Las últimas horas de Lord Mortimer. En la mazmorra.

Si pudiéramos medir la vida de un hombre siguiendo la esfera de un reloj, Lord Mortimer estaría a pocos segundos de alcanzar la medianoche. Así llevaba los últimos cinco años de su azarosa existencia.

Podría ser cualquier día del año, pues hacía mucho que no era consciente de la fecha. Ni siquiera le importaba lo más mínimo. Sabía que pasaba el tiempo porque a través del ventanuco enrejado de la mazmorra, que lo dejaba ver el mar, se colaban sucesivamente ora la luz del día, ora la negrura de la noche. Ya había perdido la cuenta, de tantos contrastes como había visto pasar. Al principio hacía marcas en las paredes, que la humedad y el moho terminaban borrando. Pero pronto se dio cuenta de que era una estupidez, pues aguardaba su ajusticiamiento, no su libertad. Al final terminó por darse cuenta de que su condena era precisamente aquel lugar. Permanecer muerto en vida en ese agujero infecto, soportando el batir constante de las olas contra el acantilado, y con un perenne olor a mar… o a lo que ésta quisiera traerle. En varias ocasiones algún animal muerto quedó varado entre las rocas, rezumando la pestilencia de su podredumbre a través del orificio de la letrina. Incluso a aquello se había acostumbrado. En realidad, sólo se sintió incómodo cuando el regalo fue el cadáver de un hombre. Un malogrado marinero — supuso —  que las olas incrustaron entre dos piedras. Boca arriba, su inexpresiva y turbadora mirada se colaba por aquel boquete.  Un día entero estuvo conteniendo las ganas de aliviarse, asomándose de cuando en cuando a ver si aquel desgraciado había desaparecido. Pero la naturaleza, que es más fuerte que cualquier hombre, terminó por obligar a Mortimer a humillar al único ser humano que había visto en muchísimo tiempo. “Al menos tú tienes la suerte de estar ya muerto. Para mí quisiera yo esa fortuna” — le dijo, antes de sentarse en el trono.

Aquella mañana, como todas, la pequeña ranura que había en la base de la puerta se volvió a abrir. Alguien dejó una escudilla con comida y la jarra de agua. Como siempre, dio las gracias a esas manos mudas, que en apenas unos segundos lo dejaron de nuevo en compañía de su soledad.

Sentado en el suelo, se disponía Lord Mortimer a realizar sus ejercicios matinales — costumbre que había adquirido casi nada más llegar a aquel pedazo del infierno —. Apoyado contra el muro y debajo del ventanuco, miraba fijamente la puerta — situada justo en el lado opuesto —. Por suerte, el calabozo estaba en la parte del castillo que daba hacia la salida del sol. Y todas las mañanas veía el cuadrado de luz proyectando los barrotes sobre la madera completamente lisa. Sólo quedaba esperar el momento propicio.

No hubo de pasar mucho rato hasta que una figura rompió la monótona sombra. Al instante, se puso de cuclillas. Midiendo al milímetro su movimiento — que tenía de sobra aprendido — saltó con la mano derecha estirada. Precisión y rapidez felinas. Era cuanto necesitaba para recoger con éxito su trofeo. En sus manos tenía ahora a una asustada e inquieta gaviota. Bien sujeta por el cuello, la inmovilizó entre sus piernas, para poder retorcérselo cómodamente. Mientras esperaba por otra presa, iba desplumando al pájaro. Las plumas más finas servirían para mullir su jergón, mientras que las alas — arrancadas de cuajo — iban a parar debajo de aquel, pues eran un excelente aislante para combatir la humedad del suelo. El pico lo arrojaba a un montón en una esquina. Bien afilados contra una piedra, le servían para recortarse pelo y barba, algo que también ayudaba a que su camastro fuera más cómodo. La carne, como es natural, le serviría de complemento alimenticio a la porquería que le daban.

Entretenido con el despiece de su presa, no perdía ojo a la puerta. Sabía que cuando el cuadrado de luz llegara al suelo, sus posibilidades de ese día prácticamente se habrían esfumado. Pero cuando oyó aquel graznido familiar, no necesitó consultar a la sombra para saber que Caroline estaba allí. Aquella era una gaviota especial. Blanca como la leche, brillaba sobremanera cuando el sol bañaba su cuerpo. Pero aunque pareciera un ángel, su archienemiga era el mismísimo demonio. Por eso la bautizó con el nombre de aquella pérfida dama de compañía de la Reina, que no tuvo escrúpulos en delatar su romance con él. Todo porque Lord Mortimer no accedió a meterse también en el lecho de la vieja bruja.

Lo mismo que la felonía de aquella mujer lo llevó hasta allí, el animal continuaba el trabajo de la traidora, martirizándolo cada vez que podía. Así lo atestiguaban las heridas de sus dedos, sorprendidos mientras agarraba los barrotes, por el pico de Caroline, que se acercaba volando directamente a por ellos. Por suerte, nunca hasta entonces había alcanzado su verdadero objetivo: los ojos del hombre.

De nuevo se puso de cuclillas. Como un resorte, saltó a por ella. Un nuevo fracaso. Aunque volvió a rozar su cuerpo con la punta de los dedos, Caroline se fue lanzando graznidos de satisfacción.

— ¡Te pillaré, maldito bicho! ¡Habré de retorcerte el pescuezo con mis propias manos!

Apretando los barrotes con todas sus fuerzas, rumiaba su enésima frustración — como cada vez que se batía con aquella gaviota — cuando a lo lejos, las siluetas de una flota llamaron su atención. Intrigado, siguió con interés la evolución de los barcos. Y no pasó demasiado tiempo para que dejaran patentes sus intenciones. Alineados en formación, de sus costados de estribor salieron las primeras bocanadas de humo. A los pocos segundos, junto con las lejanas explosiones, llegaron los impactos sobre el agua, y los sordos estruendos de aquellos que habían alcanzado los muros del castillo o las rocas del acantilado. Por supuesto, la respuesta desde la fortaleza no se hizo esperar, y los cañones comenzaron a rugir. Súbitamente exaltado, en medio del atronador ruido Lord Mortimer no paraba de gritar.

— ¡Aquí! ¡Disparad aquí!

Con suerte, Dios iluminaría a algún artillero. Y su pieza dispararía la bala que terminara por fin con aquella miserable existencia.

Un nuevo relato, y la incertidumbre de Lord Mortimer

Los amores reales de Lord Mortimer y el despecho de una amante rechazada lo condujeron a una mazmorra infecta. Pero, ¿serán las últimas horas en la mazmorra, o las de su vida?. La semana que viene continuará el relato, y ya veremos si sus plegarias son escuchadas o no.

Entre tanto, ¿por qué no compartes este relato en tus redes sociales?. El mísero Lord Mortimer y este esforzado autor te lo agradecerán profundamente. Y por cierto, ¿te unes a mi perfil de facebook?. Quiero regalarte un relato cada semana… ¿Qué te parece?.

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2 comentarios sobre “Las últimas horas de Lord Mortimer. En la mazmorra.

  • el 28 septiembre, 2017 a las 5:14 pm
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    Esto…..¿cómo te lo digo????? pobre gaviota jooooooo…… No, en serio, ¿tiene que ser en capítulos????? jajjajajajaj.

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    • el 29 septiembre, 2017 a las 10:04 am
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      Me temo que tiene que ser ;)… Y la gaviota… ¡El hombre tiene que comer! Además, mira qué mala es la que le va a picar siempre (Caroline).

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