La vida entre las tinieblas (final)

De los rostros de Marcelino y Mercedes manaban lágrimas descontroladas cuando concluyeron el cariñoso saludo. La mujer que estaba en la casa, absorta contemplando la escena, también dejó escapar alguna. Y no movió ni un músculo mientras ellos se miraban y lloraban riendo, cogidos de las manos.

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— Pasa Mercedes, por favor. ¡Cuánto me alegra que hayas aceptado el regalo!

— Debí suponer que tú andabas metido en esto. Aunque la verdad es que te daba por muerto. No supe más de ti desde que casi me matas en el refugio de la casa de Sandra.

— ¡Condenada niña! El que casi se muere soy yo, del miedo que me hiciste pasar. Anda, no te quedes ahí. Entra y te presento a Laura. Mi esposa.

Tan espontánea como siempre, Mercedes se lanzó al cuello de la mujer, que — sabedora de las desventuras de la muchacha — le respondió con otro emotivo y apretado abrazo.

Y como los buenos momentos tienen la virtud de sacarte de este mundo, cuando quisieron darse cuenta ya había caído la noche, la cazuela de gachas estaba completamente rebañada, y ninguno de los tres sabría decir los vasos de achicoria que se habían tomado.

Instalaron a Mercedes en el pequeño cuarto reservado para el hijo que la vida no quiso regalar a la pareja. Una vez sola, bajo la caprichosa luz de un candil, colocó sobre la mesilla de noche un retrato de sus padres el día que se casaron, junto con el de la siempre sonriente y pizpireta Sandra. Con las mariposas de la felicidad revoloteando por todo el cuerpo, se arrodilló frente a su santuario, acariciando los hermosos recuerdos que manaban de aquellas fotografías.

— Padre, madre, mi querida Sandra. Ojalá pudierais estar aquí conmigo. Os echo tanto de menos.

Apenas había despuntado la mañana siguiente, cuando salió por la puerta dispuesta a ganarse la vida. Con el poco dinero que le quedaba de su regalo y una determinación a prueba de balas, comenzó una fructífera profesión, sólo al alcance de los más espabilados. A pesar de las continuas advertencias y ruegos de Marcelino y Laura, ella madrugaba cada mañana para caminar durante horas hasta las granjas, donde compraba huevos y leche, para revenderlos a mediodía en Madrid. De esa forma tenía las tardes libres, y gracias a que pudo comprarse un carné de adhesión al Movimiento Nacional — más falso que un “te pago mañana” —, pudo sacarse el Bachillerato.

Con su negocio viento en popa, ayudaba en la economía de la que era ahora su familia, mientras interiormente se reía de los incautos profesores y alumnos del “Glorioso Movimiento”, que sin saberlo estaban danto educación a una de aquellas rojas a las que tanto detestaban. Aunque muchísimas veces se tuvo que morder la lengua, sabía que merecía la pena el esfuerzo y el peligro que corría. Todo con tal de conseguir sus propósitos.

Y para mayor orgullo de Marcelino y Laura, aquella hija venida del norte consiguió titularse como enfermera. Y al santuario de fotos — entonces ya trasladado a la modesta salita de la casa — se unió la de una recién diplomada Mercedes. Como más tarde hizo la de su boda con Gonzalo, y la de las revoltosas mellizas Agustina y Sandra. Durante años trabajó duro en lo que más le gustaba: ayudar a los demás. Entre ella y su marido sacaron adelante a una familia, con el inestimable apoyo de quienes las niñas consideraban como sus abuelos.

Pero aunque dicen que el tiempo todo lo cura, a Mercedes jamás dejaron de supurarle alguna de sus heridas del alma. Ni siquiera la llegada de la democracia o su activa participación en la lucha por las libertades finalmente conseguidas, pudieron restañarlas por completo. De modo que una noche, decidida a poner fin a aquel rescoldo que la seguía quemando por dentro, habló con Gonzalo.

— Cariño, llevo mucho tiempo dando vueltas a algo, y siento que debo hacerlo. La próxima semana me voy a Asturias.

El hombre, conocedor de todos los detalles de aquella época, la miró sin poder ocultar su sorpresa.

— Pero… Mercedes. ¿Estás bien?. No creo que sea buena idea remover ese pasado. ¿Por qué no tratas de pasar página de una vez?

— Llevo años intentándolo, pero no soy capaz. Creo que debo enfrentarme a mi pasado. Sólo necesito un par de días.

— Vale, pero déjame que avise en el trabajo y te acompaño.

— No. Cariño, por favor no te lo tomes a mal. Es algo que quiero hacer sola. Necesito hacerlo sola.

Cuando la ventanilla del tren se cubrió de verdes pastos y frondosos valles, un escalofrío recorrió el cuerpo de Mercedes. Las vacas pastando la llevaron junto a su querida “Rubia”, mientras los espesos bosques taladraron su cabeza con gritos y sonidos de disparos en mitad de aquellas noches en las tinieblas. Aunque la súbita visión de aquel grupo de hombres del monte, la hizo musitar entre lágrimas: “compañeros, lo hemos conseguido”.

Disfrutó del agradable paseo por Oviedo, empapándose de una ciudad completamente distinta a aquella sucia y destartalada que había dejado hacía tantos años. Elegantemente vestida, y esforzándose por dominar sus nervios, tocó el timbre de un piso en un bonito edificio de la calle Uría. Una muchacha vestida de blanco la invitó a pasar. Desde su posición pudo ver una gran sala, donde muchos ancianos pasaban el tiempo, cada uno a su manera. La chica se dirigió hacia una silla de ruedas orientada al enorme ventanal, y habló con su ocupante.

— ¡Don Alfredo! Que hoy tiene usted visita. Para que no se queje como siempre, de que nadie viene a verlo.

Al momento, el anciano estaba situado frente a ella, y cuando pesadamente levantó la cabeza, sus ojos se abrieron de par en par al ver el vivo retrato de Agustina.

— Veo que te acuerdas de mí, Alfredo. ¿O tal vez estás viendo a mi madre?. El día que la mataste tenía el mismo aspecto que el que tienes ahora enfrente, ¿verdad?

Al tiempo que el viejo agachaba la cabeza, un silencio sepulcral invadió la estancia.

— ¿Por qué no me miras a la cara?. Ya no eres tan bravucón y prepotente como entonces. ¿A cuántos como mis padres y Sandra mataste para quedarte con sus bienes, o por rencores y venganzas?. ¿Con cuánta sangre estás pagando este retiro?. ¡Contesta asesino!

— Señora, por favor…

— No te preocupes muchacha, que no va a pasar a mayores la cosa.

— Pero usted no puede…

— ¿No puedo decirle a un asesino la verdad?. ¿No puedo recordarle los muertos que tiene a sus espaldas en nombre de Dios y su bolsillo?. ¿No puedo al menos reclamar justicia moral para mis seres queridos?.

La chica, sin saber qué hacer, se apartó. Entretanto Mercedes se agachaba para tratar de ver por última vez la cara de aquel verdugo. Cogió con fuerza la cabeza del hombre, obligándolo a mirarla a la cara, diciéndole a voz en grito:

— ¡Mírame bien asesino!. Ahora no eres más que un viejo amargado, al que cualquier día la muerte se llevará por delante. Y mira, quienes luchamos por la libertad lo hemos conseguido. Espero de verdad que te pudras en el infierno. Yo sólo he venido a cumplir con lo que mi madre me pidió justo antes de que tú la fusilaras: hacerte ver que éramos y somos mucho mejores que tú y los tuyos.

Con las mismas se levantó, y con los nervios convertidos en ráfagas de alivio, salió de nuevo a respirar el bonito ambiente de la ciudad. Caminó tranquilamente hasta divisar la torre de la catedral. En una ciudad pequeña como esta, todo está muy cerca. Y cuando se quiso dar cuenta, ya tenía frente a sí la enorme puerta de madera que andaba buscando. Tocó varias veces al timbre de aquel vetusto edificio del casco antiguo de Oviedo. Ya estaba a punto de irse, cuando los goznes chirriaron mientras un joven sacerdote abría.

— Muy buenas señora, ¿deseaba usted algo?.

— Hola padre. Me han dicho que este sitio es una especie de residencia para sacerdotes.

— Lo es, Doña…

— Mercedes, padre.

— Un placer. Yo soy Rafael. ¿En qué puedo ayudarla?.

— Busco a un viejo conocido. He sabido que estaba aquí. Aunque la verdad es que no estoy segura de si aún vive. Se llama Agustín. El padre Agustín.

— Pues está usted de suerte Doña Mercedes. Sígame, por favor. Él pasa casi todos los días en el patio. La verdad es que es un hombre de pocas palabras y un poco huraño.

Atravesaron un largo y lúgubre pasillo antes de dar con un enorme patio interior rodeado de arcos abovedados, con un pequeño jardincillo en el centro. Cuando llegaron al otro extremo, el viejo cura que estaba sentado en una silla de mimbre, trató de levantarse. Con la ayuda del joven terminó por conseguirlo, aunque cuando vio la cara que tenía enfrente su expresión adoptó un rictus de terror indescriptible.

— Hola Agustín — dijo Mercedes.

No hubo respuesta. El viejo cayó fulminado al suelo, venciendo el sostén del padre Rafael. Pronto otros compañeros rodeaban la escena, alertados por los gritos del joven. Mercedes se agachó, y diciéndoles que era enfermera, puso sus dedos sobre el cuello del yacente. Ocultando la repulsión que suponía tocar aquel verdugo, sólo pudo decir.

— No hay nada que hacer. Está muerto.

Del corro de compungidos compañeros, salió una tímida voz.

— Señora, ¿sabe usted qué pudo haberle ocurrido?.

— Con todas seguridad, padre. No hay cuerpo que resista el envite de los fantasmas del pasado.

Sin más, se giró y caminó hacia la salida. En aquel tétrico pasillo dejó la carga de sus heridas. Y cuando atravesó la puerta, mil relámpagos de felicidad dieron la bienvenida a Mercedes. Con el alma completamente sana, sonrió a su recién estrenada nueva vida.

El fin de las tinieblas

En el capítulo anterior Mercedes llegó a Madrid con sus miedos. Pero encontrarse con Marcelino y Laura dio el giro definitivo a una merecida vida de libertades y felicidad.

¿Te esperabas este final?. ¿Tú habrías preferido otro?. Cuéntamelo en los comentarios más abajo o en mi perfil de autor de facebook. ¡Me encantará saber tu opinión!

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3 comentarios sobre “La vida entre las tinieblas (final)

  • el 28 julio, 2017 a las 1:38 am
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    Por supuesto no podía haber mejor final, es lo que siempre se espera, su haga justicia y así sucede en la vida real, tarde o temprano la justicia o el pago de nuestros errores llega.

    Respuesta
    • el 28 julio, 2017 a las 5:55 am
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      Hola Humberto.

      Muchas gracias por leerme, y por tomarte la molestia de comentar.

      Me apetecía mucho escribir el final, precisamente porque en España quedaron muchos verdugos impunes tras 40 años de dictadura.

      Un abrazo

      Respuesta
  • Pingback: La vida entre las tinieblas (parte cuarta) | Foto con historia

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