Sexo, un cura y una mojigata cornuda – Un cuento para disfrutar

Sexo, un cura y una mojigata cornuda

Es sabido que el sexo es un tema muy delicado para cierta gente. Y este era el caso de María. Fiel devota de cuantos santos hay en el firmamento, seguía al pie de la letra el sufrido voto de castidad impuesto por sus creencias.

Pero los caminos del Señor son inexcrutables, y quiso que la beata mujer se enamorara de Luis. Y fue también su deseo que éste le correspondiera, a pesar de encontrarse en un mundo completamente distinto al suyo.

Porque nuestro Don Juan — que le viene al pelo el apodo — era un perfecto vividor y hembrero de altas cumbres. Picaflor avezado por tantas mujeres que habían pasado por su lecho, es fácil adivinar cuánto le costó adaptarse a las costumbres y frecuencias sexuales de la mujer a la que consiguió llevar al altar. Que no se sabe si lo hizo por verdadero amor o por poder consumar de una vez por todas el Sacramento. Porque tras casi un año de noviazgo sin probar las dulces mieles del sexo femenino, casi vuelven loco a nuestro héroe.

Sin embargo, la tenue llama del amor carnal de la mujer se fue apagando aún más con el paso de los meses. Lo que obligó al bueno de Luis a retomar sus viejas costumbres si quería calmar sus furores internos. De modo que empezó a cortejar y galantear a otras mujeres. Y como antaño, volvió a saltar de flor en flor buscando aquello que su mojigata esposa le negaba. “Un cuento de nunca acabar” – pensaba él, resignado.

Entretanto María, que bien sabía de los devaneos de su esposo, soportaba con resignación cristiana su dolor, ayudada por el Padre Antonio. Hombre de férreas creencias y estricta rectitud, que en cada confesión calmaba el turbado espíritu de su feligresa, animándola siempre a actuar como buena y obediente mujer católica.

Y como debe ser cierto aquello que dicen que el Señor escribe recto pero con renglones torcidos, hizo llamar a su lado al anciano párroco. En su lugar envió a la parroquia al Padre Héctor. Un joven y bien parecido Ministro de la Iglesia, que si bien era cumplidor y buen cura, no tenía mucho apego al voto de castidad. No en vano se decía de él que atesoraba una nutrida colección de osamentas procedentes de tantos maridos confiados por el hábito del clérigo.

Desconociendo estas virtudes y por seguir con el ritual de cada domingo, acudió María a misa. Y solicitó el auxilio del Padre Héctor, con el ánimo de seguir encontrando el consuelo, y la esperanza de obtener nuevas fuerzas para soportar su calvario.

— Ave María Purísima, Padre Héctor.

— Sin pecado concebida hija mía. Cuéntame, ¿cuáles son tus pecados?

Escuchó el buen cura las tribulaciones que atormentaban el alma de María, con la paciencia que todo buen Siervo de Dios ha de tener. Y cuando la mujer hubo terminado, procedió a imponer la obligada penitencia.

— Veamos hija mía. Lo que te ocurre es algo normal en tu situación. ¿Acaso no es lícito sentir rabia hacia quien te está traicionando cada día? No obstante, considero que la penitencia que te voy a imponer aliviará tu pesar enormemente.

— Pues no sé yo Padre, porque el difunto Padre Antonio — que Dios lo tenga en su Gloria — intentó de todo, y nada dio resultado.

— Sin embargo, yo te voy a proponer algo distinto y novedoso. Pero no por ello menos efectivo. Si de verdad quieres superar tus traumas y tu ira, sólo tienes que hacer lo mismo que él. Deberás verte con otro hombre.

— ¡Pero Padre — exclamó la mujer completamente ruborizada.

— Déjame terminar hija mía, pues no te invito a fornicar con cualquiera. Te estoy proponiendo que lo hagas con alguien especial, que te comprenda. Te pido que lo hagas conmigo.

— ¿Y encima con usted? ¡menudo sinvergüenza! Haga el favor de darme la absolución que me marcho ahora mismo.

— Se la daré inmediatamente, pero no sin antes explicarle los motivos de mi decisión. Que no quisiera yo que hubiera malos entendidos, pues como podrá comprobar también a mí me compromete.

— Explíquese entonces y acabemos con esto cuanto antes, por favor.

— ¿Acaso no soy yo un Ministro de Dios? ¿No soy su representante en la tierra, y por tanto un custodio de las puertas del Paraíso? Qué mejor manera entonces de acercarte a Nuestro Señor, que yaciendo con alguien que está tan próximo a Él. Porque no sólo será un remedio para eliminar tus pesares, si no que te permitirá sentir a Dios aún más cerca si cabe.

Tras unos minutos de titubeo por parte de la sorprendida mujer, finalmente aceptó — aunque a regañadientes — las explicaciones del párroco, y se dispuso a cumplir la penitencia. Un rato más tarde Ángeles, Arcángeles y Querubines bajaron a visitar a la mujer entonando cánticos celestiales, mientras esta jadeaba extasiada apoyada contra la mesa de la sacristía.

Finalmente no le quedó otra opción que dar la razón al bueno del Padre Héctor. De tal modo que durante las siguientes semanas acudió la mujer puntual a sus citas con el cura, pues nada hasta entonces le había hecho tanto beneficio. Y dada la frecuencia e ímpetu de sus encuentros, estaba convencida que entraría por la puerta grande al Paraíso Celestial.

Pero tanto fue el cántaro a la fuente, que terminó por romperse. Y un buen día el marido se enteró de lo que su mojigata mujer estaba haciendo con el cura. No daba crédito al pensar en cómo su recatada esposa se había convertido en una auténtica p… — permítaseme no utilizar semejante blasfemia cuando estamos tratando temas de Dios.

De modo que esa misma noche, a la hora de cenar, se presentó el agraviado esposo hecho una furia — pues tienen los hombres por costumbre criticar en sus mujeres aquello que para ellos toman como virtud — hablando a María en términos muy gruesos.

La mujer, como buena esposa cristiana, soportó estoicamente el chaparrón. Y cuando hubo pasado la tormenta, respondió a su marido en los mismos términos que el Padre Héctor había hecho con ella semanas atrás, para convencerla de lo acertado de la penitencia. Esto dejó a Luis estupefacto y sin saber qué decir o cómo reaccionar.

Visto el estado de su afligido esposo, María consideró prudente retirarse a la cama, a fin de dejarlo que lo asimilara como mejor supiera o pudiera. Pero cuando pasaba a su lado se inclinó sobre él y acercó la cara a su oído, con la intención de ofrecerle unas palabras de ánimo en tan amargo trance.

— No tienes por qué afligirte querido, y alégrate por tu esposa. Porque si los curas son los guardianes del paraíso, el Padre Héctor debe ser de los mejores. ¡Porque jamás en mi vida he visto yo llave como la que él tiene!

Qué inspira un cuento de sexo, curas y esa mujer espabilada.

¿Qué pudo motivar este cuento? Pues algo tan sencillo como la mente libre del autor, que piensa en mil cosas — uno tiene mucha “vida interior” — y en este caso las musas — o lo que sea que traen las historias a la mente de uno — me llevaron por estos derroteros.

¡Sólo espero que te hayas divertido con esta serie de cuentos para leer!

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