Camino de rosas y espinas. Tiempos de cambio

Instintivamente el chico reculó, y se puso al lado de la madre y la hermana. La imponente figura avanzó un paso y entró. Tan solo la hoguera — situada en el centro de la única estancia de la cabaña — separaba a Juan de la atemorizada familia.

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— Buenas noches nos dé Dios.

El grupo, que no conseguía reponerse del susto, no pudo contestar al saludo cortés de aquel extraño.

— Disculpad las horas. Os ruego que perdonéis la intromisión de este humilde peregrino. Mi nombre es Juan, y quisiera pediros el favor de pasar aquí la noche. Se me ha hecho demasiado tarde, y ya no llego a la ciudad. Traigo algunas viandas que podemos compartir para cenar, si tenéis a bien aceptar mi petición.

Mientras hablaba, iba sacando de su zurrón dos trozos de pan de maíz y un par de conejos que había cazado aquella misma tarde, al tiempo que se descubría la cabeza, mostrando a los medrosos moradores su larga cabellera y el rostro barbudo de facciones angulosas. Su mirada castaña era tan firme como tranquilizadora. Lo que ayudó a que la mujer recobrara su presencia de ánimo, pudiendo así responderle.

— Disculpe Juan, pero es verdad que nos ha dado un buen susto llegando entrada ya la noche. Mi nombre es Agustina, y ellos son mis hijos: Marcelino y Catalina. Claro que puede usted quedarse. Ya es muy tarde para andar por los caminos.

— Se lo agradezco en el alma Agustina. Y ahora, ¿por qué no nos cocinas estos hermosos conejos?. Seguro que habrá de llegar su marido, y seguro que se alegrará de tener la cena dispuesta. Aunque traigo un hambre terrible, prometo no tocar de nada hasta que estemos todos.

Las caras de los afligidos moradores se llenaron de inmediato de lágrimas, ante la fingida sorpresa de Juan. Éste dejó que la mujer le contara la historia que ya sabía. Cuando hubo terminado, respondió con el discurso que ya tenía preparado.

— Terrible historia me cuentas, mujer. Imagino vuestra pena y el miedo al futuro. Tan reciente pérdida del hombre de la casa no ha de ser fácil de digerir.

— No hago otra cosa más que pensar en cómo apañármelas. Si al menos los niños fueran mayores…

El hombre quedó pensativo, en una actitud que daba a entender que estaba asimilando la historia. Dejó pasar así unos minutos, y al final rompió el silencio.

— Confieso que jamás imaginé desgracia como esta. Por eso no puedo resistirme a ofrecerle mis servicios. A cambio de un rincón en el granero para dormir, y una escudilla de comida caliente, me comprometo a ayudaros durante una temporada. Advierto que nada sé de labranza, pero tengo unos brazos fuertes y voluntariosos. Déjeme ponerme a sus órdenes.

— Sería demasiado pedirle. Además, mañana vendrá el recaudador del Duque a por el diezmo extra que mi Marcelino no quiso pagar. Y no lo hizo por avaricia, sino porque tuviéramos sustento para pasar el invierno. Y como ve, ni tengo marido, ni tendré comida suficiente para aguantar hasta la nueva cosecha. Nada tengo, y nada puedo ofrecerle. Además, usted deberá continuar su camino. No se olvide de rezar por nosotros cuando esté frente al Apóstol.

Apenas la entrecortada voz de Agustina calló, ninguno de los dos pudo evitar desviar su mirada hacia el jergón en el que se acurrucaban los niños, sollozando sin control. Marcelino protegía a su pequeña hermana entre los brazos.

— Nada hay que pedir, pues es decisión ya tomada. Me considero un hombre de Dios y de honor. Por eso jamás me perdonaría dejaros en esta situación. Ya habrá tiempo de terminar el camino. Compostela no se va a mover de su sitio.

— Mil gracias de nuevo. Pero como le dije, mañana apenas quedará grano. Todo está perdido.

— ¿Somos capaces usted y yo de adivinar el futuro?. Me temo que no, ¿verdad?. Entonces dejemos que llegue mañana, y ya veremos qué hacer. Y ahora, ¿por qué no nos ponemos manos a la obra con estos manjares que Dios nos ha regalado?

Cenaron en silencio, saboreando el guiso que Agustina había preparado. Apenas hablaron entre ellos, y cuando hubieron terminado Juan se fue al granero. La noche pasó como un suspiro para quienes aguardaban al cruel destino, y mucho más lenta para el que saboreaba ya las mieles del comienzo de su venganza. Por suerte para todos, el recaudador del Duque junto con tres soldados, no tardó en aparecer.

El viejo usurero paró su carro a pocos metros de la cabaña, donde los tres moradores aguardaban cabizbajos. Algo más atrás, un hombre vestido con una amplia túnica no perdía de vista la escena.

— Vaya. No ha tardado esta zorra en calentar de nuevo el lecho — dijo el recaudador, mirando divertido a su escolta.

Apenas había terminado la frase, cuando dos dagas pasaron a toda velocidad por el costado derecho de la familia. Otros tantos golpes secos confirmaron que habían alcanzado sus objetivos. Dos de los soldados lucían las empuñaduras en sus pechos, borrándoles de un plumazo sus sonrisas mientras desmontaban por última vez sus caballos. A toda velocidad, Juan corrió hacia uno de ellos y le arrebató la espada. Entretanto el tercer guardia desenvainaba ya la suya. Tras un breve y desigual combate, éste yacía en el suelo con el cuello cercenado.

Entretanto el viejo — asustado como una niña — trató de arrear a los caballos. Sin embargo, el joven Marcelino se plantó delante, y con una pedrada certera en la cabeza lo derribó de inmediato, pudiendo subir para detener el carruaje. Poco tardó la espada que portaba Juan en atravesar el pecho del empleado del Duque.

La madre apretaba a su hija contra las piernas. Ambas, paralizadas por el susto, no eran capaces de mover ni un músculo. Marcelino, de pie sobre la carreta, contemplaba admirado a Juan, que se afanaba en meter los cadáveres en el carromato.

— Vamos muchacho. Ven aquí y sujeta los caballos de los soldados. Nos serán de mucha utilidad para trabajar la tierra.

El chico obedeció de inmediato. Y cuando llegó a la altura del hombre, éste revolvió sus cabellos en señal de aprobación antes de entregarle las riendas.

— Muy bien Marcelino. Tu rapidez y astucia me han sorprendido. ¡Así se hace!

El zagal miró a su madre y hermana esperando un gesto de aprobación, pero ellas aún estaban inmóviles y petrificadas. De modo que siguió observando a su héroe, que había cogido el libro del recaudador, y con su dedo mojado en la sangre de sus víctimas, escribía algo en él. “Cómo me gustaría saber leer para saber lo que pone” — pensaba, admirado —. Finalmente, Juan colocó el libro abierto entre las manos de su propietario y arreó los caballos en la dirección por la que habían venido.

— Y ahora vamos. Hay mucho por hacer. Tened por seguro que habrán de volver a hacer preguntas. El Duque querrá saber quién ha hecho esto a sus hombres… ¡Andando!

— Pero Juan — acertó a decir Agustina —, nos matarán a todos.

— No temas mujer. ¿Acaso crees que sospecharán de vosotros?. ¿Una campesina y dos niños pequeños, matando así a tres guardias y un viejo?. Confía en mí, pues sé lo que hago.

— Pero tú… no eres un peregrino.

— Cierto. Y os pido perdón por haberos mentido en eso. Nací soldado y moriré como tal. Pero no os mentí al deciros que soy un hombre de honor, y pienso cumplir con el trato que hemos hecho. En ello estoy en estos precisos momentos, por cierto.

— ¿Quién eres en realidad?

— No hay tiempo para explicaciones. Y no me preguntes por ello, pues no voy a decírtelo ni te conviene saberlo. Al menos de momento. Y ahora vamos a trabajar deprisa, que hay mucho por hacer y el tiempo apremia.

Mientras el carro del recaudador avanzaba a buen paso hacia la ciudad, Juan y sus anfitriones guardaban el diezmo a pagar en los sacos que había traído el funcionario. Con la ayuda de los caballos requisados se internaron en el bosque para ocultarlos en un lugar seguro. Él los condujo hasta donde tenía el suyo. La cueva oculta por la maleza donde estaban sus pertenencias sería un buen escondite. Y en el pequeño claro en medio del bosque había pasto y agua suficiente para los cuatro animales.

En el castillo se celebraba una reunión de rutina entre los consejeros y el Señor del ducado, cuando el ayuda de cámara irrumpió en el gran salón con la cara descompuesta. Tras decirle unas palabras al oído del Duque, éste se levantó y con tono seco dijo:

— Señores, acompáñenme al patio de armas.

Varios guardias y personal de servicio contemplaban asombrados la funesta escena de aquel carro transportando cuatro cadáveres, con la escalofriante misiva entre las manos del recaudador. La habitual altanería del Duque de Cimadevilla se hizo añicos al instante. Y no por los muertos — había visto demasiados, y poco le importaban éstos —, sino por la nota escrita con sangre en el libro de su viejo servidor: “Ponte a bien con Dios Duque. Pronto habrás de rendirle cuentas, traidor”

Malos tiempos para las historias del Duque.

De repente, el Señor del ducado siente sobre sí una amenaza de alguien que parece conocerlo. El altanero Duque que vimos en el capítulo anterior, ahora pierde el sueño ante este suceso inesperado. Mientras tanto, quienes lo tenían todo perdido reciben a la esperanza. La próxima semana continuaremos con esta serie de relatos. Si te animas a seguirlo, únete a mi perfil de facebook. Y si te ha gustado, también puedes compartirlo en tus redes sociales.

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