Las ánimas del monte (tercera parte)

Las ánimas del monte

De inmediato, la tensión se volvió a adueñar de la sala, donde sólo se escuchaban los gemidos entrecortados del pobre sacristán. Sin embargo, pronto otros acompañaron a Mario, al tiempo que oraciones y plegarias inundaban la estancia con su monótono soniquete.

Sin hacer ruido, la mujer más anciana se sujetó a su bastón para levantarse. Pesadamente se puso en pie, y con paso cansino se dirigió hacia la puerta de salida. Pero antes de que llegara, Carmela se interpuso en su camino.

— Pero Doña Angustias, ¿no se le ocurrirá irse ahora? Haga el favor de sentarse mujer, que no es momento de salir a la calle.

— Santiago y José Antonio se fueron hace rato al cementerio. Voy a buscarlos.

La húmeda mirada de la anciana — que también hacía honor a su nombre — bastó para convencer a Carmela que no había más opción que dejarla ir. La aterrorizada audiencia asintió. Y sin dejar de repetir sus plegarias, se amontonaron en la ventana de la cocina para ver cómo la mujer de perenne luto se perdía entre la espesura de la niebla.

Poco a poco, a paso lento pero decidido, Doña Angustias atravesó la calle que la conducía hasta la pequeña plazuela donde se erguía la iglesia. Ni sus ya cansados ojos, ni la tupida niebla la dejaban ver apenas unos pasos más adelante. De modo que comenzó a llamar insistentemente a los dos hombres.

Sólo su débil voz taladraba el silencio absoluto del lugar. Ni el coro de perros que habitualmente cantaban al unísono, ni los sonidos sordos de las vacas al pasar por delante de los establos, ni siquiera los gatos que acudían en mandada al oír la voz de quien solía echarles de comer. Nada. El pequeño pueblo había enmudecido. Menos la decidida mujer que llegaba casi sin resuello a las puertas de la iglesia.

Se sentó un rato en el banco de piedra que había al lado de la puerta principal, pues debía recobrar el aliento. Con la cabeza apoyada sobre el bastón, trató de escrutar la cortina blanca en busca de movimiento. Pero como no encontró nada, al cabo de unos minutos se volvió a levantar. Rodeó el edificio hasta llegar a la parte de atrás, que era donde estaba la puerta del cementerio.

Al traspasarla lo primero que vio fue las herramientas que los hombres habían utilizado, tiradas en el suelo. Sin darse por vencida, recorrió el pequeño camposanto. Pero esta vez las palabras no salían de su garganta. Estaba más ocupada contando las fosas recién excavadas que se iba encontrando por el camino. Contó veinte. Tantas como vecinos había en la aldea.

Sin atisbo de miedo, dejó reposar su cuerpo sobre el bastón que la sujetaba mientras recuperaba la presencia de ánimo al tiempo que pensaba: “de todas formas, a mí ya me quedaba poco en este mundo. Pero antes tengo que encontrar a Santiago y José Antonio”. Y volvió a gritar — con más ímpetu aún — sus nombres.

Decidida, enfiló la cuesta que descendía desde la plazuela de la iglesia hacia la salida del pueblo. “Si no los encuentro, al menos esperaré a la muerte en mi casa”, se repetía resignada.

Ya casi había caído la noche cuando llegó a su vivienda. Al ver la tenue luz de los candiles salir por la ventana de la cocina, respiró aliviada. Abrió la puerta y se dirigió rápidamente hacia la estancia.

— Por fin os encuentro. ¡Menudo susto me habéis dado!

— Tranquila madre — repitieron al unísono.

Desde lo más profundo de las cuevas donde tenían sus ojos, dirigieron una inexpresiva mirada a la anciana. Los rojizos pómulos de hombres de campo eran ahora huesudos ángulos. Como sus barbillas o los antes fuertes y calludos dedos.

Ella, emocionada, arrojó al suelo el bastón y se lanzó a los brazos de sus hijos. Y la luz de los candiles se apagó.

El misterio continúa en “las ánimas del monte”

La anciana por fin dio con sus hijos, aunque terminó igual que ellos. Pero aún queda por saber qué harán los vecinos, que en el capítulo anterior quedaron consternados y rezando en casa del difunto Paulino.

En el siguiente episodio se verá cómo afrontan los hechos, si es que son capaces de salir de su estupor y vencer el miedo que los atenaza.

Y ahora, si te ha gustado… no te lo quedes para tí solo. Compártelo en tus redes sociales… o únete al facebook de J.R. Baizán para estar al día de más historias.

Cuento, relato o poesía... ¡Compártelo amigo! ... la vida es alegría

10 thoughts on “Las ánimas del monte (tercera parte)”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *