Cruce de miradas

Al otro lado de la calle los ojos azules de Clara volvieron a atraparlo. Aún no conseguía entender cómo había sido capaz de enamorar a una chica así. Tan hermosa, con esa sensibilidad y carisma tan aplastantes. Sin embargo, a pesar de no ser el más guapo de quienes iban tras ella — que sería todo el que la viera — él lo consiguió. Tras años de asedio, finalmente había podido asaltar la fortaleza de esa mujer menuda y de arrebatadora belleza. Sin dejar de mirarla, se lanzó a cruzar la calle en busca de su conquista. Pero de repente Clara mudó su gesto, dibujando una expresión de horror mientras agitaba ostensiblemente los brazos.

 

Mario ya hacía piruetas por el aire cuando acertó a escuchar el chirriante sonido de las ruedas frotando contra el pavimento, mientras el claxon atronaba sus oídos. Por un segundo su mirada se cruzó con la del hombre asustado que conducía. Todo parecía ir a cámara lenta, y no sintió el más mínimo dolor cuando impactó, contra el coche primero y en el suelo más tarde, a pesar de notar cómo algún hueso se partía. Tendido sobre el frío asfalto, el sabor metálico de la sangre manando de su boca acompañaba a una creciente sensación de sueño.

Pero no quería dormirse, y luchaba con todas sus fuerzas por vencerlo, pues deseaba más que nunca poder ver otra vez esos ojos, que al instante aparecieron asustados acercándose a su cara. Llenos de lágrimas, consiguieron no obstante que Mario esbozara una tenue sonrisa. Pretendía calmarla, a pesar de que en su interior el miedo empezara a apoderarse de él. A su alrededor parecía que la gente comenzaba a arremolinarse, aunque él sólo tenía ojos para ella. Mirando al cielo de esos ojos pudo mitigar su creciente aprensión. Ese cielo, el suyo, el de su Clara. A lo lejos podía sentir el ruido de las sirenas, cada vez más cercano y atronador. Concentrado en su chica, y con la música monótona de la ambulancia, se dejó vencer por el desmayo.

Frutas del bosque. Jamás había soñado sabores. Y sin embargo ahora paladeaba el dulzor de esos yogures que tanto le habían gustado siempre. Aunque tan pronto como se dio cuenta de su propia torpeza al comerlo, un fogonazo de rabia atravesó su cuerpo. No era capaz de tragar bien, y masticar los trocitos de frutos que llevaba le costaba demasiado trabajo. Aunque disfrutaba del sabor, el enfado por su torpeza comenzó a ponerlo cada vez más nervioso. A irritarlo incluso. No conseguía entender cómo algo tan sencillo y que había hecho toda su vida resultaba tan difícil y pesado ahora. Pero cuando — también pesada y lentamente — levantó la cabeza, de nuevo se encontró con esos arrebatadores ojos azules, que una vez más lo volvieron a atrapar. Aunque la cara de su dueña estaba surcada de arrugas y envuelta en una melena gris, la mirada nunca cambia. Por eso supo al instante que era ella, lo que hizo que se esfumara su mal humor. Sentada frente a él, sujetaba risueña una nueva cucharada del sabroso manjar. Incluso parecía que estaba diciendo algo, pero él no fue capaz de advertir nada. Sólo contemplaba absorto ese rostro tan familiar, tan amado, tan imprescindible.

Trató esta vez de levantar su mano derecha para acariciar el rostro de Clara, pero de nuevo se topó con la barrera que impedía que su cuerpo lo obedeciera. Lejos de amilanarse, puso toda su rabia en el intento. No iba a permitir que su obstinado cuerpo lo desobedeciera una vez más. Lenta y trabajosamente la temblorosa mano comenzó a moverse en dirección al objeto de su deseo. Sin embargo, apenas había levantado el brazo cuando sintió la calidez de otra que sujetaba la suya. Tan fina y que tanta fuerza le transmitía. Tan pequeña y sin embargo tan poderosa. Poco a poco — como si ella hubiera adivinado sus intenciones — entretejió los trémulos dedos entre su cabello, mientras apretaba la palma contra la mejilla, ayudando a Mario a moverla por la cara. Besándola cada vez que pasaba por su boca. Permitiendo que él se recreara en cada pliegue, que mesara sus cabellos tal como siempre le había gustado hacer. Con los ojos cerrados, el hombre se concentró sólo en eso. Dejando que aquellas ráfagas de felicidad entraran en cada rincón de su cuerpo. Y durante aquel momento no hubo más universo que ellos dos. ¡Cuántas veces el tiempo se había parado cuando estaban juntos!

Pero pronto quiso más. Siempre quería más cuando estaba al lado de Clara. Necesitó imperiosamente abrazarla. Y se dio cuenta de que apenas sabía ni cómo hacerlo. Su cuerpo no quería responder a lo que su alma pedía a gritos. Por eso, en la intensidad de ese mundo preñado de olores, sabores y sensaciones tan opuestas, Mario maldijo una y otra vez el papel que le había tocado vivir. Aunque siempre podía recurrir a la paz de su mirada, esta vez no fue suficiente. Y las lágrimas comenzaron a brotar incontrolables.

Sobresaltado, se encontró tumbado en una cama y rodeado de cables y tubos que iban y venían de todas partes. Adivinó que no se había muerto de aquella, y que estaba en la habitación de un hospital. Y apenas pudo terminar de aclarar sus confusos pensamientos, cuando la melena rubia que parecía dormitar al lado del lecho se apartó, dejando paso a la hermosura.

— Hola Mario, ¿Cómo te encuentras? ¿Te duele algo? ¡Menudo susto me has dado! Puedo llamar a una enfermera o al médico si quieres — dijo Clara con voz nerviosa y el gesto casi tan descompuesto como cuando la vio por última vez.

Pero ahora el cuerpo de Mario respondía a la perfección y, a pesar del aturdimiento, pudo apretarle la mano mientras la miraba sonriente. A pesar de las circunstancias, jamás había tenido un despertar tan dulce como aquél.

— Vaya primera cita que te he dado, ¿eh?

— Especial ha sido, sin duda. Pero no se te ocurra darme más como esta, que acabarás matándome de un susto. Por cierto, tus padres están de camino.  Y respecto a tí, parece que sólo tienes una pierna rota. Aunque deberás pasar al menos un par de días en observación, por si tuvieras algún daño en la cabeza.

Dadas las circunstancias, no tenía sentido aplazar más lo inevitable. Y no necesitó armarse de más fuerza que la que transmitía la pequeña mano de Clara, para abrir de una vez por todas su corazón.

— Lo que tengo en la cabeza es locura. Pero eso es cosa tuya. Aquí nada pueden hacer por mí — le dijo esbozando una sonrisa franca.

La chica, con las mejillas al rojo vivo, acercó lentamente su cara. Sin más preámbulos, posó su boca sobre la de Mario. Y el mundo se paró. El calor del primer beso aceleró su cuerpo adormecido por los tranquilizantes, y por un momento la electricidad brotó por todos los poros de su piel.

Tras unos instantes en el cielo, sus labios se despegaron lentamente. No así sus miradas y sonrisas, que llenaron el silencio de esa habitación con la melodía que arrastró de nuevo a Mario al otro lado. Esta vez con la esperanza de encontrarse con algo tan dulce como lo que acababa de vivir.

Sin embargo, con la misma intensidad que antes, las lágrimas seguían inundando sus mejillas, mientras Clara se apresuraba a secarlas con mimo. La impotencia y la rabia volvieron a aparecer de nuevo, abofeteando a Mario una vez más.

— No llores más mi amor. Sé que sufres, y yo también. Pero sabes que te quiero mucho. Lo sabes ¿verdad?

No sin esfuerzo logró asentir, mientras murmuraba un “sí”. Con paciencia, ella esperó por algo más que Mario quería decirle. Siempre sabía cuándo él quería hablar. Y siempre esperaba. Sin agobiarlo. Respetando sus tiempos y ayudándolo con caricias y mimos. Tras dejar que los cuidados de la mujer hicieran su efecto, él reunió las fuerzas para decirle lo que sentía en esos momentos.

— Clara… siempre… curas… mi… locura.

— ¡Mira el viejo pillastre! — dijo ella mientras pellizcaba cariñosamente la mejilla de Mario — Anda que no os habéis reído a mi costa los niños y tú cuando les contabas lo roja que me puse en el hospital.

Feliz de nuevo por verlo sonreír, la mujer se sentó sobre las piernas de Mario. Siempre les había gustado mucho eso. Y era muy habitual ver a la menuda Clara en el regazo del corpulento hombre. Como cada día, empezó a contarle las cosas que tenía planeadas para ellos, las sorpresas que juntos prepararían para cuando los nietos vinieran el fin de semana, o los recuerdos felices que ambos atesoraban durante toda una vida juntos. Quién mejor que ella para saber cómo hacer reír a ese grandullón que la había enamorado durante tantos años. Juntos, volvieron a divertirse como siempre habían hecho. Tal vez sin las energías y jovialidad de cuando tenían veinte años, pero sí con el encanto que da la experiencia. Aunque fuera al ritmo marcado por las limitaciones de Mario.

Apretada firmemente contra el pecho del hombre, y contenta por seguir haciéndolo feliz, Clara se dejó llevar por los latidos de su corazón. Tras todos esos años conviviendo con la enfermedad, cada día estaba más convencida que, aun así, habían merecido la pena. También sabía que jamás se inventaría mejor medicina que aquella que cura las heridas del alma.

La mirada de Clara

Clara es el ejemplo de tantos hombres y mujeres que cuidan de sus parejas enfermas. En este caso, el Parkinson se interpuso en la vida de Mario. Y como siempre, desde aquella lejana y ajetreada primera cita, su mujer está ahí para ayudarlo y hacerle la vida más fácil.

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