Mal de amores. Capítulo final

Mal de amores de un picaflor

Como el día y la noche. Una, de pequeña estatura, piel blanca como la leche y ojos alegres y vivarachos, contrastaba con la otra que, como el trigo en verano, era alta, delgada y de tez morena. Ambas, acariciando una enorme arpa que había en un rincón de la sala, charlaban animadamente. Esta escena encendió la chispa que debía permitirle abrir las puertas de la fortaleza. Sin más preámbulos, acariciando también el instrumento, se lanzó al ataque.

 

 

 

Del salón en el ángulo oscuro,

de su dueña tal vez olvidada,

silenciosa y cubierta de polvo

veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas

como el pájaro duerme en las ramas,

esperando la mano de nieve

que sabe arrancarlas!

¡Ay! — pensé — ¡Cuántas veces el genio

así duerme en el fondo del alma,

y una voz, como Lázaro, espera

que le diga: “levántate y anda”.

Captada su entera atención, cogió suavemente la mano clara, besándola con dulzura, y preguntado a la dueña cómo se llamaba. “Marisa” — contestó ella —. Tras una leve reverencia mientras la miraba directamente a los ojos, hizo lo propio con la propietaria de la de piel tostada, que respondía al nombre de Belén.

— Veo que apreciáis la poesía de Bécquer — dijo ésta.

— Por supuesto, querida. Ya he dicho que lo he leído todo. ¡Cómo iba a ofender la pluma de mi amigo Gustavo!

— ¡Qué coincidencia! Tenemos entonces un amigo en común — dijo Marisa, sonriendo.

— Hermosa casualidad, ¿no creéis? Sabed que tengo una estrecha amistad con él. Por eso poseo alguno de sus manuscritos. Sería un honor invitaros para que pudierais contemplar tales maravillas.

A estas alturas, el grupo de mujeres ya rodeaba a los contertulios. Ser el único gallo del corral tenía a veces este tipo de contratiempos. Aun así, el galán se seguía sintiendo cómodo en su papel. Subiendo un poco el tono de voz, Belén se dirigió a él.

— Estoy segura de que le habrá hablado de dos poetas a los que admira nuestro común amigo. Uno de ellos creo que se llama Archivald Stoodart. El otro… ¿lo recuerdas tú, Marisa?

— Sí, claro. Anda que no se pone pesado con ellos. Se llama Horace Vernon. Seguro que Juan puede recitarnos algo de ellos, con esa voz tan bonita que tiene — dijo, mientras le hacía un pícaro guiño.

Si lo hubieran metido en la caldera de la máquina del tren, aún su sangre seguiría helada. Cuando oyó aquello, un mal presentimiento se cruzó por su mente. Aunque como buen picaflor, supo reaccionar con rapidez. La razón, por otro lado, le decía que era poco probable que dos mujeres, por mucho que conocieran a Bécquer — qué más quisiera él que conocerlo — supieran algo de poesía. “Seguro que el muy villano usaría su labia para llevárselas a la cama” — pensó — Y, poniendo cara de interesante, echó una mirada a la audiencia antes de comenzar su función.

— Veamos, señoras. De Archivald Stoodart hay algo que me gusta especialmente.

Amada pastora mía,

tus descuidos me maltratan

tus desdenes me fatigan,

tus sinrazones me matan

A la noche me aborreces

y quiéresme a la mañana;

ya te ofendo a mediodía

ya por la noche me llamas.

La audiencia aplaudió la interpretación del comediante. Éste, nuevamente en la cresta de la ola, sonrió a las dos mujeres, que devolvieron el cumplido con amplias sonrisas y sonoras palmadas. Terminada la ovación, Belén, más atrevida, se acercó a él para pedirle un último deseo.

— Querido, si Horace Vernon está a la altura del tal Archivald, tendremos que aceptar esa invitación para que nos enseñes tus libros.

— Respecto a la invitación, dadla por hecha. Y sobre la pluma de Vernon, juzgad vosotras mismas.

Yo sueño que estoy aquí

destas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida?, un frenesí,

¿Qué es la vida?, una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño;

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.

De nuevo, el aplauso de la audiencia hizo que nuestro amigo sacara aún más el pecho. Pero esta vez se vio interrumpido por las sonoras carcajadas de Marisa y Belén. El público, sorprendido, interrumpió la ovación. Éstas, incapaces de contenerse, aún siguieron un rato desternillándose de la risa. Cuando fueron capaces de recobrar la presencia de ánimo, acudieron diligentes a escoltar al extrañado artista.

— Anda Archivald. Quiero decir… Belén. Empieza tú, que yo no sé si podré hablar sin reírme de este charlatán.

— Vamos a ver, pipiolo — dijo ésta enhebrando su brazo entre el de él — Resulta que mi amiga y yo, que sí conocemos a Gustavo, inventamos esos nombres para ver cómo salías del trance. Y debo decir que no ha estado mal la pantomima. Aunque personalmente no me ha hecho gracia que pusieras en boca de un fantasma la genialidad de Lope de Vega.

Cuando sintió el brazo de Marisa asirse por el otro costado, la sangre comenzó a apelotonarse en su cara. Mientras los músculos de sus piernas parecían no querer sujetarlo, las primeras risas afloraban de entre el corro de mujeres que los rodeaban.

— ¡Ay Juan, qué ingenuo has sido! Mira que poner en boca de mi Horace Vernon el famoso poema de nuestro Calderón de la Barca.

Para entonces la sala era ya un hervidero de carcajadas, y la cara de Juan Henestrillas ardía como hoguera en San Juan. Herido en lo más profundo — y por unas mujeres — huyó de allí como alma que lleva el diablo, con el rabo entre las piernas. Esta vez, entre las propias.

¿Pensabas que este experimentado picaflor iba a salirse siempre con la suya? El capítulo anterior apuntaba en esta dirección, pues sus buenas artes parecían hacer efecto. Pero ya se sabe que a veces “el cazador es cazado!

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