Todo empezó una Nochebuena

Empezó una Nochebuena

Mi nombre es Silvestre, y juro que ésta será la única mentira que cuente. Nada tengo que ocultar desde aquella Nochebuena, cuando empecé a volverme loco.

Recuerdo como si fuera hoy las caras de mi familia mientras abría el regalo. Aunque, a decir verdad, a ellos los miré fugazmente. Nada más descubrir apenas una esquina de la caja, toda mi atención fue para el objeto que mis temblorosas manos sujetaban. Yo no era un niño — no conozco a ninguno con veinte años — pero me sentía como uno con zapatos nuevos. Qué larga se me hizo la velada. Hubiera echado a patadas a todo el mundo sólo para quedarme a solas con el cofre de mi tesoro, al que no quité el ojo de encima en toda la noche.

Aún me estremezco al pensar en lo que sentí cuando por fin cerré la puerta de mi cuarto. El ansia me hacía volar de un extremo al otro, tratando de disponerlo todo para el gran acontecimiento. Al abrir aquel cofre los círculos se cerraron. Según lo previsto, el hechizo hizo efecto. Y el mundo se abrió a mis pies.

Al principio mis padres estaban encantados de verme tan ilusionado con el regalo de Nochebuena. Supongo que todos disfrutan viendo a sus hijos felices. Y así estaba yo entonces: radiante y satisfecho. Por eso empecé a llevarlo conmigo a todas partes. No físicamente — pues su magia sólo hacía efecto dentro de mi cuarto — pero sí en mis pensamientos. Y cada día que pasaba, más echaba de menos el calor de mi nueva vida. Por eso empecé a dejar de lado todo lo que hasta entonces había formado parte de mi mediocre existencia. ¿Quién necesita amigos, si eres el rey de miles de planetas? ¿Por qué atarme a una mujer, si tengo cientos a mis pies? ¿Hay necesidad de perder el tiempo con estupideces, cuando a uno le han dado el poder de manejar la vida de otros a voluntad? ¿Para qué estudiar otra cosa, sino los embrujos oportunos para conseguir mis deseos?

Han pasado dos años desde aquella Nochebuena, y nadie consigue entender que aquel “regalo infernal” — así lo llaman todos, pobres ignorantes — me ha cambiado la vida. No son capaces de concebir que han puesto este objeto en manos de un privilegiado, que sabe cómo manejarlo a su antojo. ¡Deberían estar orgullosos de mí! Pero no necesito a nadie para alcanzar la felicidad. En mi habitación, solo, con el dominio cada vez mayor de los poderes de este artilugio, tengo cuanto necesito. Lo mismo que un rey no renuncia a su trono, jamás dejaré que me despojen de mi Imperio.

Ayer fue Nochebuena. Y estoy tan harto de los mismos sermones de siempre, que preferí quedarme encerrado en mi cuarto. Por suerte, los invitados se fueron pronto. Y las risas entre la estúpida musiquilla navideña dejaron de taladrar mi puerta. Menos mal que este infierno ocurre sólo una vez al año.

Apenas he dormido unas pocas horas, y esta mañana fría de diciembre me regala una agradable sorpresa. En la pantalla siempre encendida de la enorme televisión que hay frente a mi cama, aparece una ventanita con un aviso: “Buenos días, primo. Por fin estreno la videoconsola nueva”.

Con la habilidad de un auténtico maestro, mis dedos acarician el mando para responderle: “Hola primo. Bienvenido a mi mundo”.

Regalos de Nochebuena

Tal como le ocurre al protagonista de este relato, el regalo que recibió en Nochebuena fue un dardo envenenado. Porque cada vez más, los jóvenes dependen de estos aparatos, que les absorben la vida sin que ellos se den cuenta. Y es que, aunque el protagonista y la historia son pura y dura ficción, no es ni más ni menos que la realidad para tantos padres que ven cómo sus hijos consumen su existencia frente a los muñequitos de los videojuegos.

Cuento, relato o poesía... ¡Compártelo amigo! ... la vida es alegría

2 thoughts on “Todo empezó una Nochebuena”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *