Hora punta

-Odio el tren a estas horas. Todos los días los mismos sofocantes cincuenta minutos atrapado en la marea de autómatas que cada mañana inunda sus vagones. Aprisionado contra la pared, espero pacientemente la llegada a mi estación para poder salir de esta jaula, cuando de repente una agradable fragancia me saca del letargo que cada madrugada hace soportable este viaje.

Hasta ahora no había reparado en la hermosa cabellera morena que tengo a escasos centímetros, recogida en un moño y descubriendo el grácil cuello de tez tostada y tersa de su dueña. Incapaz ya de volver al estado de hibernación matutina, no puedo evitar seguir paseando la vista por el sendero de su piel, que es la práctica totalidad de la espalda. Por suerte la chica lleva una fina camiseta que la descubre casi por completo, invitándome a fantasear con el hecho de que no lleve sujetador, y acelerando aún más mi ya agitado corazón.  Con todos mis sentidos alerta, sigo deslizando mi vista hacia el abismo de su cintura, donde comienza el dibujo de un espectacular trasero cubierto apenas por unos finos leggings, que más que tapar anuncian al mundo que hoy tampoco necesita llevar ropa interior.

Mientras me deleito viendo la fina tela adentrarse entre esas voluptuosas nalgas, me rindo ante el olor embriagador de su perfume al tiempo que busco el modo de saber cómo es esa mujer por delante. Tarea bastante difícil, pues hay demasiada gente entre ella y la ventanilla del lado opuesto del vagón que podría servirme como espejo. De modo que tras varios intentos más o menos disimulados, sólo alcanzo a advertir el contorno de un pecho, tan lujurioso y sensual como toda ella: Sugerente, apetecible, irresistible. Tanto que la incipiente erección que estaba empezando a sentir se convierte en un fuego que amenaza con propagarse en cualquier momento. Porque ni mis calzoncillos holgados ni los finos pantalones de lino pueden apenas contener la furia de mi deseo por esa diosa que el destino o la suerte me han puesto hoy delante.

Por eso cuando un bamboleo del vagón la empuja contra mí me quedo completamente paralizado, pues es imposible que la casi inexistente tela de sus leggings y mis vencidos pantalones sean capaces de disimular la insurgencia de mi miembro, en rebeldía desde que la fragancia de esa mujer lo despertara de su sueño.

Sorprendido, me preparo para recibir, en el mejor de los casos, la daga que sus ojos me lancen. Sin embargo, en vez de la puñalada la diosa responde a la provocación apretando aún más su cuerpo contra el mío, envolviéndome con ese aroma embriagador y tomando como rehén al insurrecto en la dulce cárcel que hay entre sus nalgas.

Cautivo y desarmado, quedo a merced de la voluntad de esa espectacular morena, que poco a poco comienza a mover suavemente la cadera. Arriba y abajo unas veces, en círculos otras o separándose ligeramente y volviéndose a apretar en ocasiones… Todo con una cadencia perfecta, que me hace estremecer a cada nuevo envite. Sometido, coloco mis manos en sus caderas para acompañarla en tan sensual danza, al tiempo que redoblo esfuerzos en pos de evitar que mi cara refleje la batalla que el cuerpo está librando. Al fin y al cabo, estamos en un vagón de tren rodeados de gente. Y uno, de natural más bien tímido, no querría provocar un escándalo público.

Sin embargo ella no parece ser de la misma opinión, y cuando nota mis manos desplazarse hacia su cintura enseguida pone las suyas encima, empujando lenta y descaradamente mi mano derecha hacia el interior de sus pantalones, directa a la desértica cumbre de Venus que la recibe ardiente y ansiosa de caricias.

Es el momento de lanzar un feroz contraataque, de manera que sin demora aprisiono su clítoris con mis dedos dispuesto a darle el juego que ella me está pidiendo, acariciándolo cada vez con más frenesí, sin que el ritmo decaiga. Sin dar tregua a un volcán a punto de erupción. Sus caderas se mueven ahora sin parar al compás que marcan mis dedos ebrios de placer, sumergidos ya en las profundidades de la diosa.

Un baile cada vez más violento y desbocado, presos ambos como estamos de una pasión ingobernable, deseando alcanzar el inevitable desenlace de esta justa. Algo que no tarda mucho tiempo en llegar, pues pronto la mujer se aferra a mis caderas con fuerza aprisionando con más ímpetu si cabe mi pene entre sus nalgas, mientras libera la furia incontrolable de su deseo, incapaz ya de disimular — por mucho que lo intenta — los gemidos que brotan de su boca, provocados por un orgasmo que la hace retorcerse de placer contra mi cuerpo.

Mientras tanto yo nada puedo hacer, sino firmar la rendición absoluta y dejarme llevar por el estallido de gozo que me posee sin piedad regando mi ropa interior, mientras muevo frenéticamente la cadera y hundo la cabeza en su cuello, tratando desesperadamente de esconder los efectos de la tormenta que está asolando mi cuerpo.

Con los relámpagos del placer aún traspasándome, noto cómo la diosa saca mi mano de entre sus piernas y se gira. Sólo por un instante nuestras miradas se cruzan, pícaras y ávidas de más acción, obligándonos a sumergirnos aún más en ese pozo de deseo al que caímos hace rato. Cuando siento sus labios sobre los míos y esos tersos pechos atrapados contra mí, no puedo reprimir las ganas de aferrar ese hermoso culo y apretarla aún más. Al tiempo ella, siguiendo el juego, pasea su lengua por mi boca dejando que la mía responda a sus caricias, mientras el motín alcanza a todo mi cuerpo, que no responde a más órdenes que las dadas por las andanadas de explosiones que me atraviesan una y otra vez.

Al cabo de un rato de besos apasionados, manos juguetonas y cuerpos desatados, Afrodita decide que ha llegado la hora de traerme de nuevo a este mundo, y poco a poco va rebajando la intensidad de sus acometidas. Hasta que separa su boca de la mía, volviendo a regalarme esa mirada intensa, húmeda, cómplice. Y sin mediar palabra aleja también su cuerpo y se une a la fila de gente que en ese momento está saliendo del vagón. Mientras tanto yo, exhausto y aún confuso, observo incrédulo el delicado contoneo de ese cuerpo que acaba de llevarme a un universo de placer jamás soñado.

El sonido de las puertas cerrándose me hace recobrar de nuevo el sentido, lo que me lleva a tomar consciencia del espectáculo que seguramente habremos ofrecido a una audiencia poco acostumbrada a algo que no sea el monótono traqueteo del tren y el sopor matutino que causa la mecánica voz que anuncia las estaciones. Así que un poco por vergüenza, y sobre todo por seguir viendo a mi diosa particular, me doy la vuelta buscando la ventanilla. Y ahí está de nuevo ella, caminando con paso firme hacia el hombre que la espera sonriente al fondo del andén. Sin pensarlo dos veces se abalanza sobre él, fundiéndose ambos en un intenso abrazo.

Cuando la oscuridad del túnel inunda el otro lado del cristal, a mi boca regresa el agradable sabor de esa mujer. El mismo que en este instante estará paladeando aquel afortunado caballero.

¿Sexo en un tren?

¿Podría suceder algo así en un viaje matutino, con un tren abarrotado de gente? Pues quizá sí — y tal vez haya pasado alguna vez — Pero en este caso sólo la imaginación del autor — algo calenturienta en ocasiones — ha motivado el nacimiento de la historia.

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6 thoughts on “Hora punta”

    1. Sexo, maldades, picardías e incluso cosas buenas ocurren en esas maravillosas terapias de grupo que hacemos en los mejores bares de Mieres.

      ¡De ahí puede salir cualquier cosa! 😉

  1. Pues sí, algo calenturienta tu imaginación jajajjajaja. No me imagino yo que voy todas las mañanas en el tren abarrotado, semejante situación….. o ……¿sí?…. jejejjeje. De todos modos, no se te resiste nada en cuestión de escribir, sigue deleitándonos con las historias.

    1. Gracias por los piropos Merce. Uno hace lo que puede, y con ganas de divertirse sobre todo.

      Lo del tren es una “licencia poética”. Aunque todo puede pasar en la viña del Señor, de modo que ten mucho cuidado por las mañanas ja,ja.

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