Las últimas horas de Lord Mortimer. Suspiros de libertad.

Relato - Lord Mortimer

Pero como a todo desgraciado, la felicidad sólo lo visita efímeramente. Y cuando quiso darse cuenta, el ruido de la cerradura lo sacó de su letargo. Un acto reflejo lo hizo abalanzarse sobre la barra de hierro, que aferró por un extremo. En posición de ataque aguardó a que se abriera la puerta.

Dio la bienvenida al primer soldado con un certero golpe en la nuca, dejándolo fuera de combate en un instante. Su compañero no tuvo tiempo a blandir la espada antes de que un fuerte impacto en su cara lo tumbara en el angosto pasillo de la prisión. Los alaridos de dolor ahogaron los gritos del carcelero, que huía suplicando ayuda. El ruido metálico de su oponente mientras rodaba y las blasfemias posteriores, se mitigaron cuando consiguió apartar el cadáver que yacía a la entrada de la celda, y fue capaz de cerrar la puerta. A falta de otros medios, apoyó el cuerpo contra ésta, mientras usaba la espada del finado y su barra metálica para apuntalar la puerta contra las piedras del suelo. “Una solución de urgencia, que no servirá de mucho cuando vengan de nuevo a por mi” — se decía, afanado en buscar el modo de salir de allí con vida.

De pie en medio del reducido habitáculo, esbozó una sonrisa al comprobar que su instinto guerrero no se había apagado durante aquellos años de cautiverio. Conservando la sangre fría, miraba a su alrededor sopesando las posibilidades. A un lado, la puerta endeblemente apuntalada. En el extremo opuesto, un boquete que conducía directamente al mar. Al momento tuvo claro lo que debía hacer. Cuando la distancia apagó las maldiciones del vencido, él ya había comenzado la frenética actividad que suponía poner a salvo su propia vida y alcanzar la libertad.

Una punzada de dolor atravesó su corazón mientras desnudaba al soldado, para quedarse con sus ropas y una daga que llevaba al cinto. El rostro sin vida teñido de sangre no había sido poblado aún por la barba de un adulto. “Lo siento muchacho. De verdad que lo siento. ¿Qué clase de cobarde envía a un niño a cumplir con el trabajo de un hombre?” — dijo entre dientes un cada vez más furioso Lord Mortimer.

Con mimo, arrastró el cuerpo hasta dejarlo tumbado sobre el jergón. “No seré yo quien te utilice como parapeto, chico. Descansa en paz”. Arrodillado, mientras rezaba por aquél joven, recibió a quienes venían en su busca. Unos fuertes golpes en la puerta anunciaron su presencia.

— ¡Mortimer, os ordeno que abráis ahora mismo!¡Hacedlo ya, o ateneos a las consecuencias!

Tras santiguarse, cubrió al chaval con la mugrienta manta que lo había cobijado durante aquellos años. Tranquilamente se puso en pie, y colocándose frente a la puerta respondió.

— Que me maten si no estoy hablando con el mismísimo capitán Jacob Griffin.

— Y que lo hará de mil amores si no abrís de inmediato.

— Vaya, vaya, capitán. En otros tiempos habríais hecho una reverencia para dirigiros a mi. ¿Dónde han quedado los buenos modales?

— Dejaos de monsergas y haced lo que se os dice. Ahora soy yo quien da las órdenes.

— Y el que envía a muchachos a cumplir con las misiones que corresponden a hombres. ¿Acaso los vuestros son tan cobardes y ruines como vos?

— No tengo órdenes de mataros Mortimer. Pero sabéis bien que podría perfectamente justificar vuestra muerte. Cerrad el pico y no tentéis tanto a la suerte.

— ¿De verdad sois tan ingenuo como para pretender que me trague este anzuelo? Ya somos perros viejos para andarnos con estas, Griffin. Si por vos hubiera sido, me habríais matado en el mismo instante en que me prendisteis. Me temo que no os daré el gusto hoy tampoco. La próxima vez que nos veamos las caras, ya discutiremos de nuevo este tema. Aunque sea en el mismísimo infierno.

Mientras los atronadores golpes secos del ariete debilitaban la puerta, Lord Mortimer calculaba a toda prisa al lugar más propicio para lanzarse al mar. Se sabía buen nadador, y no había mucho oleaje. Si conseguía cobijarse en el acantilado, no podrían verlo. Cuando miró atrás por última vez, la espada se partía en dos tras otro duro golpe. Pero la barra de hierro aún resistía, aunque amenazaba con desencajarse de la rendija a la que estaba anclada.

Sin pensárselo más, se lanzó al vacío. Y pudo respirar por fin el aire puro de la libertad. Por un instante, los rayos de sol iluminaron el agua, dejando entrever las rocas del fondo. Un segundo más tarde, la medianoche llegó a la vida de Lord Mortimer.

El último relato de un Lord Mortimer… ¿libre?

Por fin el pobre Lord Mortimer logra salir de esa prisión a la que estaba condenado de por vida. El capítulo anterior dio alas a nuestro protagonista, y esperanzas de salir con vida de esta situación. Finalmente consiguió la libertad, aunque a un precio quizá demasiado alto.

 

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