Regalo de navidad - relatos cortos

Esa Navidad era especial para Carla, pues su novio la había invitado a comer con la familia. Y era algo así como su presentación oficial. Había estado todo el día como loca buscando qué ponerse para la ocasión.

Aunque su belleza natural le facilitaba la labor, se esmeró un poco más con el maquillaje — por eso de disimular rubores inoportunos — y escogió un vestido de corte clásico, acorde con la formalidad del acontecimiento.

— ¡Madre mía, Carla! — exclamó Miguel cuando la vio, mirándola de arriba abajo — Viendo el postre, no sé si aguantaré toda la noche sin probarlo.

— Más despacio chatín — dijo ella poniendo un mohín de falso disgusto, mientras ofrecía su mejilla para que la besara — Ahora tenemos un compromiso, así que más te vale respetarme — apostilló mientras le dedicaba un pícaro guiño.

Eran poco más de las ocho cuando entraban en la casa de los padres de Miguel. La algarabía cesó en ese mismo instante, cuando todos se acercaron para conocer a la novia del pequeño de los Satrústegui. Pero, hechas las presentaciones al nutrido grupo de familiares, la fiesta previa a la cena continuó con la nueva invitada totalmente integrada en el grupo.

A la hora de cenar, el vino ya había hecho efecto en la mayoría de comensales —  Carla incluida — De modo que todos estaban más desinhibidos. Risas y bromas acompañaban a una exquisita comida. “Esto está yendo mejor de lo que creía” — se decía ella, con los nervios ya olvidados.

Pero al sentir un pie desnudo acariciar su pierna por debajo de la mesa, se quedó helada. Y cuando levantó la vista y vio la cara de Miguel guiñándole un ojo, no acertó más que a fusilarlo con otra de reproche. Aún así, se quitó el zapato y jugueteó con su novio durante toda la cena. “Vaya. La noche de Navidad promete más de lo que esperaba” — pensaba mientras hacía travesuras a escondidas del resto de comensales.

Con la disculpa de hacerse una foto con ella, el pícaro muchacho se puso detrás suyo, susurrándole al oído: “estoy ansioso por probar el postre. En el piso de arriba está el baño. Cuando quieras, sólo tienes que dejar una nota en mi chaqueta. Estaré atento”. A lo que ella respondió con una complaciente sonrisa, mientras le contestaba en voz alta: “y yo a ti también guapetón”, a la vez que lo pellizcaba disimuladamente a modo de reprimenda.

Y sin más, continuaron la fiesta con la familia. Música, canciones, bailes, juegos, risas y alguna que otra picardía más de Miguel… Todo la hacía sentirse cada vez más tranquila y confiada.

De modo que, plena de seguridad en sí misma, se acercó a la mesa. Y con todo el disimulo que pudo buscó su pintalabios y escribió las palabras mágicas sobre una servilleta: “En el baño. Tu postre. Desnuda. Cuatro toques para llamar”

Rápidamente se dirigió al perchero para esconder la misiva en la chaqueta de Miguel. Pero justo al lado estaba Don Antonio. El abuelo de su novio era, como tantos viejos, un hombre necesitado de hablar y que le escuchen. Y no iba a desaprovechar la oportunidad de hacerlo con una hermosa muchacha. De modo que Carla tuvo que contener sus ánimos y dejar que el hombre se explayara, tratando de seguirle la conversación, por eso de no ofenderlo. Al menos había conseguido su objetivo. Aunque tendría que esperar un rato para ofrecer su regalo de Navidad al impaciente Miguel, que la miraba divertido. Conocía muy bien a su abuelo, y sabría el discurso que estaría soportando su novia.

— Disculpe que lo interrumpa Don Antonio — dijo ella cortésmente, cortando el cansino monólogo del viejo — pero necesito ir al baño. ¿Podría usted decirme dónde es, por favor?

— Claro hija. Y perdona a este carcamal, que no sabe cuándo parar de hablar. Subes las escaleras de ahí enfrente y verás un pasillo. La segunda puerta de la derecha.

— Muchas gracias. Y no diga esas cosas hombre, que me ha hecho pasar un rato muy agradable.

Allí quedó el hombre sentado, mientras ella corría escaleras arriba en busca del baño, y confiando en que Miguel hubiera estado atento a la jugada.

Una vez dentro se apresuró a quitarse la ropa, retocar su maquillaje y perfumarse un poco más. Pronto llegaría Miguel, y debía darle su regalo de Navidad como es debido.

Apenas un par de minutos más tarde, cuatro golpes anunciaban la llegada del solícito muchacho. “Pues sí que tiene ganas de postre” — pensaba mientras se miraba al espejo y esbozaba una sonrisa de complacencia” — Al instante estaba cogiendo el pomo y abriendo la puerta de par en par, mientras reía ofreciendo sus exuberantes encantos diciendo: “¡Aquí tienes tu postre!”

Sin embargo, lo que vio al otro lado hizo que su cara cambiara por completo. No había maquillaje suficiente para contener el torrente de sangre que inundó su cara, poniéndola totalmente encarnada, mientras sus piernas parecían no ser capaces de sostenerla.

El abuelo, con una sonrisa de satisfacción y los ojos a punto de salirse de sus órbitas, contemplaba esa Gracia Divina, mientras con su mano izquierda agitaba la nota de Carla. Cuando ésta logró cerrar la puerta, Don Antonio continuó hacia su habitación, mientras seguía paladeando aquel inesperado regalo de Navidad.

Qué mejor regalo de Navidad

La Navidad es una época de paz, amor y felicidad. ¿Y qué puede hacer más feliz a un anciano que volver a ver la lozanía de una muchacha en la plenitud de su vida? ¿No es acaso un regalo de Navidad maravilloso?

Quizá la mente calenturienta del lector pensara que la historia iba por otros derroteros. Pero por una vez — y sin que sirva de precedente — el autor ha querido reflejar el verdadero espíritu de la Navidad, complaciendo al pobre abuelo necesitado. ¿Qué otra cosa podría hacer si no?

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