Las últimas horas de Lord Mortimer. Tiempos de esperanza

Sin apartar la vista de su oponente, Lord Mortimer se echó a un lado. Despacio, recorrió con su mano derecha el ventanuco. Mientras las punzadas de dolor le recordaban el envite previo, se dio cuenta que habían desaparecido los barrotes, aunque pronto tocó uno. El único que quedaba. Pero no era eso lo que andaba buscando. Un poco de esfuerzo más y obtuvo su premio. Acompañada de un fuerte alarido — mitad por rabia y mitad por el intenso dolor del antebrazo — una piedra atravesó la mazmorra, impactando de lleno en el cuerpo del animal.

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Esta vez no pudo oponer apenas resistencia. Ni a la mano que aferraba su cuello, ni a la que sujetaba con firmeza sus patas. No resultó difícil inmovilizar a aquella ave moribunda que, una vez sentado en su jergón, sujetaba entre sus piernas.

— ¡Sí! ¡Por fin caíste, perra!

Las estridentes carcajadas ahogaban el ruido de las primeras andanadas de la mañana. La batalla que afuera apenas se estaba reanudando, en aquella celda apenas había finalizado. Caroline, presa de débiles estertores, casi no podía abrir los ojos, que parecían suplicar a su enemigo que terminara de una vez la tarea. Lord Mortimer actuó pues como lo que era: un soldado de honor. Con un movimiento ágil y certero, retorció el pescuezo de la gaviota. Y con el debido respeto por el enemigo, decidió darle un final distinto a las demás. A ella, en vez de usarla como desayuno, la arrojó por el boquete que el impacto del día antes había hecho. El océano había sido su hogar, y allí regresaba tras su infausto duelo.

Durante un buen rato se quedó mirando al infinito, ajeno a los humeantes barcos que flotaban a la deriva esperando ser engullidos por las inmisericordes aguas, mientras los más afortunados izaban las velas — si tenían la suerte de conservar al menos parte de su arboladura — y ponían proa hacia alta mar.

Y el monótono ruido de las olas de nuevo se convirtió en su único compañero. Aunque tampoco hizo mucho caso a su viejo amigo, pues un relámpago de esperanza iluminó la mente del preso. Con todas sus fuerzas, agarró el único barrote que seguía en su sitio y tiró de él. Al instante, las punzadas de dolor taladraron su cuerpo, merced al espaldarazo que se dio contra la puerta, mientras el sonido metálico de la barra de hierro rebotando contra el suelo llegaba a sus oídos como música celestial.

Ni una mueca de dolor, ni un quejido… Ni siquiera una blasfemia salió de su boca. Esforzándose por recomponerse de tan inoportuno traspiés, no dejaba de mirar a aquel herrumbroso trozo de metal. “Disculpadme Señor, por lo que ayer os dije. Me arrepiento de haber dudado de vuestra bondad” — decía al tiempo que se santiguaba una y otra vez.

Al poco, cuando el golpe era sólo un recuerdo en forma de ligero dolor en su cerviz, recogió el barrote del suelo, y comenzó a lancear con él los vértices del agujero en la pared. Para su sorpresa, las piedras caían al mar o al suelo como fruta madura, y al cabo de un rato, envuelto en sudor, contemplaba orgulloso un enorme boquete, mientras bebía el agua que el carcelero le había llevado el día anterior.

Sonriente, se dejó bañar por los rayos de luz que el sol de mediodía le regalaba. Aunque su verdadera alegría fue reencontrarse con la esperanza. Esa lejana compañera tantos años ausente, que de nuevo volvía a mirarlo a la cara.Sin apartar la vista de su oponente, Lord Mortimer se echó a un lado. Despacio, recorrió con su mano derecha el ventanuco. Mientras las punzadas de dolor le recordaban el envite previo, se dio cuenta que habían desaparecido los barrotes, aunque pronto tocó uno. El único que quedaba. Pero no era eso lo que andaba buscando. Un poco de esfuerzo más y obtuvo su premio. Acompañada de un fuerte alarido — mitad por rabia y mitad por el intenso dolor del antebrazo — una piedra atravesó la mazmorra, impactando de lleno en el cuerpo del animal.

Esta vez no pudo oponer apenas resistencia. Ni a la mano que aferraba su cuello, ni a la que sujetaba con firmeza sus patas. No resultó difícil inmovilizar a aquella ave moribunda que, una vez sentado en su jergón, sujetaba entre sus piernas.

— ¡Sí! ¡Por fin caíste, perra!

Las estridentes carcajadas ahogaban el ruido de las primeras andanadas de la mañana. La batalla que afuera apenas se estaba reanudando, en aquella celda apenas había finalizado. Caroline, presa de débiles estertores, casi no podía abrir los ojos, que parecían suplicar a su enemigo que terminara de una vez la tarea. Lord Mortimer actuó pues como lo que era: un soldado de honor. Con un movimiento ágil y certero, retorció el pescuezo de la gaviota. Y con el debido respeto por el enemigo, decidió darle un final distinto a las demás. A ella, en vez de usarla como desayuno, la arrojó por el boquete que el impacto del día antes había hecho. El océano había sido su hogar, y allí regresaba tras su infausto duelo.

Durante un buen rato se quedó mirando al infinito, ajeno a los humeantes barcos que flotaban a la deriva esperando ser engullidos por las inmisericordes aguas, mientras los más afortunados izaban las velas — si tenían la suerte de conservar al menos parte de su arboladura — y ponían proa hacia alta mar.

Y el monótono ruido de las olas de nuevo se convirtió en su único compañero. Aunque tampoco hizo mucho caso a su viejo amigo, pues un relámpago de esperanza iluminó la mente del preso. Con todas sus fuerzas, agarró el único barrote que seguía en su sitio y tiró de él. Al instante, las punzadas de dolor taladraron su cuerpo, merced al espaldarazo que se dio contra la puerta, mientras el sonido metálico de la barra de hierro rebotando contra el suelo llegaba a sus oídos como música celestial.

Ni una mueca de dolor, ni un quejido… Ni siquiera una blasfemia salió de su boca. Esforzándose por recomponerse de tan inoportuno traspiés, no dejaba de mirar a aquel herrumbroso trozo de metal. “Disculpadme Señor, por lo que ayer os dije. Me arrepiento de haber dudado de vuestra bondad” — decía al tiempo que se santiguaba una y otra vez.

Al poco, cuando el golpe era sólo un recuerdo en forma de ligero dolor en su cerviz, recogió el barrote del suelo, y comenzó a lancear con él los vértices del agujero en la pared. Para su sorpresa, las piedras caían al mar o al suelo como fruta madura, y al cabo de un rato, envuelto en sudor, contemplaba orgulloso un enorme boquete, mientras bebía el agua que el carcelero le había llevado el día anterior.

Sonriente, se dejó bañar por los rayos de luz que el sol de mediodía le regalaba. Aunque su verdadera alegría fue reencontrarse con la esperanza. Esa lejana compañera tantos años ausente, que de nuevo volvía a mirarlo a la cara.

La esperanza se encuentra de nuevo con Lord Mortimer

Si en el capítulo anterior, Lord Mortimer renegaba de Dios porque parecía hacer caso omiso a sus peticiones, ahora le ocurre todo lo contrario. El impacto de un proyectil ha debilitado la pared de su mazmorra. Y un rayo de esperanza brilla en la mente del preso. En el próximo capítulo veremos si consigue lo que se propone: escapar de esa prisión en la que lleva cinco largo años.

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