El mundo de Alicia (tercera parte)

El mundo de Alicia

Apenas tengo recuerdos de los primeros días tras la muerte del abuelo. A causa de mi estado de inmensa pena, mis padres decidieron llevarme al médico, que recetó los tranquilizantes que me mantuvieron en estado de letargo todo ese tiempo. Aunque poco a poco parecía que las aguas volvían a su cauce, la mañana de aquel infausto lunes — esto lo tengo grabado a fuego — un remolino me succionó de nuevo al fondo del abismo.
Hacía poco tiempo que se habían terminado las clases — a las que por otra parte había asistido en contadas ocasiones — y como aún no tenía ánimos para salir, permanecía todo el tiempo encerrada en casa. Preferiblemente en la soledad de mi cuarto, donde la lectura o la música acompañaban los largos ratos de soledad, y mitigaban el dolor por la pérdida del abuelo.

Aquella mañana estaba sentada junto al enorme ventanal del salón, entretenida viendo cómo el jardinero hacía su trabajo. Julián, un hombre regordete y bonachón de unos sesenta años, era todo un experto jardinero. Y daba gusto ver cómo mimaba las plantas. Llevaba tantos años con la familia, que nadie se atrevía a tocar sus creaciones sin su permiso. Sin embargo, en esa ocasión no estaba solo. A la vez que retocaba un parterre al lado de la piscina, una extraña sombra emergió del fondo. Por unos segundos se quedó flotando mansamente sobre el agua, mientras de su oscuridad surgieron unos ojos tan negros como el azabache que se clavaron en los míos. De inmediato a mi mente volvió la escena que había visto cuando estuve en la habitación del abuelo. Esa sombra, que entonces se deslizaba por la pared, ahora flotaba sobre la piscina. Y me miraba descaradamente, casi de forma burlona podría decirse. Poco a poco, mecida por las ondulaciones del agua, se iba moviendo en dirección a Julián que, concentrado en su trabajo, no acertó a oír mis gritos de advertencia. No así la maldita sombra, que en sólo un instante cubrió el cuerpo del jardinero, haciendo que cayera sobre el parterre en el que estaba trabajando.

La autopsia determinó que un infarto fulminante se había llevado al bueno de Julián. Y a mí me tuvieron que aumentar la dosis de calmantes, para superar el shock que supuso presenciar su muerte. Aunque entonces nadie sabía que la verdadera realidad era que, como ocurrió con mi abuelo, yo había “visto” a la muerte con mis propios ojos. Como la pude ver días más tarde subir por los tubos de un andamio, segundos antes de sentir el golpe fatal y los gritos de hombres desesperados pidiendo auxilio. O sobre el capó del coche que acababa de pasar por encima de la cabeza de aquel pobre ciclista.

A partir de entonces mi vida se convirtió en el peor de los infiernos. No había día en que esos ojos no me miraran mientras se colaban por la ventana de algún edificio, o pasaran a mi lado adosados a un coche, una moto o una bicicleta. Incluso pude ver a esa sombra en varias ocasiones confundirse, burlona, entre las de personas con las que me cruzaba.

Por eso mi vida se convirtió en la de una persona desconfiada y solitaria. Por nada del mundo quería salir al exterior. Mi cuarto era mi castillo, pues sólo allí me sentía a salvo de aquella horrenda pesadilla, aunque cada día me despertaba pensando que en cualquier momento podría aparecer en la casa, buscando quizá a mis padres.

Ellos, por supuesto, estaban tremendamente preocupados por mi salud y mi estado de abatimiento constante. Y no repararon en gastos para llevarme a los mejores especialistas. De modo que el verano de mi mayoría de edad lo pasé encerrada en mi cuarto, casi drogada para aliviar mis terrores, y saliendo sólo para las visitas rutinarias a las consultas médicas.

Recuerdo que ya estaban empezando a caer las hojas la mañana que salimos para una revisión de rutina con mi psicólogo. Como siempre, yo me sentaba en la parte de atrás del coche, con la cabeza inclinada y mirando al suelo, pues sentía pavor de lo que podría ver fuera. Pero como llevaba mucho tiempo encerrada en casa, quise ser valiente y comprobar si esos meses de tratamientos habían dado sus frutos. Lentamente mi mirada traspasó el cristal de la ventanilla.

Un día gris plomizo envolvía las afueras de la ciudad. Circulábamos por la autopista, cuando un ruido repentino me sobresaltó, poniendo mi corazón a galopar. Aunque pronto me calmé al ver cómo el tren, que marchaba paralelo a la carretera, nos sobrepasaba a toda velocidad. Entonces me relajé observando sus vagones pasar, abarrotados de gente. Apenas recordaba lo que significaban las horas punta en los transportes públicos. Al poco rato el tren se fue desviando, y seguía su camino hacia el túnel que uno a uno iba engullendo a los vagones. Mi aletargamiento se fue de repente, al ver el último vagón.

— ¡No… otra vez no! ¡Van a morir todos! ¡La sombra va con ellos!

— ¿Qué dices Alicia? Tranquilízate un poco hija mía. No pasa nada. Está todo bien.

— ¡No mamá. La sombra estaba allí, en el tren! ¡Eso significa que allí va a morir gente. Lo sé!

— Pero cielo, ¿cómo dices eso? Nadie va a morir hoy.

Acurrucada en el asiento, temblaba y sollozaba sin control. Tanto, que mis padres decidieron llevarme inmediatamente al hospital. Una vez allí, y en mi estado, lo primero que hicieron fue administrarme una buena dosis de calmantes. Y muy efectiva fue, pues cuando recuperé la consciencia lo primero que vi fue a mis padres durmiendo a pierna suelta en la cama de al lado. Por la ventana entraba la débil luz de las farolas, y en la habitación reinaba una agradable penumbra.

Trataba de apartar de mi cabeza la visión de la sombra sobre el vagón del tren, mientras contemplaba a papá y mamá dormir plácidamente. En mi estado de semi inconsciencia no me percaté de la enfermera hasta que estuvo justo a mi lado. La miré de arriba abajo mientras ajustaba el gotero y cambiaba la bolsita. Pero sólo cuando giró su cabeza me di cuenta de quién era.

— ¡Morgana! ¿Te acuerdas de mí? La orquesta… ¿Qué haces tú aquí?

— Hola Alicia. Pues claro que me acuerdo mujer. Pero ahora tú debes descansar, que lo necesitas.

— Pregunté por tí… quería tu teléfono.

— Disculpa que me fuera así, sin despedirme. Al final surgieron las prisas y tuvimos que irnos antes de lo esperado. Pero tranquila, que esta vez no te me escapas — dijo sonriendo, mientras me cogía la mano.

— Pero… ¿Qué haces tú aquí?

— Ya te dije que soy una mujer de mundo, y que no paro de hacer cosas. Una que vale para todo — me dijo al oído, antes de regalarme un cálido beso.

— Qué envidia. Cómo me gustaría ser como tú.

— Lo serás Alicia. Créeme que lo serás. Y ahora debo irme, que hoy estamos desbordados de trabajo, y me queda aún mucho por hacer.

De nuevo sola, cogí mi teléfono para entretenerme un rato con las redes sociales. Pero una vez más mi corazón se encogió al ver cómo en todos los sitios se hablaba del brutal atentado de esta mañana en el tren. Ciento cincuenta personas habían perecido en el acto. Y aún se esperaban más, pues había muchos en estado crítico ingresados en el hospital.

El turbulento mundo de Alicia

Está claro que el mundo de Alicia es, cuando menos extraño. Pero… ¿se ha vuelto loca, o es una realidad? Quizá, como vimos en el capítulo anterior, la muerte del abuelo la trastornara. Aunque tal vez sea algo más real que eso… ¿quién sabe? En el próximo episodio veremos qué grado de locura (o excesiva cordura) afecta a la pobre muchacha.

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4 thoughts on “El mundo de Alicia (tercera parte)”

  1. En vilo estoy, esto no puede ser, lo de las entregas me mata poco a poco jjajajajaj. Pero felicidades, escribes muy bien. Me encanta.

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