La vida entre las tinieblas (segunda parte)

Pasaron varios días antes de que la niña reuniera las fuerzas suficientes para volver a hablar. Durante ese tiempo, la muchacha procuró no dejarla sola más que lo estrictamente necesario. Cada día iban juntas a atender la escuálida vaca y las cinco gallinas que Sandra había heredado de sus padres — él, maestro del pueblo, y ella su fiel ayudante — también fusilados nada más terminar la guerra. Y todas las mañanas acompañaba al famélico grupo de niños que asistían a las clases que la hija del profesor impartía en su casa. Con lo poco — y en muchas ocasiones, nada — que recibía de los agradecidos padres, más lo que podía exprimir a sus animales y algo que cultivaba en un pequeño trozo de tierra que tenía al lado de casa, conseguía calmar los desesperados gritos de sus estómagos.

— Sandra, yo quiero ayudarte en todo — dijo la niña desde el otro lado de la cama.

La muchacha se giró de inmediato y abrazó aquel cuerpecito hasta entonces mudo.

— Cómo me alegra oír de nuevo tu voz Merceditas. Pero, ¿qué más quieres hacer? Eres una ayudante excelente.

— Sí que puedo hacer más cosas… con los hombres que vienen a la casa.

— ¿Se puede saber de qué hablas chiquilla?

— Son los del monte, ¿verdad? Mi madre me habló muchas veces de ellos. Los que siguen luchando contra Franco. Cuando me mandas a la cama os siento hablar. Y sé que hoy uno de ellos duerme debajo de la mesa de la cocina. Lo he visto con mis propios ojos.

— Pero bueno, ¿cómo sabes tú tanto?

— El otro día abrí la trampilla que hay debajo de la alfombra y entré en el cuarto.

— ¡Demonio de muchacha! ¿Y cómo lo descubriste?

— Mientras limpiaba la cocina. Quité la alfombra para barrer y lo vi.

— Pero, ¿Cómo apartaste la mesa? Es bastante pesada, y tú muy pequeña todavía.

— Tienes que ser más cuidadosa Sandra. El otro día la dejaste mal puesta, y no pisaba la alfombra con las cuatro patas.

— ¡Vaya con la Merceditas! Eres más lista que el hambre. De todas formas, no voy a dejar que te metas en esto. No son cosas de niños, y además es muy peligroso. Y ahora vamos a dormir, que a partir de mañana te mandaré más tareas de clase, pequeña bribonzuela. ¡Ya verás cómo te tengo yo entretenida!

— Al que vino hoy lo conozco. Alguna vez me dio caramelos cuando iba al mercado con mi padre.

— Te he dicho que lo dejes ya, pequeña testaruda. Y no quiero que me vuelvas a espiar, ¿estamos? Cuanto menos sepas, menor será el peligro que corras. Y ahora, ¡a dormir se ha dicho!

Las cosquillas de Sandra arrancaron la primera sonrisa de la niña desde que estaban juntas. Tanto la conmovió, que apretó aún más el abrazo. Por primera vez en su nueva vida, Mercedes volvió a sentir algo parecido al calor de una madre.

Pero la naturaleza, que mengua las fuerzas a medida que uno se hace mayor, cumplió con su cometido. A los pocos minutos la exhausta Sandra dormía plácidamente, mientras la niña no paraba de dar vueltas a sus planes de ayudar a los del monte. Por eso, cuando sintió la respiración pausada y constante de su compañera, puso pie a tierra y cogió el candil de la mesilla.

Por precaución no lo encendió hasta que estuvo fuera de la habitación. A partir de entonces, una luz temblorosa la guio hasta la mesa de la cocina. Una vez allí se tumbó en el suelo y empezó a dar golpes.

— Hola, soy Mercedes. La hija de Manolo y Agustina — repetía una y otra vez.

Cansada de no recibir respuesta, y segura de que allí abajo había un hombre, puso todo su empeño en mover la pesada mesa. Cuando consiguió liberar una esquina de la alfombra, tiró de ésta hasta descubrir parte de la trampilla. Un esfuerzo más, y podría liberar otra esquina. Mientras trataba de hacerlo, del subsuelo salió un sonido metálico. Eso confirmaba que allí había alguien.

Lentamente abrió la pesada tapa del cobertizo. Pero cuando acercó el candil para mirar en su interior, se quedó helada. Un hombre con cara de pocos amigos la estaba apuntando con su fusil.

— ¡No me mate, por favor! — dijo asustada — Yo sólo quiero ayudarle. Soy la hija de Manuel y Agustina.

— ¡Joder niña! Casi me matas del susto, y por poco no te mato yo a ti. Anda, baja. Y por Dios, apaga el candil. Que no se vea luz desde la calle.

Despuntaban las primeras luces del alba cuando Sandra abrió los ojos. La extrañeza por no tener a Mercedes durmiendo a su lado se volvió furia cuando llegó a la cocina y vio la mesa movida y la trampilla a la vista. La tenue claridad que inundo el cubículo al abrirla mostró a la niña dormida en el camastro, mientras el recio guerrillero velaba su sueño sentado en el suelo.

— ¡Diantre de chiquilla!… Buenos días Marcelino

— Buenos días Sandra — respondió, acompañando una sonrisa — No te enfades con ella, mujer. Es una niña muy espabilada, y con lo que ha pasado no me extraña que quiera ayudarnos.

— Tú lo has dicho Marcelino, es una niña. No voy a permitir que se meta en estas cosas. Prometí a su madre cuidarla, y eso voy a hacer.

— Tranquila, que estoy totalmente de acuerdo contigo. Y no creo que los camaradas quisieran que una criatura tan joven anduviera corriendo tanto peligro.

De inmediato despertaron a Mercedes, y volvieron a dejar la cocina en orden. Tras una breve reprimenda de Sandra, los tres se dispusieron a desayunar un exiguo plato de gachas. Con la promesa de la pequeña de no volver a hacerlo otra vez, el hombre se echó de nuevo al monte.

La mañana transcurrió a partir de entonces como cualquier otra: entre los quehaceres de la casa, atender los animales y las clases que Sandra impartía, el tiempo se fue sin que se dieran cuenta. Fueron conscientes del paso de las horas cuando sus estómagos volvieron a suplicar clemencia.

En silencio devoraron el manjar que tenía para comer: un huevo frito acompañado por una piedra — tal era su dureza — de pan negro, con un tazón de leche recién ordeñada para el postre. Una vez que sus mandíbulas dejaron de trabajar, Mercedes tomó la palabra.

— Sandra, me gustaría pasar por mi casa. Quiero coger algunas cosas. Tengo una foto de padre y madre, y algún juguete, y ropa…

— Por mí no hay problema. Estaba esperando a que tú me lo dijeras. Si estás preparada, esta misma tarde nos acercamos.

Caminaban sin hablarse mientras atravesaban el pueblo. La niña, nerviosa por enfrentarse a su pasado ya vacío, y la muchacha inquieta por ver cómo reaccionaría Mercedes. Cuando llegaron al pie de la casa, ambas se miraron extrañadas al ver todas las ventanas abiertas de par en par.

Tras unos segundos de incertidumbre, la certeza apareció en forma de mujer. Una señora bien arreglada se asomó a una ventana, mirándolas con desdén. Sin mediar palabra con ellas, se giró y habló.

— ¡Alfredo! Creo que tenemos visita.

Al momento apareció la camisa azul del hombre que mandaba en la comarca. Con actitud altiva y burlona, apoyó sus manos sobre el alféizar antes de dirigirse a ellas.

— Pero bueno, las rojillas por aquí. ¿Qué cojones queréis?

— Esas es mi casa, y vengo a coger algunas cosas — le espetó Mercedes sin rehuirle la mirada.

Las risotadas de Don Alfredo taladraron los oídos de las muchachas, mientras Sandra, con el orgullo una vez más herido, apostilló:

— Sólo queremos recoger algunas cosas de la niña. No pedimos nada más.

— Me parece bien. Ya veo que los rojos empezáis a razonar. Porque ahora esta casa es mía, ¿estamos?

Corroídas por la rabia y rotas por la pena, ambas se apretaron las manos y agacharon la cabeza. De sobra sabían que nada podrían hacer.

— En la parte de atrás tenéis la basura. Podéis llevaros cuanto queráis.

Entre risas, el demonio vestido de azul se metió de nuevo en casa. Al instante, ellas apretaron el paso hacia el patio trasero.

Tras un mar de lágrimas, contemplaron el violento resplandor de la hoguera, olieron el humo que se llevaba el pasado de Mercedes, y escucharon el crepitar del fuego devastador, acompañado por el coro de risas de Don Alfredo y su mujer.

Continúan las tinieblas en la vida de Sandra y Mercedes

Si en el capítulo anterior Mercedes tuvo que soportar la pérdida de su madre, fusilada delante suyo, hoy Sandra descubre a una niña fuerte y decidida. Aunque sólo Dios sabe cómo reaccionará ante este nuevo abuso por parte de las “nuevas fuerzas del órden”. Algo que descubriremos en el próximo episodio.

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4 comentarios sobre “La vida entre las tinieblas (segunda parte)

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