La vida entre las tinieblas (primera parte)

El sol lucía radiante en la plazuela del pueblo aquel mediodía de julio. Sin embargo, ni el día más gélido del invierno más crudo podría haber traído tanto frío.

Junto al muro blanco salpicado de impactos de bala y manchas de sangre estaba Agustina, maniatada y conteniendo el llanto para tratar de calmar a su hija, que se aferraba a sus piernas temblando de puro miedo y angustia. Con solo nueve años, Mercedes ya sabía lo que le esperaba a la madre. Lo había visto muchas veces en los últimos tiempos.

A pocos metros, tres hombres de camisa azul esperaban la orden de Don Alfredo — el jefe local de la Falange — con sus fusiles preparados, mientras Don Agustín — el cura de la comarca — disponía las cosas para cumplir con su deber como pastor de la Iglesia. Por los cuatro accesos a la plaza asomaban más camisas azules con los cañones de sus armas apuntando a la pequeña multitud de vecinos cabizbajos, obligados a presenciar el ajusticiamiento.

— ¡Ramos! — gritó Don Alfredo — haga el favor de quitar de ahí a esa niña. A ver si acabamos con esto de una puta vez, y podemos ir a comer tranquilamente.

El hombre dejó su fusil al compañero, dispuesto a arrancar a Mercedes de entre las piernas de la madre, pero apenas había dado un paso cuando del silencioso grupo emergió un grito.

— ¡No! ¡Dejadme a mí!

Sorprendido, giró la cabeza hacia el punto al que todos miraban. Una mujer caminaba decidida hacia ellas. Instintivamente se giró hacia su jefe en actitud dubitativa.

— Déjala Ramos. Las ratas están por todas partes. Lo mismo hoy acabamos con dos putas rojas por el precio de una. Y si la niña no se aparta, que se vaya con su madre también. ¡Qué cojones!

Haciendo acopio de toda su sangre fría, lo primero que hizo Sandra fue abrazar a Agustina. En la antesala de la muerte, aún pudo escuchar unos susurros de ánimo.

— Me llevo a la niña Agustina. Pierde cuidado, que cuidaré de ella como si fuera mi hija.

— Muchas gracias Sandra, de verdad. Por favor, trata de evitar que vea cómo esos cerdos matan a su madre.

Al momento se puso de rodillas frente a Mercedes, que se dejó coger por su vecina y amiga, para elevarse hasta la altura de la madre y poder también abrazarla. La niña, hoja trémula bañada en lágrimas, no podía articular palabra, mientras Sandra repetía una y otra vez: “tenemos que ser fuertes Merceditas. Vamos a ser fuertes”.

— Hija mía, ahora yo voy a irme con padre. Pero tú tienes que ser valiente. Sé que lo serás. Y tan buena y lista como lo fue él, ¿verdad cariño? Y obedece en todo a Sandra, que ella sabrá educarte muy bien. Te quiero mucho pequeña. Y ahora iros, por Dios. Antes de que a esos cerdos se les acabe la paciencia.

Durante el corto trayecto que separaba a la condenada del espantado público madre e hija no dejaron de mirarse. Y cuando Sandra trató de internarse entre la gente, la niña habló por primera vez.

— ¡No! Por favor, déjame seguir mirando a mi madre. Te prometo que voy a ser fuerte, pero no me quites de verla.

Ambas sintieron el aliento de los vecinos juntándose más a ellas, como queriendo arroparlas en aquellos terribles instantes. También pudieron ver el caminar solemne del cura, que cuando llegó a la altura de Agustina, trató de cumplir con su cometido.

— Hija, es el momento de arrepentirte de tus pecados e ir en paz con Nuestro Señor.

— Venga Agustín, no me jodas. Yo no tengo más señor que mi conciencia. Y con esa marcho en paz. Conque ya puedes irte por donde has venido.

El impacto de la mano sobre la cara de la mujer taladró el silencio de la plaza, espoleando las risotadas burlonas de Don Alfredo y sus secuaces. Mientras el cura se retiraba ofendido a su puesto, la sangre comenzó a manar de la boca de Agustina, que lejos de llorar — no quería darles el gusto, ni que su hija atisbara el miedo que estaba pasando — sacó toda la rabia que llevaba dentro.

— ¡Eh, curilla! No marches tan pronto, que sí tengo algo que confesar.

Con gesto altivo, el páter se volvió hacia ella, mirándola despectivamente a los ojos. Sin esquivar la mirada, Agustina lanzó una andanada directa a la línea de flotación.

— ¿Ya os habéis olvidado Alfredo, tú y los beatos que estabais en la iglesia cuando llegaron los camaradas a quemarla con vosotros dentro? ¡Frágil tenéis la memoria!

— ¡Calla la boca puta roja! — replicó Don Alfredo.

— ¡Llorabais como niñas allí dentro! No parecía que quisierais ver a vuestro Dios, ¿verdad?

— ¡Que te calles, zorra! O iré yo mismo a pegarte cuatro tiros.

— ¿Esas son las maneras que tenéis los buenos cristianos de agradecer que mi Manolo y yo intercediéramos por vosotros aquel día? A él lo matasteis a palos cuando tuvisteis ocasión, y a mí lo vais a hacer ahora mismo. ¡Seguís siendo unos ruines hijos de la gran puta!

— ¡Basta ya! — sentenció el cura — Si no quiere morir en paz con Dios, que se pudra en el infierno.

— Tranquilo páter, que en menos que canta un gallo estaré allí esperando por vosotros. ¿O pensáis que las alimañas vais a ir a otro sitio?

Espoleada por el coraje que le daba ser consciente de que ya no tenía nada que perder, de nuevo puso sus ojos en Mercedes. Esta vez, con la cara sonriente, le guiñó un ojo.

— ¡Te quiero mucho hija mía! ¡Y demuestra a estas bestias que tú eres mucho mejor que todos ellos!

Tres detonaciones borraron la vida de la mirada de Agustina, mientras Mercedes perdía el conocimiento en los brazos de una temblorosa Sandra.

Época de tinieblas

España vivió una cruel guerra civil, seguida 40 años de pavorosa dictadura. En este periodo oscuro de nuestra historia se desarrolla este relato. No es un hecho real, aunque sí está basado en acontecimientos de la misma calaña ocurridos en aquella época de oscurantismo y terror. Véase un hecho real que reflejo en en este sitio: los terribles sucesos del Pozu Funeres.

La próxima semana continuarán las desventuras de Mercedes y Sandra, en la nueva vida que comienza para ellas. Si quieres estar al día cada semana, puedes inscribirte en el boletín o seguirme en mi perfil de facebook.

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12 comentarios sobre “La vida entre las tinieblas (primera parte)

  • Pingback: La vida entre las tinieblas (segunda parte) | Foto con historia

  • el 30 Junio, 2017 a las 9:54 am
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    Con intriga me dejas……Voy a tener que consultar esa libretina que tu tienes😉😉😉😉😉

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    • el 30 Junio, 2017 a las 9:56 am
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      Pues con la letra que tengo y los tachones y correcciones, me parece que de poco te ibas a enterar. 😀

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      • el 30 Junio, 2017 a las 10:04 am
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        Pero que piensas que ya no lo intente….jijiji. Fue misión imposible. Asi que tengo que esperar como las demás. Aprendiendo a tener paciencia

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  • el 29 Junio, 2017 a las 11:02 pm
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    Eres un crack, pero creo que esto no es la primera vez que lo digo…. Qué quieres, no tengo tu facilidad de palabra…. Adelante, campeón!!!

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    • el 29 Junio, 2017 a las 11:24 pm
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      Muchas gracias Susi. Me alegra que te guste. Un beso 😉

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  • el 29 Junio, 2017 a las 4:00 pm
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    Ay dios, aquí esta Mercedes también se derrumbó con la historia. Gracias, una vez más.

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    • el 29 Junio, 2017 a las 11:25 pm
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      Esta Mercedes es la que puso nombre a la de la historia. Gracias, lectora VIP 😉

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  • el 29 Junio, 2017 a las 12:40 pm
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    Qué bien lo cuentas. Me ha encantado. Aunque he llorado a mares. Seguro que salen adelante. Te sigo!

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    • el 29 Junio, 2017 a las 12:53 pm
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      Muchas gracias por leerme Carmen. Espero que disfrutes del blog, y que vuelvas la próxima semana.

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  • el 29 Junio, 2017 a las 10:25 am
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    Acojonada me quedo buffff eres como diria Jesulin en dos palabras im presionante

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