El loco de la calle Meras

El loco de la calle merras

¿Sabía usted querido lector, decirme qué es la locura? Apuesto a que no. Y no me venga con monsergas de doctores y filósofos. Porque amigo mío, al final de esta historia podrá usted comprobar que hasta el loco de atar tiene más de cuerdo que aquellos que osan tildarlo de esa forma.

Por tal tienen a mi viejo amigo Manuel. A sus noventa años, aún sigue recordando con notable claridad la primera vez que los tarados de sus vecinos decidieron emitir su veredicto. El juicio popular dictaminó que el día que murió su madre, forzosamente ese hombre perdió completamente la cordura que aún conservaba. “Pobre. La última de su familia que aún le quedaba” — decían unos — “Dos hermanos y su padre, en la guerra. Y ahora esta desgracia” — replicaban otros — “Con lo rarito que fue siempre. ¡Ahora, de remate! — sentenció la mayoría.

De ahí que a nadie extrañara que la lluvia de millones que cayó meses más tarde sobre esa zona — los arrabales de una ciudad en pleno crecimiento — no lo salpicara en absoluto. Mientras todo el mundo recibía con gusto el chaparrón de las ansiosas constructoras, mi amigo se mantuvo firme en su postura. Hoy, la ajada casa de Manuel contrasta con los relucientes edificios que la rodean, como una minúscula isla en medio del océano. Y me consta que pudo haberse hecho muy rico entonces, pues su testarudez no hacía sino aumentar cada vez más las ofertas por aquel caserón desvencijado. “Aquí tengo mi vida entera, Julio” — me contestó la única vez que traté de convencerlo para que aceptara tan generosa oportunidad — “No hay dinero en este mundo que pueda pagarme esto”.

Frente a la puerta, escucho protestar la madera del suelo al son de los cansinos pasos del anciano. Hoy, recién estrenadas mis ochenta y siete primaveras, no deja de retumbar en mi mente aquella poderosa frase. Cada año que pasa, cobra aún más sentido para mi.

— Buenas tardes, vejestorio. Bien pensé que no llegabas hoy a abrirme la puerta.

Manuel extendió su enorme mano apretando con fuerza la mía, a la vez que levantaba ligeramente el bastón que sujetaba con la otra.

— Mucho cuidado, jovenzuelo. Aún puedo medirte las costillas. ¡Feliz cumpleaños, amigo!

Apenas hubimos deshecho el abrazo que llegó a continuación, miró por encima de mi hombro. Con una mueca burlona, sacó la lengua. Al girarme, vi a un chiquillo de la mano de su madre, que nos miraba atónito. Él, ni corto ni perezoso, me devolvió el saludo que yo le había hecho… Y sacó la lengua a mi amigo. Ninguno de los tres pudo evitar las carcajadas. Hasta que la madre de la criatura se dio cuenta, y tiró de la mano del niño. Apretando el paso, lo puso fuera de nuestra vista. Sin dejar de reír, cerramos la puerta y caminamos lentamente hacia el siglo pasado.

Flanqueados por muebles más viejos aún que nosotros, y vigilados por las mortecinas fotos de sabe Dios qué familiares de Manuel — alguna vez me habló de ellos, pero apenas recuerdo que fueron de los que hicieron las Américas — cruzamos el pasillo. Nada más entrar en el salón, miré directamente a la mesa. Ya intuía lo que me aguardaba. Cuando lo vi, mi primera reacción fue llevarme las manos a la cabeza.

— Pero bueno… ¿No somos ya muy mayores para eso?

— ¿Tanto te ha afectado cumplir años, que no recuerdas ya los tratos? Nos prometimos cumplirlo a rajatabla, y eso es exactamente lo que vamos a hacer esta misma tarde.

¿Está realmente loco?

En el próximo capítulo veremos qué clase de pacto han hecho ambos, que les obliga a cumplir algo sorprendente. ¿Está loco? ¿Lo estarán los dos amigos?

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