La vida entre las tinieblas (parte cuarta)

Mientras el deforme cuerpo de Mercedes — más joven y fuerte — se balanceaba entre dos mundos, un exiguo cortejo fúnebre portaba el de Sandra, para ser enterrada en el mismo lugar que el valiente vecino. Porque vencedores y vencidos eran distintos hasta en la hora postrera, en aquellos tiempos de tinieblas.

Libro del autor de este sitio
Noches de pasión - banner

Poco a poco las heridas del cuerpo fueron cicatrizando, y Mercedes retomó las riendas de su miserable existencia. Sola, la casa se le caía encima. Y sin más apoyos que ella misma y algún buen vecino, era incapaz de curar las del alma, que seguían supurando odios, miedos y un sentimiento de soledad infinita que cada noche martilleaba su cabeza sin compasión.

A pesar de todo, cuando estuvo totalmente recuperada volvió a retomar sus actividades de ayuda a los del monte. “Ya sólo puedo perder la vida, y de poco me sirve vivirla así” — pensaba una y otra vez. De modo que se afanó en proporcionar información, víveres o correspondencia a esos bravos hombres que trataban de luchar contra la infamia y la injusticia que los vencedores instauraron entre la población. Y así transcurrieron los meses de un alma atormentada, a quien ni siquiera afectaban ya las burlas de Don Alfredo o los desprecios del Padre Agustín.

Hasta que una tarde, mientras llevaba de vuelta a la cuadra a su única vaca, en un lúgubre camino entre castaños un grupo de hombres se interpuso en su camino. Harapientos, sucios y armados hasta los dientes, se acercaron a ella con rostros sonrientes, haciendo que se diluyera el susto inicial. Uno de ellos habló en tono amigable.

— Buenas tardes Mercedes. ¿Podemos charlar contigo un rato?. Nos gustaría mucho ayudarte.

— ¿Quiénes sois?. ¿Qué queréis?. No necesito ninguna ayuda.

— Tú llevas haciéndolo con nosotros mucho tiempo, y has perdido demasiado en el empeño. Ya va siendo hora de que tengas una recompensa, ¿no crees?.

Ella, desconfiada, conocía perfectamente la labor de los somatenes. Guardias civiles y falangistas que se hacían pasar por los del monte para atrapar a maquis y enlaces. No sería ella quien cayera en esa trampa.

— No sé de qué me estás hablando. Yo sólo voy de vuelta a casa con mi vaca. Seguid vuestro camino y dejadme en paz, por favor.

La muchacha no supo interpretar los gestos de aquellos hombres, que se habían hecho a un lado para dejarla continuar. Pero mientras caminaba, por primera vez en mucho tiempo sintió el placer de haber sido tan astuta como para engañar y burlar a esos miserables. Aquella noche se fue a la cama con una sonrisa. La primera en muchísimo tiempo.

Pero de nuevo volvió a amanecer en el infierno, y con la habitual apatía fue a la cuadra para ordeñar a su vaca y recoger los huevos que las escuálidas gallinas hubieran puesto. Tras beberse un tazón de leche recién ordeñada hurgó en el pesebre para limpiarlo y rellenarlo con hierba fresca. Mientras lo hacía se tropezó con un extraño bulto. Sorprendida, cogió el paquete envuelto en tela y con un pliego sujeto entre las ataduras. Sin atreverse a abrirlo, extrajo la carta manuscrita que contenía el sobre.

Querida Mercedes

Aunque teníamos muy claro que nuestro encuentro no iba a ser como nosotros hubiéramos querido, puedes estar segura de que ayer todos fuimos muy felices de estar cerca de ti. Y a todos nos hubiera gustado abrazarte y darte las gracias por tu fiel ayuda y apoyo, a pesar de lo que has sufrido todos estos años. Pero como también sabemos de tu inteligencia y astucia, sabíamos que ibas a desconfiar. ¡Buena chica!.

Recibe nuestro más sincero agradecimiento, y la promesa de no olvidarte jamás. Porque ahora queremos que te vayas de aquí. En el paquete encontrarás dinero que hemos recolectado para ti, y una dirección de Madrid, donde ya están avisados de tu llegada.

Por favor, vete ya y aprovecha la oportunidad lejos de estas tierras de miserias. Allí nadie te conoce y podrás empezar una nueva vida. Todos creemos que te lo mereces más que nadie.

En nuestro punto de enlace ya no habrá más notas ni encargos para ti. Porque tu misión ha terminado. Sólo te pedimos que dejes tu vaca y las gallinas donde siempre las llevas. Ya sabes que a nosotros nos van a venir muy bien la leche y los huevos.

Siempre tuyos…

El sabor salado de las lágrimas inundaba el paladar de Mercedes, mientras leía una y otra vez los nombres de quienes firmaban aquella sentida misiva. Sentada al borde del pesebre, acariciaba al animal que tanta hambre le había quitado.

— Me voy Rubia. Muchas gracias por todo. A partir de mañana darás de comer a otros que lo necesitan aún más que yo.

Rápidamente volvió a casa y colocó lo indispensable en una vieja maleta, más algunas viandas para el viaje envueltas en un hatillo. No necesitaría más. Y así se lo hizo saber a quienes la habían ayudado todo ese tiempo. Tras una tarde de emociones incontenidas, sus fieles amigos sabían que al día siguiente podrían coger cuanto quisieran de la que fuera casa de Sandra, y hogar de Mercedes.

Las noches en vela pasan muy lentas, pero cada mañana el sol vuelve a salir. Como todos los días, la muchacha ordeñó su vaca y saboreó hasta la última gota de ese último desayuno, con el néctar blanco que le regaló La Rubia. Como siempre, la llevó con las gallinas por el camino hacia la pradera en el monte, donde solía pasar la vaca los días. Un sentimiento agridulce se apoderó de ella cuando ató al animal a un árbol, y dejó las gallinas bien sujetas bajo unos matorrales que había al lado.

Miró alrededor por si conseguía ver a alguien. Nada. Y se extrañó al sentir el sonido de un búho. A éste le siguió otro, y varios más respondieron desde diversos puntos del frondoso bosque. Callado el coro, a lo lejos comenzó a sonar una trompeta. Con los primeros acordes de “La Internacional”, los bravos hombres del monte se secaban las lágrimas mientras vigilaban la partida de la muchacha.

Tristeza, soledad y angustia acompañaron a Mercedes en el largo viaje desde las frondosas montañas astures hasta el árido y devastado paisaje madrileño. El cuarteto se bajó asustado en la bulliciosa estación, llena de infelices como ella en busca de una nueva oportunidad.

De una faltriquera cosida en el vestido sacó el papel con la dirección. Y merced a su don de gentes e inteligencia innata, supo buscar entre las inmensas calles llenas de gente y edificios destartalados por los bombardeos, el lugar que sus amigos le habían indicado. De modo que al cabo de un par de horas, estaba picando en el tercer piso de un ruinoso edificio de los arrabales de la ciudad.

Nada más abrir la puerta, el hombre de pelo cano la reconoció de inmediato. Ella tampoco lo había olvidado. Y se fundieron en un largo y sentido abrazo.

¿Se acabaron las tinieblas para Mercedes?

La próxima semana será el último episodio de este relato. Se resolverá la historia de Mercedes, y veremos si sale airosa en su nueva vida, o de nuevo sigue soportando más injurias, palos y malos tratos, como comprobamos en el capítulo anterior.

Mientras tanto, ¿por qué no compartes esto en tus redes sociales?. Te lo agradezco profundamente. Como lo haré si pones tu comentario más abajo, o me sigues en el perfil de autor de facebook. ¡Te recompensaré con una nueva historia cada semana!. ¿Te animas?

Cuento, relato o poesía... ¡Compártelo amigo! ... la vida es alegría

3 comentarios sobre “La vida entre las tinieblas (parte cuarta)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *