La trágica historia del Pozu Funeres

Pozu Funeres

En un hermoso lugar de la montaña central asturiana, rodeado de majadas donde los últimos “vaqueiros de alzada” llevan a pastar su ganado, se encuentra un accidente geológico que esconde uno de los episodios más vergonzosos, crueles y lacerantes de nuestra historia reciente: el Pozu Funeres. En esta sima fueron arrojados 24 hombres — algunos aún con vida —, tras ser torturados, humillados y vejados durante días en alguna cabaña de las proximidades, el 13 de abril de 1.948

Rodeado de hermosos pastizales, bosques de castaños, robles o hayas, y zona de pasto del ganado, se encuentra una espectacular sima excavada en el terreno por algún capricho de la madre naturaleza. Un agujero vertical que se interna en las profundidades de la tierra, y que esconde — como tantos otros accidentes geológicos de este tipo — historias plagadas de seres mitológicos, engendros del averno y múltiples leyendas que se pierden en la noche de los tiempos.

Pero el Pozu Funeres tiene algo más, que trasciende lo mitológico y se torna real. Una historia de terror, infamia y muerte que emana de aquella Asturias convulsa y terrible de la posguerra. De aquel ambiente de horror, represión y venganzas, que se instauró en las cuencas mineras tras la finalización de una no menos terrible y cruel guerra civil.

La historia del Pozu Funeres

Primavera de 1.948. En el corazón de las Cuencas Mineras asturianas, y en medio de un clima de “guerra soterrada” entre las fuerzas represoras del General Franco y la resistencia republicana (los “maquis“ o “fugaos“), el concejo de Laviana vivió una serie de acontecimientos que tuvieron su punto álgido el día 13 de abril de ese mismo año, cuando somatenes falangistas y la brigadilla de la Guardia Civil ejecutaron a 24 personas, arrojándolas — algunas de ellas aún con vida — al fondo de una sima que hay en los montes de Peña Mayor.

Algunos días antes del infausto suceso, las ¿fuerzas del orden? fueron deteniendo a presuntos colaboradores de la guerrilla republicana. Detenciones hechas siempre por la noche, y sin ninguna garantía ni jurídica ni humanitaria. Tal es así que los condujeron a una cabaña en el monte situada entre los concejos de Bimenes y San Martín del Rey Aurelio, conocida como “el corral de Ricardo“, donde fueron sometidos durante días a terribles torturas y vejaciones.

Tras sufrir este terrible encierro, llevaron a los cautivos a las inmediaciones del “Pozu Funeres“; un pozo vertical, oscuro y lúgubre. Una vez allí fueron ejecutados uno a uno y arrojados al interior del pozo por sus captores.

Aunque parece ser que alguno llegó al fondo aún con vida. De modo que este sinsentido se prolongó durante unos días, para espanto de quienes tuvieron que oír los lamentos y quejidos de los infortunados que sufrían la larga y penosa agonía. Situación esta que, merced a que el caso llegó a la ONU y urgía su resolución, se solventó con una nueva “hazaña” de los verdugos: vertieron al fondo del pozo gasolina, que quemaron arrojando varios cartuchos de dinamita. Un remedio tan efectivo como falto de humanidad para mitigar el dolor de los moribundos.

Motivación de esta foto con historia

No es la intención del autor abrir ningún debate político con este artículo, puesto que hay cuestiones que trascienden ese ámbito y competen a lo puramente humano. Y desde este punto de vista he tratado de redactarlo.

Porque la filiación política de víctimas y verdugos es a mi juicio, cuestión secundaria. Al fin y al cabo este tipo de actos crueles, bárbaros, que no son propios ni de los animales más salvajes, son deleznables independientemente de la condición política o religiosa de quien los cometa.

Y esta es la intención del autor: constatar un atroz suceso acaecido en este lugar donde unos seres humanos fueron aniquilados salvajemente por individuos de su misma especie. No importan sus creencias religiosas, tampoco su filiación política, y ni siquiera su pertenencia o no a las fuerzas del orden de entonces  — los verdugos — o al movimiento de resistencia antifranquista —las víctimas.

En última instancia, lejos de buscar polémica, el autor pretende hacer constar un nefasto suceso. Por eso no hay ningún juicio de valor respecto a las víctimas o a los verdugos, salvo los que atañen a la calificación del hecho en sí.

Creo que fue Winston Churchill quien dijo aquello de que “el pueblo que no conoce su historia, está condenado a repetirla“. Pues bien, no está de más conocer los errores cometidos en el pasado, para intentar no volver a caer en ellos. Ojalá así sea.

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