Viaje hacia la libertad

Cuando hubieron llegado a la colina, Fátima miró atrás por primera vez. A lo lejos una columna de humo señalaba la posición de la ciudad donde había nacido. Aún podía escuchar el zumbido sordo de las bombas cayendo sobre ella.

— Sigamos caminando. Pronto será de noche, y no quiero que nos quedemos solos — le dijo su marido al verla allí parada.

La mujer echó un último vistazo a su pasado, mientras acariciaba la cabecita del bebé que llevaba amarrado a su cuerpo con una tela. De inmediato se unió a la multitud de gente que huía de aquel infierno. Como ellos. Cambiando el horror de las bombas y los soldados por la incertidumbre de un viaje hacia ninguna parte.

Al cabo de unas horas, con la noche ya avanzada, llegaron a las afueras de la ciudad costera que habría de servirles de puente hacia esa Europa tan deseada. Donde confiaban encontrar la ayuda para recuperar de nuevo sus vidas.

Apenas se hubieron instalado en un rincón de aquella explanada atestada de gente, un hombre se acercó al marido y lo llevó aparte. Estuvieron largo rato hablando.

— Fátima, mañana por la noche saldremos en un barco hacia Europa — le contó entusiasmado cuando regresó.

Aunque el billete les había costado casi todos sus ahorros, lo dieron por bueno si ello suponía salir de aquel infierno.
Pero los sueños de la noche se vinieron abajo cuando al día siguiente les contaron la realidad acerca del “barco” que habían contratado. Un bote de goma atestado de gente, que con suerte conservaría el motor sano durante los apenas 10 kilómetros de trayecto hacia las costas europeas.

De modo que decidieron dar una vuelta por la ciudad, donde los comerciantes locales ofrecían chalecos salvavidas o flotadores, según lo que cada cual pudiera pagar. Ellos compraron un chaleco para Fátima y el bebé y un flotador — la rueda de un coche, en realidad — para él, confiando en no tener que usarlos.

Al atardecer, ya casi caída la noche, estaban en el lugar convenido para el embarque, junto a otros cuarenta o cincuenta desgraciados, que tiritaban de frío — o de miedo, al ver el cascarón en el que habrían de embarcar.

Allí estaba también el hombre que la noche antes había hablado con el marido. Se encargaba de gestionar el embarque, prohibiendo subir a bordo nada que no fuera una pequeña mochila. De manera que Fátima seleccionó algo de ropa de recambio para ellos, y las cosas del bebé. Todo lo demás fue a parar al montón que los demás pasajeros habían ido dejando.

Apenas una hora más tarde la barca ponía proa hacia Europa. Sin embargo, al poco rato saltaron las primeras alarmas, pues por estribor la gente notaba cómo entraba agua por alguna rendija del suelo. Y para colmo el motor decidió dejar de funcionar, pues para hacerlo habría necesitado de la gasolina que ya no quedaba en el depósito.

En medio del mar y en mitad de una total oscuridad, estaban a merced de las corrientes, mientras el agua seguía entrando en la embarcación. La situación se volvió tan desesperada que todos empezaron a rezar, mientras algunos encendían linternas tratando de horadar la negrura, anunciando su presencia, por si alguien viniera en su auxilio.

Pronto el peso del agua hizo peligrar la estabilidad de la barca, y decidieron que los hombres deberían arrojarse a las frías aguas del Mediterráneo. Pero fue un consuelo temporal, pues donde antes brotaba una pequeña vía, ahora surgía un surtidor imparable.

Minutos más tarde la embarcación era una masa deforme de goma, con una marea de cuerpos flotando a su alrededor, en medio de gritos de terror, lamentos y oraciones desesperadas, que taladraban la implacable oscuridad.

Entre tanto Fátima y su marido trataban de mantener al bebé fuera del agua. Aunque pronto se dieron cuenta que ya no era más que un cuerpecito inerte y frío. En ese momento se abrazaron. Mientras sujetaban al pequeño entre ambos, esperaban pacientemente el final de ese viaje. Pronto los tres serían de nuevo libres.

Un viaje con moraleja

En consonancia con el relato “Sueños en una maleta”, éste tiene la intención de hacer pensar al lector en los demás. Concretamente en aquellas personas que arriesgan tanto para cruzar un mar en busca de la libertad. Para salvar su vida en muchos casos, y por la necesidad vital de tener un futuro en otros.

Igual que el autor ha hecho al escribirlo, me gustaría que el lector hiciera un ejercicio de empatía hacia esta gente. Ni son terroristas — el mal de unos pocos no puede extrapolarse a la gran mayoría — ni maleantes — por el mismo razonamiento anterior — ni extraños.

Simplemente son personas diferentes, que piden el mismo respeto que nosotros pedimos para los nuestros.

¿Es tan difícil de entender?

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10 thoughts on “Viaje hacia la libertad”

  1. Breve y conciso. Suficiente para despertar las emociones y sentir todo lo que sintieron los protagonistas. Desde la ilusion por alcanzar y poder ofrecer a su bebe un mundo mejor, pasando por la incertidumbre hasta llegar a la frustación, ira y desilusión.
    Enhorabuena. Magistral.
    Y como estamos en fechas de reunion y felicidad, deberias congratularnos con una historia que nos haga sacar una sonrisa de plenitud leyendo el final.
    Animo, compañero!!!

    1. Muchas gracias por el comentario Ana.

      Ya tenía pensado algo para esta semana de Navidades, pero te haré caso y cambiaré el final por uno que sea divertido.

      ¡No van a ser todo penas! 😉

  2. Reflejas sin exceso de dramatismo una realidad cruel. Me gusta esta forma clara y directa de denunciar la situación de las personas que tratan de huir del horror y se encuentran con personas sin alma ni corazón.

    1. Por desgracia muchísimas personas inocentes, víctimas de guerras provocadas por nosotros, se quedan en medio del Mediterráneo.

      Y los que llegan reciben el desprecio de Europa.

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