La vida entre las tinieblas (tercera parte)

Desde aquella tarde ambas mujeres trataron de evitar el camino hacia la casa de la niña, y las pocas veces que debieron tomarlo, rehuían mirarla al pasar por delante. Aunque nunca pudieron evadirse de las risas de Don Alfredo o la inquina del cura.

Pocos meses le quedaban a Mercedes para cumplir los quince, y ya llevaba tiempo ayudando en las labores de enlace con los del monte, pues tal fue su obstinación que acabó por vencer las negativas de Sandra. Aquellos, diezmados en número y cada vez más acorralados, veían próximo su fin, y mil veces trataron de impedir — sin el más mínimo atisbo de éxito —  que las dos buenas mujeres siguieran con esas actividades.

Y tanto fue el cántaro a la fuente, que terminó por romperse. Fruto del acoso militar y la labor de falangistas y somatenes, llegó el fatídico momento en el que un pobre hombre no resistió la tortura. Y los nombres de Sandra y Mercedes salieron de su moribunda boca, corroborando las sospechas del cura y del cacique.

Apenas acababa de llegar la primavera aquel mediodía soleado de marzo, cuando la turba enfurecida de falangistas y guardias civiles entró en el cuarto donde Sandra — ayudada por Mercedes — impartía clases a unos pocos chiquillos harapientos. Expulsados de allí a mamporros, quedaron ellas solas a merced de los invasores. Temiendo lo peor, se juntaron con la espalda pegada a la pared y las manos entrelazadas.

Don Alfredo, al frente del grupo y escoltado por un sonriente Padre Agustín, habló el primero.

— ¡Vosotras dos… putas rojas de mierda! Por fin descubrimos vuestros tejemanejes.

— Pero… ¿qué dice? ¡No sabemos de qué hablan! Nosotras nos ganamos la vida honradamente. No nos metemos en líos.

— ¡Contestona y mentirosa — apostilló el cura —. Igual que su madre. De tal palo, tal astilla.

— Tiene razón Mercedes. Aquí sólo se dan clases y se atienden los animales. No creo que eso sea delito.

— ¿Cómo eres tan cínica Sandra?. Mis hombres interrogaron esta noche a alguien que aquí conocéis muy bien. ¿Os suena Laureano García? Reconozco que fue duro de pelar, pero al final cantó hasta La Internacional.

Sin más explicaciones varios camisas azules y guardias civiles se abalanzaron sobre ellas. Y la habitación se llenó de gritos de horror y graznidos burlones, mientras las desnudaban y manoseaban sus partes íntimas a placer, ante las miradas cómplices de los gerifaltes de las fuerzas vivas y el clero.

A golpes fueron conducidas ante el muro de la plaza del pueblo. Frente a los vecinos — espectadores de primera fila merced a la invitación de los fusiles falangistas — fueron brutalmente apaleadas hasta que sus cuerpos brillaron teñidos completamente de rojo. Mas en medio del fragor del aquelarre, un hombre tuvo la valentía de romper el silencio de la aterrorizada audiencia.

— ¡Basta! ¿Es que no habéis tenido bastante ya?. ¡Dejadlas en paz, por Dios!.

Por respuesta obtuvo un disparo a bocajarro en la cabeza, obsequio del sargento de la Guardia Civil que tenía al lado, y que con un rictus burlón se dirigió al medroso público.

— ¿Alguien tiene algo más que decir? ¡Soy todo oídos!

La expeditiva respuesta del suboficial detuvo por unos instantes el tiempo. Pero poco tardaron en asomar los quejidos lastimeros de la viuda — arrodillada junto al cadáver del osado vecino —, que parecieron dar el toque de continuación para que los verdugos siguieran con su tarea.

Sólo cuando vio los cuerpos de las mujeres arrastrarse por el suelo como muñecas de trapo tras cada golpe, consintió Don Alfredo en poner fin al ajusticiamiento.

— Padre, es su turno. Si quiere dar la extremaunción a las dos zorras y al imbécil ese, adelante.

— ¿Mi turno?. No pienso perder el tiempo con éstos. Vivieron en pecado, y mueren pecadores. Además, me parece que ya no van a necesitarla. Mejor vayamos a su casa, que Doña Fina me ha dicho que nos prepararía un guiso exquisito.

Con una sonrisa cómplice en el rostro, caminó Don Alfredo hasta situarse justo enfrente de los vecinos.

— ¡A ver, chusma!. Estos tres van a quedarse ahí hasta la noche, ¿estamos?. Y llevaros a esta llorona, que me está poniendo de los nervios, y me dan ganas de mandarla con el imbécil de su marido.

Aunque ninguna palabra salió de las gargantas ahogadas, él supo perfectamente que todos obedecerían. A continuación se dirigió a sus hombres.

— ¡Buen trabajo chicos!. Ahora organizad turnos de guardia hasta las ocho. Y cuando no estéis aquí, en mi casa os esperan comida y bebida en abundancia.

El alboroto de falangistas y guardias civiles contrastaba con la silenciosa procesión que desfilaba alejándose de la plaza, donde tres cuerpos yacían inmóviles, sin la clemencia siquiera de un sol que derramaba sobre ellos sus rayos abrasadores.

Las horas pasaron lentamente, como ocurre siempre en los peores momentos. Y Lorenzo fue calmando su ímpetu al ritmo que marcó la penumbra. Ya de noche cerrada, unas sombras casi fantasmales se acercaron a los infelices para llevarse sus cuerpos.

Al hombre — por el que ya nada se podía hacer — lo llevaron a enterrar bajo un enorme y viejo castaño en el monte. A ellas a su casa, donde aguardaba el médico. Un buen hombre, que de día pasaba consulta en el dispensario, y por la noche curaba las heridas de quienes habían perdido una guerra. Por suerte para todos, antes que franquista — que también — el doctor era un cristiano bueno.

Con la inestimable ayuda de tres muchachas del pueblo, el galeno sólo pudo certificar la muerte de una, y rezar con ímpetu para que el fino hilo que sujetaba la vida de la otra no terminara por romperse.

Las tinieblas aún se vuelven más oscuras

Mercedes y Sandra, que en el anterior capítulo ya habían recibido una dura humillación, han sido penalizadas con un duro castigo por tratar de salvar las vidas de los perseguidos por las nuevas fuerzas del orden. Una de ellas ha dejado la suya en el empeño, y la otra… sólo Dios sabe qué será de ella. Aunque tú podrás saberlo en el episodio siguiente.

Ahora es tu turno: comparte en tus redes sociales (si te ha gustado, por supuesto). Y si no quieres perderte lo que ocurre, únete a mi página de facebook y estarás al día de todo lo que aquí se cuece.

 

Cuento, relato o poesía... ¡Compártelo amigo! ... la vida es alegría

3 comentarios sobre “La vida entre las tinieblas (tercera parte)

  • Pingback: La vida entre las tinieblas (parte cuarta) | Foto con historia

  • el 13 Julio, 2017 a las 5:14 pm
    Permalink

    Seguiremos esperando, no queda otra , jajjajajaj.

    Respuesta
    • el 16 Julio, 2017 a las 11:35 am
      Permalink

      Es una tónica de los últimos tiempos Merce 😉 Y que conste que no es por fastidiaros eh… Son cuestiones logísticas en el mantenimiento del blog.

      No es conveniente publicar posts de más de 1000 ó 1500 palabras. Para que veas que no es antojo del escritor… ¡aunque reconozco que tiene su punto dejaros en vilo! 😀

      Respuesta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *