Por el camino del olvido

Por el camino del olvido

Hace rato que siento unas manos suaves masajeando mi cuerpo. Pero aún no me apetece abrir los ojos. Quiero seguir disfrutando de este momento. Aunque cuando llegan a mi cara, no puedo resistir más la tentación.

— Buenas tardes dormilón — me dice cariñosamente la dueña de las manos de terciopelo.

Incapaz de entender nada, mi primera reacción es de susto. No sé qué pasa, y tampoco conozco de nada a esa mujer. Trato de incorporarme, y aún me pongo más nervioso al ver cómo el cuerpo no quiere obedecer a mis órdenes. ¿Qué me está pasando? ¿Dónde estoy? ¿Quién es ella? Por más que quiero hablar, de mi boca sólo salen sonidos sin sentido. Pero cuando las lágrimas de impotencia comienzan a brotar, ella rápidamente entra de nuevo en acción.

— Esté usted tranquilo José. Ya sé que no me conoce, ni sabe dónde está. Pero no se preocupe, que yo le cuido. Llevo mucho tiempo haciéndolo y créame que nos llevamos de maravilla. Y no me llore hombre, que me da mucha pena verlo así. Además, pronto vendrán sus hijos a visitarlo. Todas las tardes lo hacen. Ya verá qué bien se lo van a pasar.

Con voz melosa y tranquila me cuenta un millón de cosas, mientras va secando mis mejillas. Coge las fotos que hay colgadas en la pared, y otras que están enmarcadas sobre los muebles del cuarto, y me va explicando con todo detalle quién es quién. Me habla de los niños, contándome lo que significa cada fotografía. Y de vez en cuando, con una sonrisa en la boca me dice:

— Mire, mire José. Este es usted de joven. ¡Anda que no era guapo!

Poco a poco consigue transformar mi llanto en risa. Incluso soy capaz de pronunciar algún sonido, aunque ni yo mismo sé lo que quiero decir. Sólo me importa sentirme bien, y ahora estoy más a gusto. Lo cierto es que ella parece conocerme mucho mejor que yo mismo. Y cuando atisba mi cambio de humor, deja todo sobre la mesilla de noche, coge mis manos y empieza a tirar de ellas suavemente.

— Vamos gandul, que ya va siendo hora de salir de la cama. Ya está usted aseado y fresco como una lechuga. Vamos al jardín, que hoy hace una tarde preciosa.

Casi sin darme cuenta estoy enganchado a un aparato que hay al lado de la cama. Suavemente me eleva, y ella lo empuja hasta una silla de ruedas, donde me deposita con delicadeza. Tras una última caricia en la cara, se dispone a empujar la silla.

— Y ahora a la terraza. Que en breve llegarán sus hijos y querrán verlo bien guapo.

Apenas hemos salido del cuarto, un ruido me llama la atención. Al fondo del pasillo una puerta se abre. A buen paso, una mujer delgada y menuda, de pelo largo y liso se acerca hacia mí sin dejar de sonreír. La miro extrañado, pues no la conozco de nada.

— Hola papi — me dice, al tiempo que su abrazo atrapa mi cuerpo.

En ese mismo instante un bombardeo de sensaciones revoluciona mi interior: temblores, hormigueos, una hermosa opresión en el pecho… De tal intensidad es que inmediatamente dejo de jugar con la manta que cubre mis piernas — me gusta mucho hacerlo — para tratar de sujetar a esa mujer. ¿Qué me está pasando? No quiero que deje de abrazarme. ¡Me hace sentir tan bien!

Entre tanto ella no deja de besarme, acariciarme y repetir una y otra vez “te quiero mucho papi”. Cuando deshace el abrazo, aún sigue cogiéndome la mano. Algo le dice a la chica de las manos de terciopelo, que me da un beso diciéndome:

— Cómo le ha cambiado la cara al ver a Noemí, ¿eh? Disfrute de la tarde.

Aunque no sé lo que ha querido decirme, sí tengo claro que deseo la compañía de esta mujer. Sujeto su mano con mis escasas fuerzas, obligándola a que empuje la silla sin soltarme. ¿Por qué esos dedos frágiles y delicados son capaces de darme tanta fuerza y alegría? A trompicones salimos a la terraza, y me conduce hacia una esquina, que está a la sombra. Ella arrima una silla y se sienta a mi lado, al tiempo que empezamos a sentir unos ruidos cercanos.

— Mira papi, ahí llega el escandaloso de tu hijo. Y tarde, como siempre. Te está pitando para que veas el coche nuevo que se ha comprado.

Me coge por la muñeca y la levanta, agitando mi brazo de un lado a otro. A cambio, los sonidos se repiten una y otra vez. Ella no deja de reírse repitiendo “hola Carlos”, mientras que yo simplemente me divierto. Soy feliz.

Al cabo, el hombre del coche se acerca a nosotros. Con gesto sonriente se pone de rodillas frente a mí, clavándome una tranquilizadora mirada azul, que empieza a despertar una nueva oleada de bienestar y buenas sensaciones. Cuando al fin se acerca y me rodea con sus fornidos brazos, otra andanada de explosiones agita mi cuerpo. ¿Otra vez lo mismo? ¿Quiénes son ellos, y por qué me ocurre esto cuando me tocan? Tampoco quiero que él se vaya, y cojo su mano. Esta vez grande y fuerte. Pero que transmite las mismas sensaciones que la de ella.

— Buenas tardes papá. ¿Te gusta mi nuevo coche? El fin de semana nos vamos a dar una vuelta con él, ¿te parece? Ya verás qué maravilla.

Risas, caricias, besos… El tiempo pasa y llega de nuevo la noche. No sé porqué, pero con ellos me siento bien. El mal humor se va, y no me importa sentirme un inútil en la silla de ruedas. A pesar de no comprender mucho de lo que me cuentan, o de no poder transmitirles lo que siento más que por las lágrimas de felicidad que en ocasiones brotan de mis ojos, nada me importa. Soy completamente feliz. Con algún monosílabo, y la risa que, con esfuerzo consigo dibujar, provoco en ellos más alegría, que me devuelven con creces.

Con paciencia y cariño me han dado de comer, me han aseado, y llegado el momento conducen la silla de ruedas hacia la cama. Con mucho cuidado, los fuertes brazos del hombre de los ojos azules me elevan, tendiéndome delicadamente en la cama, donde la mujer de cabello largo me espera acostada.

— Vamos Noe, échate un poco más allá y deja sitio para papá y para mí. Ya estás como siempre, ocupándolo todo.

— Mira papi — responde ella sonriente — ahí tienes al celosón de tu hijo. Como cuando éramos pequeños.

Uno a cada lado me siguen contando cosas, mientras siento sus manos acariciarme. Poco a poco el sueño me va venciendo. Y la felicidad acuna mi cuerpo ya agotado.

Unas manos suaves masajean mi cuerpo, pero cuando abro los ojos el temor se apodera de mí. ¿Qué me pasa? ¿Dónde estoy? ¿Quién es esta mujer?

— Buenos días José. Vaya horas de despertarse. Se nota que ha dormido usted como un rey esta noche.

Con voz melosa y manos de terciopelo, la mujer consigue calmar mis miedos. Aunque mi mente navega en un mar de dudas e incertidumbres.

El temible olvido de un enfermo de Alzheimer

En esta ocasión el autor ha querido explorar el interior de un enfermo de Alzheimer, incapaz de recordar ni de comunicarse adecuadamente con el exterior. Un homenaje a los sufridos pacientes, y también a quienes cuidan con paciencia, amor y eficacia de estos enfermos.

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