Mal de amores. ¡Picaflor al acecho!

Mal de amores de un picaflor

Durante la cena simuló interés por las conversaciones de los hombres, que básicamente hablaban de materias primas, cómo se estaban soliviantando los trabajadores o de la próxima subida de impuestos que planeaba el gobierno. Debía contentar a su padre, que se había puesto muy pesado desde que quedara viudo. Pero al mismo tiempo examinaba con precisión a las féminas, pues aquella era su verdadera preocupación.

Tras los postres, los hombres se fueron con sus copas llenas y largos puros entre los labios a otra sala. Seguramente a hablar de negocios y de mujeres. Él, que prefería hablar “con” mujeres, se excusó y quedó allí sentado. Como era de prever, ellas se juntaron en un grupo, y comenzaron a charlar de sus cosas. Cuando advirtieron la presencia de aquél hombre solo al otro extremo de la larga mesa, comenzaron las risillas y cuchicheos. Supo entonces que había llegado la hora de entrar en acción. Meciendo el licor de su copa en una mano, se acercó con paso deliberadamente lento y firme al grupo.

— Muchacho, ¿qué haces tú aquí? ¿No deberías estar con los hombres, charlando de vuestras cosas? — le dijo la mujer más vieja.

Él, enseñando una dentadura perfecta y haciendo una reverencia a la anciana, contestó con voz melosa.

— Querida, esas conversaciones ya me las sé de memoria. Son demasiado aburridas. Y esto es una fiesta, ¿verdad? ¿No cree usted que si quiero divertirme este el mejor lugar?

Con el gesto campechano de aprobación por parte de la mujer, el resto, entre risas, buscó acomodo para el invitado. Él, sabiéndose el centro de atención, no despreció la oportunidad para comenzar a tejer la red. Para ello, el pescador recitó con maestría los versos que algún poeta desconocido regaló al mundo, y que le venían al pelo en ese momento.

Que por mayo era, por mayo

cuando hace la calor,

cuando los trigos encañan

y están los campos en flor,

cuando canta la calandria

y responde el ruiseñor,

cuando los enamorados

van a servir al amor;

sino yo, triste, cuitado,

que vivo en esta prisión,

que ni sé cuándo es de día,

ni cuándo las noches son,

sino por una avecilla

que me cantaba al albor.

Matómela un ballestero;

dele Dios mal gallardón.

Como pavo real, desplegó sus encantos ante un público entregado. Divirtió a las damas con pasajes del Lazarillo de Tormes, tocó sus corazones hablándoles de Romeo y Julieta, y las hizo estremecerse de horror al son de Allan Poe. Avezado conquistador, pronto supo cuáles tenía ya atrapadas bajo su urdimbre. Pero hete aquí que había dos que no parecían prestar mucha atención. Se entretenían cuchicheando entre ellas, intercambiándose risillas de cuando en cuando. Juan, hembrero de altas cumbres, no pudo resistir el encanto de conquistar aquel territorio hostil. Ellas pues, serían el objetivo de esa noche. Con varias piezas aseguradas, no podía dejar de intentar el asedio a tan difíciles presas.

Con el pretexto de rellenar su copa y estirar un poco las piernas, se levantó y cruzó el salón hasta el mueble bar. Sin prisa, se sirvió un brandy y saboreó un cigarrillo, mientras tanteaba de nuevo el escenario. Cuando vio que el grupo estaba dividido en distintos corrillos, acudió al encuentro de su objetivo.

La semana pasada conocimos a este reputado picaflor, ahora hemos visto cómo pone remedio a su mal de amores. Y el próximo capítulo desvelará si consigue o no su objetivo… ¿A ti qué te parece?

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