El diario de un hijo de puta

El diario de un hijo de puta

Mi nombre es Paco Henestrillas, y soy un hijo de puta. Lo soy por parte de madre en razón de su oficio. Que así se las ingenió para mantenerme, pues la naturaleza fue muy generosa con ella, envolviendo su gran corazón y una mente despierta y sagaz, en un cuerpo lleno de maravillas y deleites.

Y bien supo hacer de su virtud negocio, pues no eran tiempos de abundancia y no valían cuentos, pues la gente se ganaba la vida como podía. Mas no era ella mujer como cabría esperar de quien ha nacido en los arrabales de una ciudad casi devastada por la guerra. Desde bien niña Manuela — que así se llamaba la dama, en honor a su sufrida madre — destacó tanto por los atributos del alma como por los del cuerpo. Y a fe que éstos y aquellos fueron muchos y muy apreciados. De modo que no le quedó otra opción que negociar con él, pues el abuelo Marcelino — un hijo de puta vocacional — antes se gastaba el jornal en sus correrías que en darle de comer a la familia. Y mientras tuvo fuerzas para levantar el bastón traía a la abuela y a mi madre con mucha hambre y necesidades.

Pero como las desgracias nunca llegan solas, un buen día — a fuerza de tanto trabajar — quedó en estado. Mas el hijo de mil padres que la preñó — quien quiera que fuere ese mal nacido — salió por patas y no quiso saber nada de nosotros. De modo que hube de criarme entre los cuidados de mi madre y mi abuela, mientras esquivaba el bastón del abuelo. Hasta el momento en que el Diablo nos hizo el favor de quitárnoslo de en medio. Hecho que calmó la situación en casa, pero que no sirvió para que nuestros estómagos dejaran de suplicar clemencia cada día.

Y como a la fuerza ahorcan, desde bien niño me vi obligado a ingeniármelas si quería llevarme algo a la boca. Por eso me gustaba tanto pasearme por el mercado, donde era relativamente sencillo hacerse con algún huevo, fruta o los deliciosos dulces que vendían las monjas del convento. Merecía la pena la labor, aunque a veces — las menos, pues siempre fui tan espabilado como mi madre — me midieran las espaldas con una vara, o algún bruto de esos que vienen de los pueblos me pusiera la cabeza llena de coscorrones.

La pobre mujer — que sería puta, pero más honrada que la gran mayoría de damas que se paseaban ufanas camino a la iglesia — decidió enviarme al monasterio para servir a los monjes, y que de paso me pusieran algo de educación y disciplina. Fui aceptado de inmediato — muy a mi pesar — pues según me dijo mi madre — que jamás me ocultó su oficio — tenía tratos con más de uno — el Padre Prior incluido — y ya se las apañaría ella para pagarles este favor.

Cierto es que allí disfrutaba de una comida caliente todos los días. Pero ganada a base de trabajo duro y largas jornadas de estudio y oración. Es cierto también que me enseñaron a leer y escribir. Y que pude haber sido Bachiller si me lo hubiera propuesto — pues más de una vez los monjes alabaron mi capacidad de aprendizaje. Mas con quince años comprendí que mi ingenio y un físico portentoso — la única herencia del hijo de puta que me engendró — me serían mucho más provechosos para otros menesteres bien distintos.

De tal manera que un buen día decidí abandonar el monasterio. Pero como tenía intención de independizarme, necesitaba algo de dinero con el que comenzar mi nueva vida. Para ello recurrí al Padre Prior, al que con buenos modales abordé en su celda. Pero en vista de su tajante negativa y las formas que mostró, no tuve otro remedio que ascenderlo a Cardenal, de tan morado como quedó durante una temporada. En agradecimiento me dio una bolsa llena de monedas, y la promesa de no denunciarme. A cambio de empeñar mi palabra, haciéndole entender que yo mismo lo enviaría por la vía de urgencia a la vera del Señor, en caso de que decidiera advertir a las autoridades de nuestra negociación.

Con gran disgusto de mi madre volé del nido. No sin antes entregarle parte del donativo de Monseñor, y recoger un pequeño libro donde había ido anotando cuanto ella me contaba de sus clientes. Cotilleos, negocios y trapos sucios obtenidos con gran maestría de una profesional que sabía bien cuándo un hombre tiene las defensas más bajas y la lengua más larga. Información esta, más la que me seguiría proveyendo, que habría de serme útil en futuras empresas.

Con el tesoro bajo el brazo y las ideas muy claras salí en pos de mi futuro. Y como siempre he sido persona aplicada, lo primero que hice fue contratar a un exsoldado para que me enseñara el noble arte de manejar la espada y el puñal. Conocimientos indispensables para medrar en los negocios que pretendía. No pasó mucho tiempo hasta que estuve a su altura. Y conseguí licenciarme el día que logré hundir mi espada en su pecho. Recuerdo haberlo celebrado por todo lo alto, a la salud de ese buen soldado, y merced a un sueldo que él ya no habría de reclamarme, pues tampoco lo iba a necesitar.

A partir de entonces los puños, mi acero y el poco apego que le tenía a las vidas ajenas me abrieron un hueco entre los más temidos y respetados de la comarca. Siempre dispuesto a acometer empresas tales como ajustes de cuentas, robos, asaltos, o cualquier cosa que me reportara una buena suma de dinero. Como trabajaba solo los beneficios eran fáciles de repartir, y no tardé mucho en lograr una renta que me permitía vivir holgadamente. Compartiendo con mi madre — a quien procuré ocultar los pormenores de mis negocios — la dicha de una vida tan deseada desde siempre.

Disfruté durante varios años de todo lo que un hombre puede pedir: comida y bebida en abundancia, una buena casa donde alojarme, el amor carnal — que el otro jamás me interesó — de muchas mujeres, y la felicidad sublime de hacer cuanto me venía en gana en cada momento.

Pero en mala hora quiso el destino que cambiara mi suerte el día en que el Comisario se fue al infierno, pues tenía yo con él ciertos tratos de indulgencia, a cambio de mi silencio ante informaciones que había conseguido, merced al libro que tenía celosamente guardado en mi casa. La llegada del nuevo — recuerdo haber barruntado — no presagiaba nada bueno para los negocios de este humilde tunante.

Y así fue como tras una noche de excesos quise hacer lo que tanto me gustaba: asaltar a una jovencita y tomarla por la fuerza. En muchas ocasiones fui el primero y en todas el último, en gozar del cuerpo de una doncella — pues tenía por costumbre poner el fin de fiesta degollándolas — Que no era cuestión de ir dejando pistas de mis más secretos divertimentos. Pero ya se sabe que el mejor escribano echa un borrón. Y quiso la mala suerte que esta bribonzuela fuera más espabilada que las otras. De tal modo que la muy traidora me lanzara arena a los ojos, pudiendo de esta forma escapar a mis encantos.

Aunque en principio no le di mucha importancia al asunto, cuando los guardias — con el nuevo Comisario de la mano de su hija al frente — acudieron a prenderme, fui consciente del grave error cometido. Tal desacierto dio con mis huesos en este agujero infecto. Y muchos con quienes había tenido tratos no tardaron entonces en sumar sus denuncias a ésta. De tal forma que poco trabajo le costó al Juez dictar sentencia.

Y aquí me encuentro, cumpliendo con el último deseo concedido al condenado. Esperando a que, al alba, mi cabeza tome otro rumbo distinto al del cuerpo. Tranquilo. Sin miedo ni más tristeza que por la madre que aquí dejo. Si bien con mi dinero y su aún voluptuoso cuerpo, podrá disfrutar con seguridad de una buena vejez. Cosa que me consuela sobremanera.

Espero pues impaciente mi entrevista con el Diablo, que seguro habrá de conducirme ante el abuelo, con quien tengo aún muchas cuentas que ajustar, y toda una eternidad para hacerlo.

Mas llegada mi hora postrera, no quisiera despedirme sin hacer una advertencia a quien haya tenido el valor de leer estas líneas: “podrá usted juzgarme como le venga en gana. Está en su derecho. Pero jamás consentiré que me trate como mentiroso. Y del mismísimo infierno habré de venir para vengar tamaña afrenta, pues desde el primer momento he dicho la verdad. Soy un hijo de puta.”

Los cuentos de un hijo de puta

La “chispa” que inició un cuento corto como este saltó una mañana en la que me levanté pensando cómo podría hacer una historia que comenzara y terminara con la expresión “hijo de puta”. Y este es el resultado, para bien o para mal.

Más complicado estuvo crear la escena para la foto ilustrativa, pues no creí conveniente retratar a ninguna persona para una historia como la de este “pieza”

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10 thoughts on “El diario de un hijo de puta”

  1. Bonito y entretenido relato. Combinacion sutil de novela negra y picaresca. Me gusta mucho la alusion a refranes y sobre todo el rico vocabulario usado. Enhorabuena una vez más, compañero. Esperando ya más…..

    1. Muchas gracias compi. Como siempre, tu crítica es bien recibida. Estas cosas animan a uno a seguir… además de que, como bien sabes uno es un cuentista ja,ja 😉

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