Mal de amores. De oficio, picaflor

Mal de amores de un picaflor

No existe en el mundo oficio más ingrato que el de picaflor. El carpintero, el herrero o el albañil, cuando terminan el trabajo pueden disfrutar de su obra durante mucho tiempo. Incluso en ocasiones, ésta les sobrevive. Lo que significa que, en cierto modo, ellos vivirán más al ser recordados. Por el contrario, el pícaro sólo recibe, a cambio de un inmenso esfuerzo, el efímero placer que da un lecho cálido, pero que se esfuma cuando la amante de turno se envuelve de nuevo con sus ropas.

Por si esto fuera poco, el maestro del encantamiento ha de trabajar con una herramienta tan potente como arriesgada: la mentira. No piense el lector que es sencillo hilar una y otra trapacería, que ha de recomponerse en la siguiente conquista, sin dar pasos en falso que destapen otras. O confundir churras con merinas en según qué ocasiones o trances. La mentira, amigo mío, tiene las patas muy cortas. Y no todo el mundo posee la habilidad necesaria para esbozar buenos planes, urdir estratagemas o fingir ser quien no se es, para que maridos, hermanos, padres o novios — los mayores enemigos de estos profesionales — no caigan un mal día sobre él.

Y este fue el oficio que eligió Juan Henestrillas. Hijo único de un importante industrial del ramo del acero, pronto comprendió que de su progenitor sólo había heredado el nombre. Éste, empeñado en preparar a su heredero para que siguiera sus pasos, lo mandó a los mejores colegios. Aquél, dotado sin duda de una inteligencia fuera de lo común, pronto tuvo claro que lo más sensato sería vivir de las rentas. El día que le espetó a su padre — hombre de firmes principios y hecho a sí mismo — que aquello de que el trabajo dignifica estaba sobrevalorado, y que habría que haber ahorcado a quien lo inventó, el hombre por poco le parte las costillas. Lo habría hecho, de no ser por la intervención de la sufrida madre… y porque las piernas del muchacho eran más veloces que el bastón que volaba tras él. A duras penas, y sin mucha confianza en que algún día obtuviera más diplomas que los que dieran en los clubes de alterne, sus padres consiguieron mandarlo a la Universidad. Contra todo pronóstico, accedió de inmediato. Aunque pronto comprobaron que las únicas veces que pisaba un aula era cuando iba a actuar con la Tuna, pues esto era lo que estaba estudiando. ¿Qué mejor carrera para un mozo que sólo desea abrir las puertas de las alcobas?

Rico, guapo y de verbo fluido, lo tenía todo para triunfar en su profesión. Él lo sabía de sobra. Era además un tipo innovador, y quiso añadir al repertorio de cortejo su destreza con la literatura. Se jactaba sin pudor de haber leído todo cuanto en el mundo estaba publicado. Y todavía el órdago era mayor, cuando presumía de conocer a autores que le dejaban examinar sus manuscritos aún antes de sacarlos a la luz. Aunque su ego lo tenía dominado por completo, no era menos cierto que dedicaba mucho tiempo a la lectura — entre cama y cama, se pasaba horas con los libros —. También tenía una capacidad de memoria prodigiosa, que le permitía recordar al instante casi cualquier cosa que había leído. Un verdadero artista en su profesión, que hacía gala de haber conseguido los mejores trofeos. Para sí quisieran los más hábiles cazadores la colección de cornamentas de todos los tamaños, formas y colores que Juan Henestrillas había acopiado.

Las flores lucían hermosas adornando los árboles que escoltaban el camino de entrada al palacio del Marqués. Daba gusto contemplar las rosas, pensamientos, buganvillas y amapolas que coloreaban la parte del jardín que precedía a la entrada del edificio, cuando al atardecer padre e hijo llegaron a la fiesta. Sonriente, repartió cariñosos saludos a todo el mundo. No en vano, ésta era la única actividad que realmente le gustaba de los negocios familiares.

La próxima semana sabremos cómo terminan los amores de este picaflor. ¡No dejes de volver!

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