Las ánimas del monte (segunda parte)

Las ánimas del monte

El olor a infusión inundaba el ambiente cuando el cadáver atravesó el zaguán de su casa. Lo franqueaba Carmela que, tras santiguarse al verlo, indicó a los hombres que lo llevaran directamente a la habitación del matrimonio.

Cuando María sintió voces masculinas, se levantó como un resorte para recibir a su marido. Nada más verlo, el color se le fue de la cara, y de no ser porque estaba rodeada por sus vecinas, habría dado con sus huesos en el suelo en ese mismo instante. Una vez más las mujeres hubieron de apresurarse a atender a la viuda. Menos Carmela, que acompañó a los hombres a la habitación, donde tendieron a Paulino sobre su cama.

Del único armario que había en la sala, la mujer sacó la ropa con la que María deseaba que se le amortajara. Era su único traje, que lucía en las fiestas desde que se lo compró para su boda. Y mientras se aplicaban en la faena, fueron contando a Carmela los acontecimientos que les acababan de suceder desde que encontraron el cadáver, haciéndola comprender los motivos del desvanecimiento de la esposa.

No tardaron mucho en tenerlo todo dispuesto. Incluso le colocaron entre sus manos — como si lo estuviera empuñando para mostrarlo a todos — el crucifijo de madera que él mismo había construido años atrás. También era deseo de su mujer, que sabía cuánto aprecio le tenía.

Se dirigió entonces Carmela a la cocina, por ver si María habría recobrado la presencia de ánimo, pues era necesario que se reunieran todos para poner al corriente a las mujeres de lo sucedido, y tratar de analizar tan extraños acontecimientos de la manera más serena posible.

Cuando les fue permitido entrar, y una vez que todos expresaron sus condolencias a la viuda, Manuel — el alcalde del pueblo — procedió a relatar los hechos lo más serena y eficazmente que pudo. Apenas hubo terminado, hombres y mujeres repetían incesantemente la señal de la cruz, mientras barruntaban tal vez oraciones o lamentos. Quizá ambas cosas. Tras unos minutos de murmullos asustados, el hombre tomó de nuevo la palabra.

— Vamos a ver. Lo que ha pasado es muy extraño, eso queda bastante claro. Pero no podemos quedarnos aquí metidos todo el día. Habrá que prepararlo todo para enterrar al pobre Paulino, y hacer las cosas como Dios manda.

— Tienes razón — contestó Carmela — Alguien tendría que bajar a avisar a Don Alfredo para que suba mañana al entierro. Y habrá que hacerle también la sepultura.

— Pero mañana es día de Pascua, y no sé yo si podrá subir el cura. Tiene varios pueblos en el valle donde son fiestas — replicó Mario.

— ¡Pues que se las apañe, cojones! Es más, vas a coger mi caballo y bajas ahora mismo a decírselo, que para eso eres su monaguillo. Cuéntale también lo que ha pasado. Y si se pone farruco le dices que se lo manda Manuel. ¡Sólo faltaba que no pudiéramos enterrar a nuestros muertos porque el señor cura quiera estar de fiesta con los señoritos del valle!

— Yo no tengo problema en bajar Manuel. Pero no contaría con que mañana suba.

— Tú de momento haz lo que te digo. En un par de horas estarás de vuelta, y ya veremos entonces lo que hacemos. Mientras tanto, que Santiago y José Antonio vayan al cementerio para tener la sepultura hecha.

El trío se perdió en la niebla, cada uno hacia sus destinos, mientras el resto quedaba en casa acompañando a la viuda y velando a su vecino. No dejaban de elucubrar y preguntarse cómo podían explicar lo inexplicable.

Apenas unos minutos más tarde, unos golpes aporrearon la puerta. Con cautela — y algo de miedo — Manuel la abrió lentamente. Cuando hubo visto al que llamaba exclamó:

— ¡Don Alfredo! No contábamos con usted. Precisamente hace un rato mandé a Mario a buscarlo. ¿No se tropezó con él?

Pero el cura, con gesto serio y distante se limitó a abrirse camino entre los presentes hasta la cama donde estaba el yacente. Una vez allí, comenzó a recitar letanías en latín, mientras dibujaba extrañas figuras con sus manos alrededor del muerto. Cuando hubo terminado, sin mediar palabra con nadie dio media vuelta y se fue. Intercambiándose miradas de sorpresa, contemplaron la oscura figura perderse entre el manto blanco que esa mañana cubría el pueblo.

— ¡Qué mosca le habrá picado al cura! — acertó a decir Carmela — Nunca ha sido un hombre muy agradable, pero… ¿esto?

Mirándose unos a otros, en medio de tanta tensión y tristeza, asomó alguna sonrisilla tímida a costa del malhumorado párroco. Cuando la viuda se dio cuenta de un detalle curioso, hasta a ella se le escapó una sonrisa.

— Pero bueno, ¿pues no le ha puesto al revés la cruz que mi Paulino tiene en las manos? ¡Pues sí que tiene el día tonto el Señor cura!

La visita del párroco relajó un poco el ambiente en la casa. Y cuando quisieron darse cuenta, Mario ya estaba de vuelta. Nada más entrar en la casa, Manuel le preguntó si no se había cruzado con Don Alfredo por el camino.

Pero a medida que le relataba los malos humores del cura, el gesto del muchacho se iba descomponiendo cada vez más. Y sin dejar terminar al alcalde, de su boca salió un agónico “¡eso es mentira! ¡Es completamente imposible!”

— ¿Cómo que imposible chaval? — dijo en tono ofendido — Todos los que estamos aquí lo vimos con nuestros propios ojos.

“¡Imposible! ¡Imposible!” repetía una y otra vez mientras se llevaba las manos a la cabeza, ante la mirada atónita de sus vecinos. Al poco, con la tez más blanca que la leche y las lágrimas resbalando por sus mejillas, acertó a decir algo que fulminó a todos con el implacable rayo del miedo.

— Vengo de su casa y también lo están velando. ¡Don Alfredo murió ayer! Lo encontraron justo delante de su casa al atardecer.

El misterio continúa en “las ánimas del monte”

¿Qué está pasando aquí? Si en Las ánimas del monte (primera parte) las extrañas circunstancias de la muerte de Paulino dejaron a sus vecinos atemorizados, ahora los nuevos acontecimientos han sumido a estos humildes campesinos de un pueblo perdido en el monte en el más completo horror.

El siguiente episodio arrojará más luz a estos misterios. Entre tanto, puedes comentar tus impresiones un poquito más abajo… ¡y compartir el capítulo en tus redes sociales! Harás muy feliz al esforzado autor de Las ánimas del monte

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