El loco de la calle Meras (II)

El loco de la calle merras

Como si quisiera que no presenciaran el ritual de cada año, todos los tres de marzo retiraba los retratos familiares. Sobre el desierto tablero sólo quedaba una botella vacía de bourbon y dos copas mediadas. Uno a cada lado, brindamos una vez más por nuestra sincera amistad. No pude evitar quedarme mirando como, con los ojos cerrados, mi amigo disfrutaba del sabor del primer trago. Respeté su momento de placer antes de atreverme a romper el silencio.

— Qué ironía, ¿verdad?

Meneando suavemente su copa mientras aspiraba el delicioso aroma del exquisito licor, me miró fijamente. Arqueando las cejas, se encogió de hombros.

— Sí, hombre. ¿Recuerdas cuando robamos esta botella en casa del ingeniero?

— En aquel tiempo, ¡si nos pillan, nos fusilan! — dijo, con sonrisa burlona.

— Tienes razón. Pero yo me refiero a nuestra relación con ella.

— Igual el trago se me ha subido a la cabeza. Como no te expliques mejor, me parece que no te sigo.

— Pues es muy sencillo, Manuel. Los primeros años, cuando eramos jóvenes, apenas brindábamos con un sorbo. ¿Recuerdas el miedo que teníamos a terminar el licor antes de palmarla? El caso es que fue pasando el tiempo, y mientras tú y yo nos hacíamos mayores, la botella se vaciaba y los tragos iban aumentando. Y ya ves hoy: la botella vacía, las copas mediadas y dos carcamales brindando.

— ¡Caramba! Pues sí que vienes filosófico hoy. Pero tengo que reconocer que llevas razón. Así que voy a terminar mi copa, y podré cantar victoria.

Al instante, acercó el trofeo de nuevo a sus labios. Y de un trago terminó con el escaso líquido que quedaba. Sus ojos brillantes confirmaron mis sospechas: estaba ligeramente achispado. Con sonrisa burlona y lengua de trapo, acertó a decirme:

— Amigo, ¡prueba conseguida! Esta botella no ha podido conmigo.

Y ambos nos pusimos a reír, como dos niños que acabaran de hacer una travesura. Hasta que un acceso de tos seca y estruendosa puso fin al jolgorio.

— ¡Maldito asma! — dijo Manuel cuando se hubo recuperado.

— Maldita edad, diría yo. Anda, mejor vamos a dar nuestro paseo, que falta nos hará. Aunque no sé yo si hoy serás capaz de llegar al destino.

Concentrado en su tarea, se apoyó sobre la mesa para incorporarse. Pero a la hora de coger su bastón, los efluvios del licor ya habían hecho mella en sus ya de por sí mermadas capacidades, y lo sacudieron de tal manera que temí verlo de bruces en el suelo. Pero antes de que pudiera llegar a sujetarlo, ya estaba firme y bien asentado.

— Venga Julio, no me fastidies. ¿Acaso pensabas que serías capaz de sujetarme?

Nos miramos de arriba a abajo e inmediatamente las carcajadas volvieron a inundar la estancia. Los dos sabíamos que hay muchísimas cosas imposibles en este mundo. Y esa era una de ellas.

Entre risas y bromas, volvimos a cruzar el pasillo. Esta vez dispuestos a que la brisa del atardecer nos bañara con su frescura — que falta nos hacía, por otra parte — Aunque me sorprendió comprobar cómo Manuel iba más derecho de lo que yo esperaba. Al cruzar la puerta, ambos tomamos una buena bocanada de aire, al tiempo que mi amigo la arrimaba descuidadamente, pues jamás se tomó la molestia de usar la cerradura. “Alguna ventaja tendría que tener esto de que lo tomen a uno por loco” — decía con sorna — “Nadie se atreve a arrimarse a esta casa”.

Con paso lento y un poco zigzagueante, tomamos el camino en dirección a la Ermita de San Juan. No había motivos para variar la ruta que llevábamos haciendo desde hacía dos años, cuatro meses y siete días.

¿Qué está pasando aquí?

En el próximo capítulo sabrás porqué llevan exactamente ese tiempo haciendo el mismo paseo. Tal vez no haya un solo loco. Igual lo están ambos, ¿no crees?

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