aquí mismo mi palabra a que habremos de terminar con el Duque antes de que estos árboles se desprendan de su primera hoja.

Mientras hablaba, Juan no perdía el tiempo. Se afanaba enjaezando su enorme y señorial caballo rubio. Marcelino se mantenía a su lado, ayudándolo en todo cuanto requería, mientras admiraba el porte de aquel hermoso ejemplar de raza árabe. “Ya quisiera el mismísimo Duque tener uno como este” — pensaba, asombrado. Y mayor fue la sorpresa  cuando lo vieron desempaquetar el armamento. A la enorme espada que prendió a su cintura no le faltaban ornamentos ni pedrería en la empuñadura. En sus antebrazos y piernas sujetó sendas dagas. Las mismas que mataron a los emisarios del castillo. Al cabo, de una alforja sacó una ballesta junto con su carcaj lleno de saetas.

— Muchacho, cuelga esto de la espalda. Lo llevarás tú.

— ¡No!. Mi hijo no irá a ningún sitio. Ya he perdido a un marido. No arriesgaré la vida de mi hijo. Además, él es un chico de campo. Nada sabe de luchar ni de armas.

— Queda tranquila Agustina, pues no es mi intención que él corra riesgos. Eso es cosa mía. Sólo quiero que me guíe hasta algún lugar desde donde ofrecer unos presentes al señor Duque. Y no debe ser por este valle. Una vez encuentre un buen lugar, te lo envío de vuelta a casa.

De inmediato Juan subió a su caballo, tendiendo su mano para ayudar a Marcelino a hacer lo mismo. Como si hubiera cogido una pluma, elevó al chico hasta la grupa del animal.

— ¿Y va a regresar andando?. No llegará ni para la noche. Que se lleve él uno de los caballos de los soldados.

— Pero madre, ¿está usted tonta? — interrumpió la pequeña Catalina —. Si lo pillan con uno de esos caballos ya se puede dar por muerto.

El hombre, con expresión entre divertida y asombrada, miró a la niña y le guiñó un ojo. La madre, avergonzada, bajó la cabeza.

— Será mejor que nosotros nos adelantemos a echar un vistazo antes de que os vayáis. Vosotras no os mováis de aquí hasta que regresemos.

A lomos de tan formidable animal, y portando el carcaj y la ballesta, el muchacho miró sonriente a su madre y hermana, mientras se perdían en la espesura del bosque. La primera respondió con otra sonrisa, mientras sentía su alma encogerse. La segunda hacía ostentosos gestos a su hermano, orgullosa y asombrada.

Poco tardaron en asomarse a un pequeño risco, desde el que podían ver el abierto valle en el que vivía la familia. Al fondo, bordeando el río, lo atravesaba la senda que conducía directamente a la ciudad. Cada cabaña, cada campo, cada ganadería podían ser vistas desde allí arriba. Durante un rato contemplaron en silencio los quehaceres de sus habitantes. Hasta que una polvareda captó su atención.

Aunque desde su posición no alcanzaba a distinguir los detalles — pues hombres y animales se veían como pequeñas figuras como de juguete —, no era difícil adivinar el motivo de aquél fenómeno. Un pequeño ejército avanzaba a galope tendido por el camino. Se miraron sin pronunciar palabra. Minutos más tarde el grupo se detuvo en la cabaña de Marcelino. El chico, con el corazón en un puño, no pudo evitar las lágrimas de rabia cuando vio cómo el fuego devoraba su casa. Juan, conmovido ante los sollozos del muchacho, lo dejó desahogarse un rato. Mientras tanto, meditaba el obligado cambio en sus planes.

— Marcelino — dijo al fin —, comparto y entiendo tu rabia en estos momentos. Pero ésta no puede guiar nuestro pasos. Es natural y necesario que te desahogues, pero hazlo antes de que lleguemos al campamento. Ellas deben verte entero y con fuerzas.

— Pero Juan… era nuestra casa. Ya no tenemos nada.

— Muchacho, cuando uno quiere coger una rosa, corre el riesgo de pincharse con sus espinas. Es un riesgo que hay que correr. Créeme cuando te digo que esta herida es sólo un paso para que alcancéis la ansiada flor.

Este contratiempo obligó al soldado a desvelar su verdadera identidad y propósitos antes de lo que hubiera querido. Necesitaba insuflar fuerza y ánimos al muchacho que en sólo dos días se había convertido en un eficaz y fiel escudero. Sin duda el destino estaba de su lado — pensó en más de una ocasión.

Y surtió efecto el remedio, pues al saber que tenía ante sí al mismísimo capitán de la Guardia personal del Rey, y que otros compañeros estaban infiltrados en la ciudad — incluso en el mismísimo castillo — fue el mejor de los revulsivos.

Tanto Marcelino durante el trayecto, como Agustina y Catalina en su escondite, aturdieron a preguntas a Juan. Aunque rehusó responde a buena parte de ellas — discreción y caballerosidad se imponían —, había una que exigía respuesta. Porque mientras la madre quería saber de las interioridades del palacio y sus reales moradores, y el chico abordaba cuestiones sobre sus aventuras como soldado del Rey, la pequeña Catalina supo meter el dedo en la llaga.

— Juan, ¿por qué el Rey quiere matar al Duque, si fue quien lo salvó en la batalla de Santolín?. Todo el mundo sabemos eso.

El rostro del hombre reflejó de inmediato la inmensa ira que llevaba dentro. Mesando los cabellos de la niña, y tras una forzada sonrisa les explicó cómo aquel infame había enviado a las mesnadas capitaneadas por él mismo a una muerte segura, para asegurarse la huida de aquella batalla tan nefasta para el ejército del reino. Narró con todo detalle cómo huyó con sus hombres, mientras otros dejaban la vida tratando de contener los envites del enemigo. Todo para que el Duque y los suyos tuvieran una retirada exitosa y sin sobresaltos. Sus ojos se humedecieron al nombrar a ciertos amigos que había visto morir delante suyo.

— Además, pequeña Catalina, sabemos que al Duque le va muy bien con los tratos que tiene con nuestros enemigos. Ya veis que aparte de cobarde y malvado, es un traidor.

— Entonces, ¿a qué esperamos? — dijo Marcelino —. Matémosle y se habrá acabado todo.

— Ah, si fuera tan sencillo. ¡Por mi honor os juro que yo mismo le habría rebanado el cuello hace tiempo!.

— ¿Qué te lo ha impedido?. ¿Sus guardias tal vez?.

— No, Marcelino. Habría mil formas de matarlo. Pero este es un Ducado de mucho peso en el Reino. Y este bellaco tiene mucha influencia entre los nobles. Su muerte violenta despertaría muchas sospechas y rencillas. Podría suponer incluso una guerra civil.

— Entonces, no hay solución posible. ¿Qué se supones que vamos a hacer nosotros?.

— Por fortuna, ese malnacido no tiene descendencia. Y si muriera de forma natural o se suicidara, la ley otorga a Su Majestad el poder de elegir un nuevo Duque, sin que la nobleza tuviera motivos para protestar. Nuestro objetivo es ayudarlo a que tome la decisión de acabar con su vida.

— ¡Santo Dios! — replicó Agustina haciéndose la señal de la cruz —. Tenemos Duque para rato.

Tras un instante de silencio, todos desviaron sus miradas hacia ella. A continuación, estallaron en carcajadas ante la graciosa cara de resignación de la mujer.

Sentada sobre una piedra, contemplaba atónita a Juan y a sus hijos construir lo que sería su vivienda para los próximos días. Tal vez semanas. Con el espíritu carcomido por el dolor y la desesperanza, sentía como las fuerzas la habían abandonado. Mientras Catalina y Marcelino desplegaban la vitalidad que da la juventud, ella no dejaba de repetirse: “En una cueva, como las alimañas. Vamos a vivir en una cueva”.

Relato de una revelación

En el capítulo anterior dejamos al Duque enfadado por el “regalo” que había recibido. Ahora Juan, habiendo desvelado su identidad a la familia del infortunado Marcelino, planea torturarlo hasta provocarle la muerte. El episodio siguiente llevará un paso más allá sus planes, y por tanto acercará el final del infame gobernante.

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