El loco de la calle meras (III)

Por fuerza debíamos atravesar el moderno buelvar atiborrado de gente, que disfrutaba de la hermosa tarde en alguna de las terrazas que ofrecían los numerosos bares de la zona. Ya no era como antes, cuando esto era sólo un pequeño pueblo costero. Ahora, esos edificios modernos habían colonizado el lugar llenando la zona de desconocidos. Esos que al principio miraban a mi amigo con recelo, para luego condenarlo a la ignorancia. Los mismos que ahora se giran sorprendidos al ver cómo Manuel empieza a hacer aspavientos con su bastón.

— ¡Mira, Julio! ¿Qué ves a tu alrededor? — dijo a voz en grito.

Lo que vi fue cómo varias personas comenzaban a cuchichear y mofarse de él. Confieso que eso me hizo sentir furioso. Estaba claro que jamás lo perdonarían por haber sido fiel a sus principios.

— Veo mucha hipocresía. Y me gusta tan poco que preferiría continuar con el paseo.

— ¡Ahí le diste, amigo! ¿Recuerdas a la tía Encarna? Siempre tenía un dulce para los chiquillos. ¿Y las risas que pasábamos cuando llegaba contento Raimundo el panadero? ¡Aquellos sí que fueron buenos tiempos para este lugar!

— No te olvides de Sindo. ¡Anda que no nos hizo correr delante de su bastón cuando entrabamos en su finca a robarle manzanas! Pero esas ya son cosas del pasado. Ahora será mejor que continuemos nuestro camino.

A estas alturas — seguramente no oyó lo que le había contestado — los gritos de Manuel ya habían logrado captar la atención de buena parte del público. Sus ojos brillantes se posaron por un instante sobre los míos. Lentamente, empezó a girar sobre sí mismo. Apuntando con el dedo a la audiencia espetó:

— ¡Todos vosotros sois unos imbéciles! ¿Os creéis más listos por vivir en estos edificios de cartón piedra? ¿Llamáis loco al único que no está endeudado hasta el cuello, para aparentar lo que no es? ¿Y vosotros os decís cuerdos, viviendo una vida de prestado? ¡Anda y que os den a todos!

Dicho esto, se giró hacia mi.

— ¡Caramba! Ya tenía ganas yo de decir esto. Ahora sí. Sigamos a lo nuestro.

Al instante retomó su tambaleante caminar. Sin decirnos ni una palabra, llegamos al camino de tierra que sube hasta la ermita. En ese momento cesó de decir lo que quisiera que estuviera diciendo al cuello de su camisa. Al tiempo, me miró e indicó con su cabeza el final del sendero.

Caminamos lentamente hasta lo alto de la loma. En silencio, pues con los años la cuesta se había ido haciendo más empinada. Y nosotros más tercos, pues llegamos arriba sin hacer ni una sola parada. Una vez junto al coqueto edificio, nos apoyamos al muro de piedra que la flanqueaba por su costado derecho, y que protegía a los devotos de precipitarse por el escabroso acantilado. Durante un buen rato nos relajamos al son del cansino batir de las olas, el sonido de alguna gaviota y el murmurar de una brisa cargada de aliento y frescura.

— Vamos, viejo haragán. Cualquiera diría que eres más joven que yo — dijo Manuel, mientras empezaba a caminar, al tiempo que golpeaba rítmicamente el muro con su bastón.

— Ya voy, hombre. A ti lo que te pasa es que el lingotazo de bourbon que te has metido te ha dado energías.

— ¡Cómo lo sabes! — acertó a contestar, entre carcajadas.

Un sendero empedrado nos condujo a la entrada del cementerio, situado justo detrás de la ermita. La portilla — un hermoso trabajo de forja de estilo alambicado y lleno de adornos — estaba entreabierta. Con graciosa torpeza, serpenteó entre las tumbas, hasta que logró llegar a la que buscaba. En la lápida cubierta por moho y musgo aún se podía leer: “Julio Rodriguez Manzano”.

— Siempre serás bienvenido a mi casa, amigo. Pero si vienes buscando un trago, me temo que no puedo ofrecerte nada — le dije amablemente.

Una mirada bastó para que nos echáramos a reír. Aunque al momento, la voz de una mujer interrumpió nuestro regocijo.

— ¡Manuel! ¿Tú te has visto? ¡Menuda cogorza me llevas!

— Hola madre — contestó él, sin poder contener la risa.

La mujer se situó frente a nosotros con los brazos en jarra, simulando un mohín de disgusto. Entretanto él recuperó la compostura, antes de decirle de forma solemne:

— Ya se ha terminado la botella de bourbon. O sea que hoy es el día.

A la mañana siguiente, alguien encontró un cuerpo destrozado que el mar había devuelto — pues es bien sabido que sólo se queda con los marineros, a modo de tributo por todo lo que da a la humanidad — Apenas un par de meses más tarde, varias máquinas se afanaban en derribar el caserón de aquel viejo solitario. Mientras tanto, Manuel disfrutaba de aquello que había perseguido toda su vida: la felicidad.

Y ahora querido lector, después de leer estas líneas — quizá buceando entre ellas — ¿Sabrías explicar qué es eso tan maravilloso llamado locura?

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